Friday, September 22, 2006

Bovero, como politólogo

Aquí viene Michelangelo Bovero, que escribe de alguna tendencia que cree encontrar en el mundo contemporáneo de las democracias.Todo iría muy bien... de no ser por el infausto momento en que decidió incorporar algunas observaciones e ideas sobre el desdichado caso mexicano. Para todo aquel que esté dispuesto a mantener que la tradición bobbiana (de Norberto Bobbio, pues) es nuestro país, le trazamos aquí un horizonte desalentador.

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EXCELSIOR

Elecciones cuestionadas

Michelangelo Bovero

En estos inicios del siglo XXI parece como si un extraño virus hubiera agredido al mundo de las democracias reales: se va difundiendo el fenómeno de las elecciones controvertidas, cuestionadas y, en algunos casos, hasta impugnadas. El foco original de la infección se manifestó en 2000, con las elecciones presidenciales de Estados Unidos. ¿Quién no recuerda el desastre del escrutinio en Florida, la polémica y las dudas que perduraron incluso después del pronunciamiento de la Suprema Corte de aquel país? Según muchos observadores, Al Gore había obtenido probablemente más votos, pero la victoria fue asignada a Bush Jr. También en torno del resultado de las siguientes elecciones estadunidenses, las de 2004, en las que Bush aventajó a Kerry, surgieron fuertes dudas, aunque tardíamente, en particular sobre la votación del estado de Ohio. En 2005, lo que llamó nuestra atención fue el cerrado resultado, sin un claro vencedor, de las elecciones en Alemania, con la consiguiente controversia entre Gerhard Schröder y Angela Merkel, quienes reivindicaron simultáneamente el derecho a ocupar el cargo de Canciller. En 2006 estallaron los casos de Italia, primero, y de México unos meses después. Se podrían considerar también otros; pero los que he mencionado me parecen, por su variedad, los más relevantes para reflexionar en torno a un fenómeno que amenaza con desgastar a la institución básica de la política moderna y que debe interpretarse colocándolo, antes que nada, en el contexto de la evolución más reciente de los regímenes democráticos.

I. En dos de los cuatro países agredidos por el virus, Estados Unidos y México, está vigente el régimen presidencial; en los otros dos, Alemania e Italia, el parlamentario. Pero la diferencia entre el presidencialismo y el parlamentarismo se está, eso es un hecho, erosionando. Desde hace tiempo hemos presenciado la homologación tendencial de las formas de gobierno (en sentido técnico: las subespecies institucionales de la democracia) hacia un único modelo "verticalizado". Algunos estudiosos hablan de "presidencialización" de los regímenes parlamentarios: los poderes ejecutivos se fortalecen de diversas formas, por derecho o de facto, y apuntan a neutralizar su natural dependencia de los parlamentos o incluso a relegarlos a un papel subordinado. Se trata, pues, de una deformación patológica y progresiva a la que yo denomino "macrocefalia institucional": en todas partes, una cabeza ejecutiva hipertrófica termina por aplastar a cuerpos representativos (parlamentos y asambleas locales) debilitados y con menor poder.

La difusión de esta patología favorece, y es favorecida a su vez, por el aumento y la exacerbación de otro fenómeno negativo muy notable, en gran medida ligado al advenimiento de la era de las imágenes: la personalización de la vida política. En el momento clave de las elecciones, la atención general termina por convergir en pocos personajes, llamados líderes, que compiten en pos de conquistar lo que se percibe como el sitio decisivo del poder, el vértice del Ejecutivo. En estas condiciones, la confrontación dialéctica entre partidos y programas pierde importancia y las elecciones se transforman en una lucha personal por la investidura popular, a veces más bien en una especie de plebiscito en pro o en contra de éste o de aquel líder, candidato al papel de "guía supremo" del país (dicho sea de paso: ¿nadie se pregunta acaso qué tiene que ver todo esto con la democracia?).

Este lazo entre la personalización y la verticalización del poder induce a una consecuencia ulterior que también es negativa en mi opinión: la creciente simplificación del "sistema político" (como lo llaman los especialistas: el conjunto de partidos y movimientos, es decir, de los actores colectivos de la política), que tiende a asumir una forma dicotómica. En algunos casos –como en Italia, pero no sólo allí– esta tendencia se acompaña, paradójicamente, de la proliferación de partidos y de listas electorales. Sin embargo, la paradoja es aparente: de cualquier manera, la dinámica general del sistema impulsa al reagrupamiento en dos bloques contrapuestos que se disputan el poder gubernamental. La evolución de los sistemas políticos hacia el bipolarismo y, en perspectiva, hacia el bipartidismo, genera, sobre todo cuando se aproxima el día de la votación, la figura del liderazgo dual. Las campañas electorales se reducen esencialmente a una especie de duelo entre el líder de cada uno los dos partidos y/o coaliciones principales, independientemente del tipo de régimen que esté vigente y de la articulación efectiva del sistema político. La confrontación entre Merkel y Schröder en Alemania, donde la forma de gobierno es parlamentaria y las fuerzas políticas importantes cinco o seis, o el enfrentamiento entre Berlusconi y Prodi en Italia, donde el régimen también es parlamentario pero los partidos son mucho más abundantes, ha asumido un significado político que no es distinto, en la sustancia, al de la contienda entre Bush y Gore (o Kerry) en Estados Unidos, país donde rige el presidencialismo y un bipartidismo perfecto, o de la competencia entre Calderón y López Obrador en México, donde el sistema es presidencial, pero los partidos importantes son tres. Es interesante el caso de México: resulta que la serie de sondeos preelectorales sobre las intenciones de voto para los tres candidatos a la Presidencia fue percibida por muchos como una especie de juego de eliminación, del que surgiría la pareja de los "verdaderos" contendientes. De aquí la fascinación (a mi parecer, perversa) que ejerce sobre muchos mexicanos el sistema francés de la doble vuelta.

La simplificación del sistema político hacia la forma dicotómica tiene amplio reconocimiento: es concebida por casi todos los sujetos políticos importantes, y también en buena parte por los expertos, como el objetivo que toda democracia "madura" debería alcanzar. En mi opinión, por el contrario, constituye un empobrecimiento de la vida democrática. La reducción tendencial del pluralismo al dualismo hace crecer por sí misma la distancia entre el sistema político y la sociedad civil. El abstencionismo, y de manera más general la apatía política y el alejamiento de la democracia, tienen causas múltiples y complejas, pero entre éstas figura también la reducción excesiva de la gama de oportunidades para elegir. Quienes no se reconocen en ninguna de las opciones disponibles, no siempre optan por elegir el mal menor: pueden decidir no escoger a nadie (en ocasiones, esto sucede aun si hay más de dos alternativas que, sin embargo, resultan todas impresentables). En todo caso, el hecho es que la cuota de quienes se abstienen de votar se ha convertido en un factor cada vez más determinante, y como tal es percibido por los actores políticos: casi como si el resultado de una elección no fuese en manos de quienes sí votan, sino paradójicamente de quienes no votan. Por eso, las campañas electorales se orientan cada vez más, de manera predominante, a conquistar el voto de los (así llamados) "electores indecisos o indiferentes". Ir en pos de este objetivo exaspera la lógica del duelo e induce fácilmente a los protagonistas, o a algunos de ellos, a la satanización del adversario. "Si no logro convencer al elector indeciso a votar por mí, al menos, como mal menor, trataré de inducirlo a votar contra el otro, presentando a éste como el mal mayor". A veces, como el mal absoluto: con medios y argumentos que van mucho más allá de lo correcto e incluso de lo decente. Es evidente que quienes se dejan convencer de esta manera son los ciudadanos menos educados, menos provistos de cultura democrática. Y es así como la calidad de la vida política de las democracias reales corre el riesgo de volverse cada vez más decadente. En ambos lados: el de los electores y el de los elegidos.

Puede suceder que las coaliciones que se contraponen queden a final de cuentas divididas por un insignificante puñado de votos. Lo que constituye una circunstancia objetiva que favorece la impugnación del resultado electoral. Pero en realidad, el fenómeno, en sus formas más virulentas, se manifiesta no tanto porque el surco que divide a los contendientes sea muy delgado, sino más bien porque es muy profundo. Un conflicto áspero y perdurable en torno al resultado de las elecciones no es sino un grado ulterior de la exacerbación del conflicto político, interpretado como un duelo por la conquista de un poder verticalizado y personalizado.

Es verdad que la radicalización del enfrentamiento político tiene también otras causas sustanciales, cuyos orígenes radican, directa o indirectamente, en las complejas y contradictorias dinámicas producidas por la globalización. Me refiero –sin tener aquí el espacio para profundizar en este análisis– a la inclinación generalizada del eje político mundial hacia la derecha: la afirmación de los neoliberalismos; la resurrección de los nacionalismos bajo formas étnico-culturalistas; al nacimiento de partidos y movimientos racistas y xenofóbicos, más o menos (aunque no siempre) minoritarios, entre otros. Pero, sobre todo, a la difusión de ciertas formas neopopulistas y neodemagógicas de estrategia política (también electoral), que algunos estudiosos han rebautizado como "antipolítica" porque consisten en la hostilidad hacia el orden consolidado con las arquitecturas institucionales, también, en el rechazo de la confrontación equilibrada entre las diversas posiciones del debate que no esté orientado al choque, de las mediaciones en general; en la intolerancia al equilibrio de los poderes y hacia cualquier tipo de vínculos o controles; en definitiva, en la contraposición de la "voluntad del pueblo" frente a la de los órganos del poder constituido, invitando siempre a desconfiar de ellos (hasta que sean ocupados por otros). En Europa muchos movimientos y partidos de la derecha, ligados bajo diversas formas al "chovinismo del bienestar" (Habermas), han obtenido un notable éxito político con métodos "antipolíticos". Es cierto que muchos partidos de izquierda han emprendido una especie de seguimiento de las derechas en el terreno político-programático; pero, a pesar de ello, la fractura se ha profundizado y el conflicto se ha radicalizado, justamente cuando las derechas se hacían más populistas y antipolíticas.

En América Latina, en cambio, han sido más bien algunos partidos y movimientos (presunta y supuestamente) de izquierda, que se dirigen de diferentes maneras a las víctimas de la globalización, los que han asumido ropajes antipolíticos, sobre todo mediante el protagonismo de ciertos personajes carismáticos (en sentido neutro, weberiano). Es fácil ver cómo la antipolítica encuentra un terreno fértil en los fenómenos degenerativos que llevan a interpretar las elecciones como un método de designación de un vencedor supremo, o sea, del "líder del país" y, por consiguiente, a concebir la democracia como una especie de autocracia electiva. A veces, en las formas grotescas del que yo denomino "caudillismo posmoderno".

II. Cuando el resultado electoral es cuestionado, plantea –para los contendientes, los estudiosos, los observadores y los ciudadanos– dos tipos de problemas. En primer lugar: ¿cómo se puede y cómo se debe establecer con certeza quién ha sido el verdadero vencedor de las elecciones? En segundo lugar: acaso el vencedor, quien quiera que éste sea ¿triunfó realmente? Y dado que sólo representa a la mitad del país, ¿cómo puede pretender imponer su política a la otra mitad? Digamos de una vez por todas que esta última pregunta, en el plano formal, de la legitimidad jurídica y política, carece de sentido. Aquel candidato y/o coalición política que haya prevalecido, aunque sólo sea por un voto, tiene el derecho-deber de gobernar, esto es, de ejercer el poder de iniciativa y orientación política y además de asumir las competencias que las diversas constituciones atribuyen a los titulares de la máxima función ejecutiva. Lo que no equivale sin más a imponer la propia política. No obstante, la pregunta conserva sentido en el plano sustancial, cuando perduran las condiciones de un conflicto radical: por ejemplo, si uno de los dos contendientes rechaza de cualquier modo y obstinadamente el reconocimiento de la victoria del otro.

III. Así se hace más urgente y apremiante responder a la primera pregunta: ¿cómo se determina quién fue el vencedor? Errores de cálculo, imprecisiones en la transmisión de los datos, pero también controversias en torno a la asignación de numerosos votos, en particular a las boletas nulas, se verifican en cualquier procedimiento electoral. Es verdad que éstos y otros factores pueden ganar importancia cuando el margen es estrecho. No obstante, la experiencia enseña que afectan en una medida casi igual a todas las partes. Es, más bien, la radicalización del conflicto la que lleva a evocar (con razón o sin ella) el fantasma de la conspiración, de los fraudes. Pero, sobre éstos, como sobre los otros elementos cuestionables, ciertamente no es la presunta víctima la que tiene el poder de juzgar. Nemo iudex in causa sua. Cualquier ordenamiento constitucional democrático prevé normas para la solución de las controversias electorales y atribuye a un órgano institucional, con rango de magistratura, el poder de decidir sobre el mérito del asunto apoyándose en dichas normas. La legislación en la materia puede ser más o menos completa o con lagunas, más o menos adecuada o mediocre. Pero a un juez –quienquiera que sea– no se le puede y no se le debe pedir otra cosa sino aplicarla. Ciertamente, no se le debe pedir que la viole. Mucho menos que invente normas inexistentes, pues será eventualmente tarea de la nueva legislatura mejorar las leyes en vigor. Y menos admisible todavía, además de insensato, es pedirle al juez que decida a condición de que lo haga de un modo determinado, porque eso sería como decirle "me someto a tu juicio si me das la razón". Lo que equivale indudablemente, sin más, a desautorizar a dicho juez.

En el modo de enfrentar y resolver la controversia y de asumir las consecuencias normativas radican las mayores diferencias existentes entre los casos que he considerado aquí. La solución más indolora se adoptó en Alemania en 2005, incluso porque allí nadie había promovido una verdadera impugnación de los números del conteo: entonces, el cargo de Canciller fue asignado al líder del partido de mayoría relativa, aun cuando tal mayoría era reducidísima y así se formó un gobierno de "gran coalición". Solución que fue posible gracias a la mayor flexibilidad del régimen parlamentario, que a pesar de las distorsiones inducidas por la tendencia hacia la "presidencialización material", conserva todavía, en algunos casos concretos, como el alemán, diferencias importantes y ventajosas con respecto al presidencialismo formal y completo. Ciertamente es una solución excepcional pero, quiero agregar, perfectamente democrática: sólo quien es presa de una concepción distorsionada de la democracia como imposición de la voluntad de la mayoría (o, peor, de un líder) no logra ver las virtudes democráticas del compromiso. Sin embargo, una solución similar de "gran coalición", fue rechazada –por Prodi, correctamente en mi opinión– en Italia, donde sí está en vigor un régimen parlamentario, aunque mucho más deteriorado que el alemán, pero la brecha entre las coaliciones políticas es profunda y, el conflicto, irreconciliable.

En cambio, en las elecciones estadunidenses de 2000, la controversia estalló precisamente por el resultado numérico de la votación. Es probable que el candidato declarado perdedor, Al Gore, haya conservado la firme convicción de haber obtenido mayores apoyos que su adversario. Pero, frente al pronunciamiento de las autoridades competentes, se retiró de la contienda, en buena lid. Ciertamente ni siquiera acarició la idea de organizar una protesta popular. La democracia de Estados Unidos es muy imperfecta; más aún, en mi opinión, es insuficientemente democrática. Pero las instituciones son sólidas. Y fuera de las instituciones constitucionales, o peor aún, en contra de ellas, sólo puede existir una caricatura de democracia.

En Italia, hace pocos meses, en presencia de una ventaja reducidísima de votos a favor de la coalición de centro-izquierda, el líder de la coalición de centro-derecha, el premier saliente, Berlusconi, héroe emblemático del neopopulismo mediático, príncipe de la antipolítica posmoderna, denunció la conjura y habló de fraudes (entre paréntesis: en Italia las elecciones son organizadas y controladas por el ministro del Interior, que en esa circunstancia era un hombre de confianza del premier y que, al final del escrutinio, afirmó que todo se había desarrollado correctamente). Declaró haber sufrido "el robo de una victoria limpia", levantando la sospecha de decenas o centenas de miles de votos arrebatados fraudulentamente por la izquierda, y de innumerables boletas a su favor injustamente anuladas. Afirmó que iba a "exigir" el recuento total de los votos. Lo que, sencillamente, no está permitido por la ley. Amenazó con llenar las plazas (alternando las acusaciones y las amenazas con propuestas de "gran coalición" al estilo alemán, mas la coherencia no es una virtud de los demagogos). Pero luego, después de la sentencia de la magistratura competente que confirmaba la victoria del centro-izquierda, mientras continuaba ocasionalmente con sus amenazas, se fue adaptando más o menos al papel de jefe de la oposición, persiguiendo un objetivo bien preciso: aprovechar cada ocasión para hacer caer al gobierno de Prodi, objetivamente débil en el ámbito parlamentario.

¿Y México? Hasta donde logro recabar informaciones periodísticas, me parece que se puede decir (y corríjanme si me equivoco) que López Obrador ha realizado, al menos en parte y a su modo, lo que Berlusconi sólo había amenazado. Ha convocado a sus seguidores a llevar a cabo una protesta masiva, que ha adquirido también el significado de una presión pública sobre el Tribunal Electoral. Me pregunto si ésta no es una típica estrategia antipolítica: el pueblo frente al poder, la plaza frente al palacio. No se me malentienda: la protesta colectiva corresponde perfectamente a la dialéctica de la vida democrática, sólo que bajo ciertas condiciones. Y no siempre, aun cuando sea formalmente legítima, una protesta tiene motivaciones y fines aceptables desde un punto de vista democrático. A veces puede representar un peligro para la salud de la democracia.

No me permito disertar de lejos sobre una cuestión tan delicada. Pero algo debe decirse acerca de la forma en que López Obrador (hasta donde estoy enterado) ha manejado hasta ahora su relación con la masa, presentándola como un ejercicio de "democracia directa". La decisión de una multitud que responde a las preguntas del líder con un sí o con un no, o que aprueba levantando la mano, no es una decisión democrática. Es más bien equiparable a la aclamación, que constituye (según decía Bobbio) precisamente la antítesis de la democracia, porque los eventuales disidentes no cuentan para nada ni tienen una verdadera manera para expresarse y además sufren la presión, por lo menos psicológica, de quien está junto a ellos. Se puede definir democrática la decisión de una asamblea sólo si cada uno de sus miembros tiene la misma posibilidad de discutir las propuestas de los demás y de presentar y argumentar propuestas alternativas. Esto sucedía en la democracia directa ateniense y es también lo que ocurre, toda diferencia guardada, en un parlamento bien ordenado. No tengo la intención de ofender a nadie, quisiera solamente despertar de manera modesta y serena una interrogante en el ánimo de quienes estuviesen demasiado seguros de encontrar la democracia en la multitud, pasando por encima de las instituciones. Pero a quien conoce la historia del siglo XX italiano la imagen de una multitud que responde "¡Sííí!" a la pregunta del líder: "¿Estamos de acuerdo en eso?", evoca terribles recuerdos.

En el caso mexicano, en suma, tal parece que el rechazo radical al resultado de las elecciones se relaciona con una forma particularmente acentuada de liderismo: expresiones exacerbadas, ambas –el rechazo al resultado y el liderismo–, por un lado, de la interpretación conflictual de la política como duelo y, por el otro, de la concepción verticalizada y personalizada del poder. Son una exaltación extrema de las mismas patologías degenerativas a las que tiende, por su naturaleza, el régimen presidencial.

Desde hace tiempo vengo afirmando que en América Latina es necesario mover el eje del poder desde el gobierno presidencial hacia el parlamento. ¿Qué piensa el parlamento recién electo en México? ¿En particular aquellos legisladores que fueron elegidos en la misma coalición política de López Obrador? Me gustaría saberlo.

Traducción Carmen Álvarez
con la colaboración de Pedro Salazar

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Politólogo cuestionado

No será ninguna casualidad que Excélsior le haya dado bola a este artículo, que viene a repetir algo así como la “línea oficial” de lo que sucede en México. Aquí, según esta línea, hay un líder antiinstitucional, que moviliza antidemocráticamente a la gente. Esta última, para este estilo de análisis (si hemos de llamarlo así), resulta ser un mero objeto manipulatorio, sin complejidad, una vulgar “masa”, como solían describir pseudosociológicamente hace todavía algunas décadas, a lo que tiempo atrás era llamado –también pseudosociológicamente– las “clases peligrosas”. En suma, el retrato inicial con trabajos pasaría de ser una mera caricatura.

Que lo venga a decir el heredero de las glorias de Norberto Bobbio, sin embargo, parecería revestir esas palabras de una legitimidad que, de cualquier modo, está por verse. Menos mal que Bovero solicita que se le corrija si está en un error.

Y sí, está en uno error. Quizá no uno, sino varios. Pero me concentraré en uno, que estimo principal.

El principal error de Bovero consiste en asumir de entrada la naturaleza democrática de los regímenes sobre los cuales elabora su argumento. Por supuesto que resulta espinoso poner en cuestión esa naturaleza en el caso alemán, del mismo modo que lo es para el caso italiano y acaso, para el estadounidense. Pero, ¿cómo puede plantear lo que plantea a partir de un supuesto así a propósito del caso mexicano? El supuesto es heroico, y sostengo que ese error le hace formular juicios a partir de una supuesta axiología democrática (que en realidad es liberal), según la cual la “relación directa” del líder con la masa (y aquí caben todos los epítetos pseudosociológicos que asume y no explicita: amorfa, irracional, emotiva, arrolladora de la individualidad, entre otras posibilidades) es antidemócrática, porque ahí ningún individuo podría ir en contra de la posición aplastante de la mayoría presente.

Sin embargo, la negativa individual asume muchas formas. La más elemental es la que dio a conocer hace varios años Hirschmann; la salida. Si no estoy de acuerdo con ese líder mesiánico, sencillamente me desentiendo: no voy a cometer la locura de expresarme, en una asamblea, en contra; pero a la siguiente convocatoria no acudo. Simple. No estará pensando Bovero en llamar al IFE a que cuente los votos de las asambleas, ¿o sí?

La relación del líder y “la gente” es de conducción política, no es ni hipnótica ni de mera manipulación. ¿Qué hace López Obrador en las asambleas, o sea, en su “contacto directo” con “la gente? Primero, plantea una interpretación política de los sucesos. La gente escucha y lo sigue paso a paso en su argumentación. Al término del ejercicio interpretativo de López Obrador se produce una conclusión práctica. Los asistentes, al final, valoran esa interpretación y la conclusión práctica que el líder postula. El alzamiento de manos es el momento ritual. El momento crucial, en contraste, se presenta con la siguiente pregunta ¿cuántos nos siguen apoyando? Es evidente, en el momento actual, que la merma es exigua y la intensidad del apoyo se ha incrementado.

¿Cómo puede Bovero sacar las conclusiones que saca sin entender lo que sucede entre el líder y sus seguidores? La complejidad de la relación de AMLO y “la gente” merece ser descrita con algo más que las baratijas pseudocientíficas que emplea Bovero.

Pero vayamos a la axiología democrática que emplea.

La de López Obrador no es, en definitiva, una estrategia antipolítica. Hay que entender esto de una manera absolutamente clara: la especificidad de la acción política de López Obrador consiste en haber desarrollado la dinámica por la cual se ha constituido un sujeto político nuevo: los pobres, los desheredados, los excluidos, los desesperanzados, han sido traídos por el liderazgo de López Obrador a la arena política. Y con ello ha traído un poderosa desestructuración de la estabilidad oligárquica que ha pretendido construirse en México, mediante una sistemática política de privatización de los más variados ámbitos. La última expresión de este proceso es la privatización de la política social, entendida como la orientación del estado mexicano para atender a los damnificados del capital. La élite política mexicana ha suscrito, gozosa, la idea de que la pobreza se debe combatir con la filantropía y las buenas intenciones de los dueños del país. No es gratuita la multiplicación de las iniciativas descentralizadas para que cada quien coopere contra la pobreza, a fin de darle la vuelta a la “costosa e ineficiente” burocracia estatal. Con esa retórica la oligarquía mexicana ha puesto en marcha lo que pretende ser la idea dominante en México. La pobreza no es un asunto político, sino un asunto que hay que corregir con buena conciencia.

Y eso es lo que ha puesto en cuestión el lopezobradorismo. Los asuntos estratégicos del país los hemos de resolver políticamente. Para ello, hay que convocar políticamente a los excluidos, que son muchos y que, de diversas maneras, han reconstruido el conflicto de clase en el país. Entonces, en este primer punto, la axiología democrática de Bovero, suponiendo que sea suscribible, tendría que servir como parámetro que mida el comportamiento de la derecha y tendría que reservarse para un mejor momento el fácil juicio por el cual quiere postular que AMLO va contra la política. Sencillamente, eso es falso.

El segundo punto de la axiología democrática de Bovero, si entiendo bien, está basado en el supuesto ideológico liberal del individualismo. Las asambleas lopezobradoristas aplastan la individualidad. Pero, ¿quién acude a una asamblea convocada por López Obrador que crea sinceramente que la elección fue limpia?

A Bovero le parece sujeta a discusión la deseabilidad desde el punto de vista democrático de la protesta encabezada por López Obrador, específicamente porque las decisiones no responden a un ejercicio democrático. El ritual de las decisiones impulsadas por el líder, en un momento en el que deciden (decidimos) responder a su llamado es, precisamente, democrático. Tal vez no resulte plenamente liberal, y en eso podría estarse de acuerdo. Pero en México está a discusión que resulte deseable en todo momento y ante cualquier circunstancia que la democracia deba, como si se tratara de un dogma, ser liberal.

Pero además eso tampoco es cierto. Las convocatorias de AMLO están dirigidas a que se comuniquen las ideas, se deliberen las propuestas. Los ciudadanos acuden/acudimos con la mejor información que nos es dable conseguir, sobre todo si tomamos en cuenta que las empresas mediáticas han puesto en marcha una estrategia de desinformación acerca de lo que sucede con el movimiento lopezobradorista. Piezas integrantes de la oligarquía mexicana, las televisoras y las radiodifusoras más grandes han desplegado costosas campañas que defienden la limpieza de las elecciones y aíslan políticamente al lopezobradorismo. ¿Cuál es la práctica democrática en todo esto? No era extraño encontrar el 16 de septiembre en la Plaza de la Constitución delegados de los pueblos remotos de México que se encontraban ahí con el encargo de votar lo que había que votar en la Convención Nacional Democrática? Yo mismo estuve rodeado de un grupo de personas que venían de Michoacán y Veracruz, que estaban ahí para votar lo que había que votar. Habían deliberado en sus respectivos poblados. ¿Cuál es el ejercicio democrático en todo esto? ¿El de las televisoras, que desinforman y atropellan la posibilidad de formarse una opinión con oportunidades equitativas de ser adquirida, o el de la gente común, que resuelve sus problemas comunicativos e informativos del mejor modo que pueden?

Bovero se equivoca de la A a la Z. Él nos plantea un interrogante a quienes podríamos estar demasiado seguros de encontrar la democracia en la multitud, pasando por encima de las instituciones. El politólogo desarrollará la prudencia, o no será politólogo. El juicio rápido y desinformado es la negación de la ciencia y, en particular, de la delicada materia que el politólogo tiene en sus manos. En México estamos ante un conflicto abiertamente planteado por la oligarquía derechista, que desde mucho antes de la jornada electoral estuvo dispuesta a imponer a su candidato, por encima de lo que fuese. ¿Por qué esa derecha iba a detenerse el día de la jornada electoral, cuando desde mucho tiempo atrás estuvo decidida a sacar a López Obrador de la contienda mediante un discutido y a final de cuentas repudiado desafuero? ¿Por qué se iban a detener cuando tienen todo el dinero que hace falta para hacer que se haga lo que se tenía que hacer con tal de detener a ese “peligro para México”? ¿Quién pasa por encima de las instituciones, suponiendo que lo sean?

Es perentorio sacar a Bovero del error. La regla que rige en la política mexicana, a partir del proceso político anterior, es la siguiente: gana el que tiene más dinero, no el que obtiene más votos. Ese régimen se llama, desde mucho tiempo atrás, plutocracia. La lucha política actual en México, por mucho que implique una “interpretación conflictual de la política”, está dirigida a restaurar la república. Pero tampoco se puede interpretar de otro modo la política cuando se está en medio de un conflicto. ¿No sería eso pueril y absurdo?



1 Comments:

At 8:01 PM, Blogger Tartufo said...

Interesante réplica a Bovero, quien parte de una premisa equivocada: en México vivimos en un regimen democrático.
Estos "análsis a la distancia" resultan fallidos sin conocer el problema en su totalidad, no es un asunto de procedimientos e imagen, es la crisis de las intituciones.
López Obrador no es antiinstitucional, de serlo tendríamos una rebelión (no se si armada) incontraolable por todo el país. Los plutócratas deberían estar agradecidos por que él contuvo la rabia e impotencia que sentíamos ante el descarado FRAUDE.
Quizá dentro de algunos años surga un liderazgo realmente antiinstitucional, entonces López Obrador parecerá la madre Teresa, creo que eso anhela la oligarquía que no se cansa de saquear el país, entonces será demasiado tarde para todos.

 

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