Tuesday, August 01, 2006

Respuesta a Soledad Loaeza - De líderes y seguidores

Bloque de Opinión responde al artículo publicado por Soledad Loaeza el pasado 27 de julio en La Jornada. Se transcribe en primer lugar el artículo y más adelante la respuesta.

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Jueves 27 de julio de 2006
De líderes y seguidores
Soledad Loaeza

Con todo respeto, para utilizar una de las fórmulas favoritas de Andrés Manuel López Obrador, y con base en un recuento incluso aproximado de los votos que recibió en la elección presidencial, ni siquiera 65 por ciento de los mexicanos respondemos en forma positiva a su forma de hacer política. Para muchos su liderazgo es un enigma. El estilo de AMLO escapa a las tipologías tradicionales de los líderes políticos mexicanos. No es la figura paternal ungida de solemnidad y silencios significativos que evoca el general Cárdenas; tampoco es el orador grandilocuente en que se convirtió Luis Echeverría cuando llegó a la Presidencia de la República para denunciar un pasado que también era el suyo, aunque algo de LEA hay en AMLO que se formó en esa escuela y cuenta hoy con el patrocinio de prominentes echeverristas. Tampoco es el líder propositivo capaz de vender una imagen de futuro como lo fue Carlos Salinas en su momento, si bien ahora más de uno quiere olvidar la fascinación que experimentó ante la certeza y capacidad de decisión del hoy innombrable. En este caso la presencia de tanto salinista en el entorno de López Obrador revela, más que una afinidad de estilos, un encuentro fortuito de intereses.

Muchos son los que ven en el éxito de López Obrador el efecto de un carisma: esa virtud inexplicable que posee un individuo que genera fe entre sus seguidores y que inspira en éstos la determinación de creer y hacer cualquier cosa que el líder carismático les pida creer o hacer. Puede ser. Pero el significado que hoy tiene la noción de carismático es tan equívoca y empobrecida como para atribuirse alegremente a los cantantes guapos o a cualquier simpático que ande por ahí.

El liderazgo de AMLO poco tiene de eso, en cambio tiene mucho de una política de masas moderna. Una que en lugar de mover las almas, como les gusta decir a los panistas, se propone mover las vísceras. Hasta ahora su instrumento más poderoso ha sido un discurso que provoca pasiones, sobre todo un sentimiento de indignación que no es difícil despertar en un país como México, donde la desigualdad, la pobreza y la corrupción naturalmente inspiran repudio y disgusto.

Pero hay que añadir que también produce indignación el oportunismo de los antiguos priístas -varios nada menos que de Gobernación- que ahora desde el púlpito del PRD imparten lecciones de democracia; asimismo es más que irritante la irresponsabilidad de algunas celebridades que se abrazan al poderoso para ejercerla influencia que las urnas les arrebataron, así como es escandalosa la intolerancia y la mentira en boca de unos y de otros.

El liderazgo de López Obrador es nuevo en México, pero no del todo original. Tiene los rasgos del cesarismo que en el siglo XX en Europa y en América Latina encarnaron líderes autoritarios, como Juan Domingo Perón en Argentina o Getulio Vargas en Brasil, que llegaron al poder cuando la universalización del sufragio trajo la irrupción de las masas en la política. En México este fenómeno se ha producido tardíamente, cuando el nuevo sistema electoral, al garantizar comicios limpios, impulsó el voto de decenas de millones de ciudadanos, al mismo tiempo que demandaba formas de hacer política distintas a las del corporativismo cardenista que subordinaba la identidad del ciudadano a la del obrero, el campesino o el intelectual.

El tipo de liderazgo político que ha construido AMLO se asemeja al que desarrolló Evita Perón, no por cierto la habilidad discursiva, sino su capacidad para erigirse en una suerte de pararrayos de la tensión social. Al ostentarse paladín de los pobres y hacer de la denuncia antielitista eje de su propia pasión, López Obrador quiere investirse ante todo de la rabia que, según él, debe incendiar el corazón de los millones de mexicanos que a diario sufren la humillación de la pobreza. Por esta misma razón, y al igual que Evita, inspira encendidos sentimientos de reverencia o de rechazo igualmente vehementes.

Como otros líderes cesaristas que lo precedieron, AMLO ofrece un ejercicio personalizado y centralizado del poder, una relación directa entre él y la gente, la movilización ininterrumpida, el plebiscito permanente, una situación sostenida de excepción; y al igual que muchos de esos líderes cesaristas, utiliza las instituciones democráticas para destruirlas, porque si llegáramos hasta donde los lopezobradoristas nos quieren llevar sólo ruinas quedarían de lo que habría sido una efímera experiencia democrática.

Las tácticas de AMLO para mover a la indignación son ahora bien conocidas: reuniones multitudinarias dominadas por la emoción colectiva, exacerbación de los ánimos mediante la satanización machacona de personajes o decisiones impopulares, construcción de un universo binario en el que él y los suyos representan el bien y todos los demás el mal. En el mundo incierto de los inicios del siglo XXI, López Obrador ofrece las irrebatibles certidumbres de un hombre poseedor de una verdad que no reconoce ningún principio de realidad, pues poco importa si para imponerse incurre en exageraciones descabelladas, en inconsistencias, inexactitudes o contradicciones.

En el discurso lopezobradorista lo mismo se defiende el voto que se desconocen los votos emitidos; al igual que se habla de la defensa de las instituciones se propone pasar por encima de ellas para llegar a un acuerdo político -que equivale en el fondo, muy al estilo salinista, a sugerir una macro concertacesión-, o se afirma en forma contundente que el objetivo no es la anulación de la elección, pero se hace todo para que se imponga por la fuerza de los acontecimientos.
Si entender el liderazgo carismático siempre plantea dificultades, porque involucra una dimensión de subjetividad, prácticamente impenetrable, descifrar a los seguidores es peor que eso. Los más humildes tienen razones objetivas para dejarse convencer por un político que les ofrece el mejoramiento inmediato de sus condiciones de vida -lo último que les importa es saber de dónde va a salir el dinero que les promete.

Sin embargo, resulta indescifrable el embeleso que se ha apoderado de aquellos que viven en el mundo de las ideas y del conocimiento, y que parecen estar dispuestos a dejarlo todo para seguir al líder con la fe ciega del converso. Tampoco sería ésta la primera vez que intelectuales sucumben a la seducción irresistible del líder popular. Pero, dadas las penosas consecuencias de esta experiencia, cabe preguntarles: ¿y luego?
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Respuesta

En su artículo de hoy en La Jornada “De líderes y seguidores”, en una línea discursiva similar a la que usó nuestro insigne psicoanalista Enrique Krauze, intenta usted descifrar las claves del liderazgo de López Obrador. Tarea difícil, como bien lo dice usted, lo que no obsta para calificarlo de cesarista y mesiánico.

De entrada se contradice respecto a este último calificativo, lo que resulta extraño en una analista destacada como lo es usted. En el tercer párrafo dice que AMLO tiene poco de “eso”; en cambio la suya tiene mucho de una política de masas moderna porque mueve las “vísceras”. Un “eso” que significa carisma según ha dicho en el párrafo anterior. Pero al final del artículo dice que entender el liderazgo carismático –se entiende que el de AMLO; ¿o se refiere a alguien más?- plantea dificultades por la carga de subjetividad que conlleva. Es decir, en la línea de su argumentación, AMLO no es un político carismático sino cesarista y moderno pero, al fin, carismático. Queda clarísimo que le resulta difícil entenderlo.

Lo mejor, sin embargo, es su definición de política de masas moderna: aquella que mueve las vísceras. Nunca imaginé que a eso se refieren tantos “analistas” cuando le exigen a AMLO y a la “izquierda” ser modernos. ¡Impecable!

Peor le va cuando quiere descifrar a sus seguidores, sobre todo a las “celebridades” a las que se cuida de mencionar por su nombre pero califica como embelesados conversos cegados por la fe, a quienes las urnas les arrebataron su influencia (?) y por eso abrazan al poderoso AMLO. Será que no viven en el mundo de las ideas y del conocimiento, como usted dice, sino en el mundo real, el de los hechos. ¿No será que es usted quien pretende vivir en el mundo de las ideas y del conocimiento y no ha querido ver lo que pasa en la calle y, en este caso, lo que pasó en las urnas, en los consejos distritales, en la televisión, en el Consejo General de IFE, en las cúpulas empresariales, etc.?

Escribe usted que ni siquiera el 65% de los mexicanos responde positivamente a la forma de hacer política de AMLO. Más allá de que sea válido usar el número de votos como expresión de todos los mexicanos, cabe darle un vistazo a la encuesta publicada hoy por El Universal en la que se asienta que el 20% de quienes votaron por Calderón afirman estar de acuerdo con el recuento de los votos; lo mismo el 35% de los que lo hicieron por Madrazo; el 87% de quienes votaron por López Obrador; el 57% de quienes votaron por los demás candidatos y 37% de quienes no votaron.

Vaya, estamos en un país de embelesados, ciegos, conversos dispuestos a usar, como el líder, a las instituciones democráticas “para destruirlas”. ¡Híjole, nos descubrió!

Alberto Schneider

1 Comments:

At 8:48 PM, Blogger El Serch said...

No será la primera vez que este señor hace "críticas" y está presto a "refutarlas". Leyendo el texto de Soledad Loaeza, lo que este señor hace es, simplemente, confirmar lo que ella afirma.

 

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