Saturday, August 19, 2006

Y tú, ¿estás del lado del problema o de la solución?

Estar del lado del problema o de la solución puede ser toda la diferencia en este momento. El propio René Delgado lo plantea en el artículo de Reforma que se nos ha hecho llegar y aquí reproducimos.
Veremos la sorprendente respuesta que se plantea en el Comentario que se ha añadido.

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Reforma
René Delgado
Mediar, no partir


Tenochtitlán no se fundó el pasado 2 de julio, sino un poco antes. En otras palabras, el actual y largo proceso electoral no empezó ni terminó el 2 de julio. Tiene algo más de historia. Por eso enfada el afán de mirar con microscopio esa jornada como si ahí estuvieran todas y las únicas claves para descifrar lo que hoy nos pasa y se resista la idea de sacar también el telescopio. No se quiere mirar retrospectivamente el problema y, por lo mismo, no se le quiere dar perspectiva a la solución.

Ese día no hubo, como algunos quieren anunciarlo, "una elección ejemplar", aunque tampoco hubo, como otros quieren denunciarlo, "el gran fraude electoral". La realidad es más compleja y mientras no se atienda y entienda en su justa dimensión, el país no va a salir de la confrontación que lo lleva al patíbulo de la violencia.

Es hora de mediar, no de partir. De acercar, no de alejar los polos. De ver el horizonte y salir del límite.
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Tan dado a la simulación, en este país todos, absolutamente todos los actores políticos se presentan como hombres o mujeres de profunda vocación demócrata que no practican porque siempre, esa es la justificación, las circunstancias los obligan a comportarse como auténticos caníbales. Un canibalismo que invariablemente cargan a la cuenta del otro -del adversario- porque éste supuestamente les impide enfundar los desencuentros o los arreglos bajo cuerda o los chantajes que mantienen al país como rehén.

En ese juego de simulación, todos se desgarran las vestiduras, todos claman contar con la razón histórica aunque, en el fondo, ninguno de ellos cree en la historia y mucho menos en el porvenir. En el mejor de los casos, creen en el presente porque les consagra una porción grande o chica de poder aunque, realmente, no sepan para qué quieren ese poder. Lo gracioso de su modo de ser es que algunos de ellos se conforman hasta con rebanadas de no poder.

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En estos días, la simulación minimiza o exagera los días anteriores a la jornada electoral donde los excesos marcaron el tono del discurso y las operaciones desaseadas oficiales y extraoficiales marcaron a la política. Se promovió la eliminación, no la elección. En el fondo, esta es la segunda vez que los ciudadanos votan en contra y no a favor de un candidato o proyecto. Curiosa forma de elegir.

En estos días, la simulación borra el pasado inmediato y mediato y arrebata la posibilidad de reflexionar en serio y mirar el horizonte. No se ve el horizonte, se ve el límite y, ahí, en el pretil del desfiladero se protagoniza un concurso de fuerza, donde los argumentos se cifran en las consignas revolucionarias y las tentaciones autoritarias que, por igual, amenazan a la democracia que todavía no es.

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Irrita profundamente que los actores principales se hagan de la vista gorda de lo que realmente hicieron a lo largo de la campaña. Sacaron de debajo del tapete la desigualdad social que vulnera al país desde la época colonial y la pusieron en la boca de las urnas, creyendo ingenua o perversamente que el 3 de julio todo mundo se iba para su casa y al amanecer aplicaría la consabida filosofía tan mexicana del "aquí, no pasa nada".

Esta vez sí ocurren cosas, los actores abanicaron los agravios sociales acumulados cuando menos durante los últimos 30 años y -desde la plaza pública o el despacho privado- los animaron a expresarse y, ahora, no saben bien a bien qué hacer con sentimientos y resentimientos sociales acumulados.

Si bien el saneamiento de las finanzas públicas, la privatización del sector público de la economía, la apertura económica del país tuvieron efectos indudablemente positivos, también tuvieron un efecto terrible sobre amplios sectores sociales. Saneamiento fue recorte de empleo y contención de salarios, privatización fue reparto opaco de privilegios, apertura fue arrasamiento de medianas y pequeñas empresas, rescate de banqueros fue entierro de deudores. La parte del malestar social se puso irresponsablemente en la boca de las urnas y hoy no se quiere reconocer el tamaño del problema.

Se puso y se quiere desconocer otro problema. Sexenio a sexenio, al menos desde Gustavo Díaz Ordaz, la transmisión del poder es sinónimo de crisis. Ahí están los hechos. El cierre del diazordacismo marcado por la represión, el cierre del echeverrismo marcado por el rumor del golpe de Estado, el cierre lopezportillista con problemas financieros hasta de caja, el cierre del delamadridismo con fraude electoral, el cierre del salinismo con infinidad de errores (no sólo el de diciembre) y homicidios. Curiosamente, la única transmisión del poder sin grandes problemas fue precisamente la de Ernesto Zedillo, una transición de terciopelo que Vicente Fox convirtió en lija.

Ahí está la historia larga y corta de un país que -pese a sus avances- tiene un problema en el traslado del poder entre partidos del mismo sello o distinto. La historia corta es la de la campaña que no resume el 2 de julio. Si no se toma en cuenta la historia, es muy difícil proyectar el futuro.
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Lo más grave de esa miopía es que, aun hoy, en el borde de la crisis se insista en profundizar ésta.

El señor presidente de la República declara un día que va a actuar cuando tenga que actuar (dejando sentir gran admiración por Gustavo Díaz Ordaz) y otro día convoca al diálogo (queriéndose equiparar con Javier Barros Sierra). Por favor, una cosa es ser muy alto y otra muy distinta tener estatura. Vicente Fox insiste en creer que su participación en la campaña dejó intacta la investidura presidencial. No es así. Hoy, tenemos un presidente de la República desahuciado y es que no se puede convocar al diálogo luego de haber protagonizado, durante años, el monólogo de la ocurrencia, la ignorancia y la perversidad política.

Un día Felipe Calderón se conduce como Manuel Gómez Morín y al siguiente lo tienta la personalidad de Manuel Espino. Un día Andrés Manuel López Obrador se mide con Benito Juárez y al siguiente se comporta como el Mosh, aquel ultra del CGH. Eso sí, todos aseguran ser hombres de profunda vocación democrática.

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Que los actores principales de la crisis no sepan cómo conducirse, no obliga al resto de los factores o grupos de poder y mucho menos a la sociedad a seguir sus pasos.

Puede gustar o no, pero con esos actores hay que trabajar. A esos actores hay que presionar para que salgan de la dinámica de la confrontación y meterlos en el carril de la negociación y el acuerdo. Es la hora de mediar, no de partir. Por eso, factores y grupos de poder deberían salir del juego de la simulación, de la idea de la victoria y la derrota, ver en retrospectiva el problema para darle perspectiva a la solución.

Puede parecer absurdo o descabellado pero aun hoy, en la tensa circunstancia, hay un reducido resquicio para darle perspectivas al país. Esos agravios sociales que se pusieron en la boca de las urnas exigen una reconsideración de fondo sobre el modelo del país al que la nación en su conjunto, toda, no sólo esta o aquella otra parte, puede aspirar. Eso exige mediar y construir para alejarnos de la idea de contratar granaderos de ocasión o ultras arrojados para ver quién puede más.

No se trata de ver quién puede más, sino quién puede lo mejor. Es hora de mediar, no de partir.

Correo: sobreaviso@latinmail.com
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La simulación sobre la simulación
Comentario


En la situación política mexicana no se ve que haya una salida política, especialmente a partir del estilo machito que ha adoptado Calderón y de las aparentes indefiniciones de Fox. Salida política, es muy sencillo, constituye una forma de referirse a un proceso que permita salir del problema político enfrentado hoy. Pues al indicarse un problema la reacción inmediata es pensar en la solución. Por eso un enfoque que ha aparecido entre los profesionales de la opinión es auscultar quién está del lado del problema y quién del lado de la solución.

Así hace en este artículo René Delgado. No nos concentremos en algunas joyas analíticas. No nos detengamos en la enigmática afirmación de que el 2 de julio no hubo ni "elección ejemplar" ni "el gran fraude". Si no fue ninguna de las dos y si suponemos que Delgado menciona ambas posibilidades como extremos de un continuum, entonces el 2 de julio tuvo lugar una elección "un poquito mugrosa" o, mejor aún, "un poquito limpia". No sabemos cómo el añadir -faltaba más- que "la realidad es más compleja" puede conducirnos a la esperada tercera posibilidad que -por supuesto- Delgado no menciona. Con todo, podemos considerar que se trata sólo de un desliz.

Sí forma parte de la propuesta analítica de Delgado que el problema se origina de que los dos principales actores (entiéndase: AMLO y la derecha) "sacaron de debajo del tapete la desigualdad social que vulnera al país desde la época colonial y la pusieron en la boca de las urnas, creyendo ingenua o perversamente que el 3 de julio todo mundo se iba para su casa y al amanecer aplicaría la consabida filosofía tan mexicana del «aquí, no pasa nada»". Él afirma que los dos actores lo hicieron y confiesa que eso [le] irrita profundamente. Veamos.

No es claro si lo que encuentra irritante es que hayan sacado de "debajo del tapete" la desigualdad (forma pretendidamente postmarxista de señalar la fractura de clase en México) o si lo que le irrita es que creyeran que el 3 de julio las cosas se iban a componer solas. Desde un punto de vista terapéutico uno diría que lo mejor es que Delgado identifique bien cuál es el origen de su irritación: es Calderón y su simpático equipo el que dio un tratamiento, por decir lo menos, obsceno a la fractura de clase; ¡y siguen creyendo que eso se acaba con un buen programa de política social!

La fractura de clase en México no ha sido disimulada históricamente porque los actores políticos sean o hayan sido muy sagaces: se trataba del diseño de gestión estatal llamado "nacionalismo revolucionario" lo que funcionó como un pacto de no agresión entre clases. En la tradición marxista a eso se le llamaba hace varios años el componente bonapartista del estado posrevolucionario.

Después del desmantelamiento de esa estructura de mediación estatal (a la que inexplicadamente se le considera disfuncional en relación con la nueva condición electoral del país), era cosa de tiempo que dicha fractura apareciera en las propias elecciones. Es evidente que no es ningún sustituto de esa estructura bonapartista el paquete formado por la política electoral y el esquema de gestión estatal que opera a la manera en un simulador de vuelo, como si en México la estructura social pudiera describirse como un conjunto de individuos libres en una pugna regulada jurídicamente por incrementar su bienestar (la imagen, hoy ideológica, de la sociedad civil como mercado).

En otras palabras, al parecer la pretensión de la derecha mexicana es simular que se vive en un Estado moderno (como el postulado por el Consenso de Washington). El conflicto electoral de hoy puede ser leído como el producto de una cierta pretensión: la de convertir esa simulación en hecho político; y que aquí no pase nada.

Estar del lado de la solución no es lo mismo que declarar que los actores políticos se deben poner del lado de la solución. Delgado simula sobre la simulación. Ha aparecido en México la fractura de clase, traducida ya en proceso político. Y, en efecto, no es posible simular que aquí no pasa nada. Pero ponerse del lado de la solución hoy, indeclinablemente, requiere describir cuál es el problema y hacerse cargo de las consecuencias. Simula estar del lado de la solución quien sólo declarativamente demanda que los demás se pongan de ese mismo lado. Y, ¿cuál es ese lado?

Está del lado de la solución quien hoy plantea el problema y contribuye a delinear las vías de la salida política. Delgado acaso pensará que eso se puede lograr con una verdadera política social que atienda con responsabilidad... (bla, bla, bla). El problema de hoy es la derecha se ha propuesto imponer a su candidato. Ante eso, Delgado (y varios más) soslayan las cosas mediante el retorcimiento de la lógica, y declaran que no hubo ni fraude ni elección ejemplar. Simula en la simulación. El reemplazo histórico del bonapartismo priista -las elecciones- no ofrecen una respuesta, porque a la primera falla, como ésta, todo se va al carajo.

Una de las formas de estar del lado de la solución, no hay duda, es exigir que se cuente voto por voto y casilla por casilla. El paso de los días, de tremendo dramatismo, nos llevan a sepultar lo que ni siquiera había comenzado a dar muestras de que sirviera para algo. Esa demanda cada vez más pierde sentido, producto de esta imposición. ¿Qué creerá nuestro arquitecto de las instituciones, José Woldenberg: que hay que hacerle nuevos arreglos a una máquina absurda y con una oligarquía excluyente y obscena que ha destruido con la mano en la cintura lo hasta ahora conseguido? ¿No será tiempo de dejar de simular?

Mauricio Sáez de Nanclares

1 Comments:

At 8:38 PM, Blogger Eratóstenes Horamarcada said...

Muy aguda contestación. Me gusta esto de formar las entradas de la bitácora con base en un artículo y la respuesta a éste.

 

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