Sunday, August 06, 2006

Reflexión: Denise Dresser o Creer con la razón

He aquí el artículo de Denise Dresser, ahora profusamente difundido en la red, en el que propone elementos para reconsiderar lo que sucede en México, a partir de una reflexión sobre la personalidad de Andrés Manuel López Obrador y la estrategia de la derecha (de algún modo hay que llamarla, ¿no?)

Más adelante exponemos una reflexión, esperamos que razonada y razonable, inspirada en el texto de Denise.


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Cuando éramos huérfanos

Denise Dresser

Siempre me ha gustado vivir en México. Todos los días doy gracias por vivir en un país con tanta belleza, con tanta historia, con tanta cultura, con tanta vida, con tanta dignidad. Lo digo cada vez que puedo: amo a México con un amor perro. Amo sus olores y sus sabores, sus regiones más transparentes y sus rincones más oscuros, sus volcanes y sus valles y todo lo de en medio. La vida en México para una persona de clase media alta como yo es, en muchos sentidos, envidiable. Vivo en una casa rentada y muy linda; mando a mis hijos a una escuela privada y no excesivamente cara; soy dueña de dos autos usados y en buena condición; vivo de mi trabajo y puedo mantener a mi familia con él; empleo a un par de personas que ayudan en casa y me alcanza el sueldo para pagarles; tomo vacaciones anuales y estoy ahorrando para asegurarle una educación universitaria a mis hijos. Tengo la vida que siempre he querido, llena de ideas y libros y arte y alumnos y amigos y la oportunidad de escribir en Proceso y una profesión socialmente útil. Este país me la ha dado.

Soy producto de la movilidad social que aún existía en los sesenta cuando nací. De beca en beca obtuve una buena educación y con ella he ido ascendiendo la escalera social. En un país con 40 millones de pobres, soy de las privilegiadas. Aún así, me doy cuenta de manera cotidiana que algo está mal. Y podría usar el lenguaje sofisticado de la ciencia política para explicarlo, pero en esta columna prefiero hablar como simple ciudadana. Algo está mal cuando las personas que trabajan para mí -la nana y el chofer y el jardinero- no tienen ninguna expectativa de ser más de lo que son hoy. Cuando no tienen ninguna posibilidad de aspirar a algo más porque el país no se los ofrece. Cuando sexenio tras sexenio un presidente u otro les da tan sólo más de lo mismo. Cuando saben que la vida de sus hijos será -en el mejor de los casos- una versión facsimilar de la suya. Esa vida precaria, estancada, difícil. La que tantos con quienes comparto el país padecen.

Y por eso el 2 de julio voté por Andrés Manuel López Obrador. Fui de esos votantes indecisos hasta el momento de entrar a la casilla y una vez adentro opté en función de una sola razón: no podía votar por una persona que piensa que el país está bien. No podía votar por un partido que ofrece sólo la continuidad. No podía formar parte de aquellos que piensan que el país funciona aunque para mí lo hace. Ni más ni menos. Pero voté con ambivalencia, porque a lo largo de la campaña siempre pensé que AMLO tenía el diagnóstico correcto pero no las soluciones adecuadas. Que peleaba por una buena causa pero no con armas modernas. Que sabía lo que no funcionaba pero no tenía propuestas coherentes de política pública para arreglarlo. Nunca me convenció la idea de sembrar árboles por el sureste o construir trenes bala. Recuerdo habérselo dicho: "Andrés Manuel, estás ofreciendo pobreza con dignidad. Estás ofreciendo darle a cada mexicano una pala para que construya un segundo piso". Los pobres merecen y necesitan más.

Aún así pensé que una victoria de AMLO ofrecía la oportunidad para sacudir las cosas; para nivelar el terreno de juego; para pensar en cómo construir un país más justo y menos rapaz. Y López Obrador no me asustaba como asustaba a otros miembros de mi clase social. De hecho en reunión tras reunión, en conferencia tras conferencia, me convertí en su defensora involuntaria. Porque los argumentos sobre su personalidad mesiánica me parecían exagerados. Porque pensaba que a demasiados de sus detractores les salía espuma por la boca. Incluso una semana antes de la elección publiqué un artículo en Los Angeles Times argumentando que antes de odiar a López Obrador, las élites económicas y políticas deberían odiar las condiciones que lo produjeron: un sistema socioeconómico que concentra la riqueza y no tiene ningún incentivo para distribuirla mejor.

Pero desde la noche de la elección miro lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador y me desconcierta. Me preocupa. Veo a un hombre cada vez más combativo, cada vez más confrontacional, cada vez más antiinstitucional. Veo a alguien que confirma, paso a paso, todo lo malo que se decía de él. Alguien que habla del "crimen" monumental cometido contra el pueblo de México, pero que no lo ha podido probar. Alguien que un día sugiere fraudes cibernéticos y al otro día aclara que más bien fueron "a la antigüita". Alguien cuyas posturas poco claras -y con frecuencia contradictorias- me inspiran desconfianza. Porque no puedo evitarlo: fui entrenada en el doctorado para examinar evidencias, ponderar datos, analizar argumentos. Y los que presenta AMLO hasta hoy para sustentar su caso no me convencen. He leído todos los correos electrónicos sobre el famoso algoritmo y dudo de su existencia; he discutido las irregularidades detectadas hasta ahora y no me parecen determinantes; he escuchado todas las denuncias sobre la "elección de Estado" y no creo que podamos clasificarla así.

Con lo que sabemos hasta el momento, no me parece inconcebible pensar que López Obrador perdió la elección. Por la multiplicidad de motivos que ya conocemos: el voto de miedo, la campaña mediática de Vicente Fox, la compra de publicidad por terceros, el apoyo de gobernadores priistas a Felipe Calderón y los errores que el propio AMLO -aunque se niegue a aceptarlo- cometió. Pero para despejar dudas y rescatar la confianza perdida, he apoyado la propuesta de contar de nuevo, ya sea parcial o totalmente, los votos. Si el recuento revela que López Obrador en realidad ganó, México tendrá que aceptarlo. Y si ocurre lo contrario, también. Esa debería ser la apuesta de todos, pero sobre todo de una izquierda responsable que quiere gobernar al país y no sólo partirlo en dos.

Lo más preocupante es que AMLO no parece estar pensando así. Declaración tras declaración, López Obrador se está radicalizando. Y todo lo que dice sugiere que -en realidad- no está buscando el recuento de los votos, sino la anulación. Ya no busca ganar sino seguir peleando. Ya no quiere que se respeten los resultados "reales" de esta elección sino reventarla. Ya no tiene la mira puesta en las próximas semanas sino en los próximos años. Quiere consolidar su base y ser una fuerza política de largo plazo. Quiere exaltar los ánimos de 10 millones de votantes enojados aunque pierda a los moderados que votaron por él. Su papel ya no es seguir las reglas del juego sino romperlas. Su papel ya no es atemperar para gobernar sino azuzar para polarizar. Para ser el presidente moral del sur de México. Para seguir confrontando al resto del país desde allí.

Y ése va a ser un viaje peligroso porque recorre la ruta de la división. Su brújula es la polarización. Su mapa es la radicalización. Su destino es destruir primero para reconstruir después. Entraña incendiar institución tras institución y eso es lo que le está ocurriendo actualmente al IFE. Al actuar como lo está haciendo AMLO, coloca a personas como yo que votamos por su causa en una posición difícil. Pide que dejemos de confiar en todo para tan sólo confiar en él. Pide que formemos parte de lo que José Woldenberg ha llamado una "comunidad de fe", y dejemos a un lado la razón para pertenecer a ella. Pide que depositemos toda nuestra confianza en un solo hombre, cuando las democracias reales se construyen precisamente para evitar que eso ocurra. Pide que creamos en la palabra de operadores políticos como Jesús Ortega y Leonel Cota y Fernández Noroña y Martí Batres, cuya trayectoria suscita grandes dudas. Pide que destacemos a la única institución política creíble que hemos logrado erigir, y que nos sumemos a la cruzada para desacreditarla.

Y nos deja con las siguientes preguntas: Si tiramos al IFE por la ventana, ¿con qué otro instrumento va a contar el país para transferir pacíficamente el poder? Si las elecciones no son confiables nunca, ¿qué otro proceso funcionará para representar a los ciudadanos? Si el voto no es confiable, ¿no nos queda otro remedio más que renunciar a él? Si quienes están al frente de una institución cometen errores, ¿entonces hay que descalificarla de tajo? ¿La elección será vista como legítima por el PRD sólo si AMLO es declarado el ganador? Si no es posible creer en nada, ¿no hay otra opción más que creer en López Obrador? Planteo estas preguntas con dolor. De manera apesadumbrada. Veo la certeza que anima las posiciones de apoyo a AMLO que han asumido personas a quienes respeto como Julio Scherer, quienes admiro como Carlos Monsiváis, quienes quiero como Elena Poniatowska, quienes adoro como Eugenia León. He estado a su lado en otras batallas -como la librada contra el desafuero- y me entristece no poder estar allí, mano a mano, en ésta.

Y me angustia aún más ver que el otro lado tampoco tiene buenas respuestas. Las élites atrincheradas se comportan como siempre lo han hecho: saboteando, obstaculizando, posponiendo soluciones difíciles a problemas ancestrales. Pagando spots para promover sus posiciones aunque constituyan una violación a la legislación electoral. Preservando sus privilegios, blindando sus cotos, sacando legislación a modo -como la Ley de Radio y Televisión- y evidenciando todo lo que quieren proteger con ella. Los complacidos y los complacientes. Esos que escuchan los gritos del México que apoya a López Obrador y se tapan los oídos. Esos que miran la radiografía del país partido que esta elección arroja, y creen que bastará ampliar el Programa Oportunidades para reconciliarlo. Esos que produjeron a AMLO y hoy no saben cómo lidiar con él.

Ante este escenario es difícil no padecer una sensación de orfandad. De desconsuelo. Ese sentimiento que describe tan bien Kazuo Ishiguro en su novela Cuando éramos huérfanos. Esa soledad que produce estar parada en tierra de nadie, entre fuego cruzado, sin complacer a un bando y sin apoyar al otro. Intentando izar la bandera blanca entre las bazukas. Intentando suplantar la incondicionalidad partidista por la reflexión ciudadana. Preocupada por la construcción de un centro vital donde sea posible construir, conversar, reconciliar, institucionalizar. Pelear menos por el poder, y más por formas de compartirlo mejor. Pelear menos por quién ganó la elección, y más por el país herido que ambos bandos están dejando tras de sí.


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Reflexión

La descripción hecha en el artículo "Cuando éramos huérfanos" no requiere que haya dos partes necias, ciegas o miopes y además insensibles: dos comunidades de fe. Se puede llegar a una escalada de conflicto siendo racionales, al menos como lo entiende la ciencia política contemporánea, inspirada para ello en la ciencia económica neoclásica. Así lo predice -usted lo sabe bien- la teoría de juegos. Pero no me quisiera detener en esa discusión.

Las partes en disputa puede ser que nos apremien a aceptar sus puntos de vista sin dar buenas razones. Pero el compromiso de quien ocupa un lugar importante en el espacio público consiste en superar esos apremios y construir una razón que mejore el entendimiento de lo que está en juego. Y, para eso, en ocasiones es necesario detenerse a pensar si uno ha adoptado los supuestos correctos.

Apoyar que se vuelva a contar voto por voto y casilla por casilla casi con seguridad implica poner en duda el conteo realizado la primera vez. Pero no es consistente asumir esa postura y exigirle al presunto defraudado que pruebe el fraude: si lo mejor es volver a contar voto por voto, se sigue que ahí hemos de dilucidar si se había intentado adulterar la voluntad popular o no. Para este punto es secundario si ese intento de adulteración se hizo con un afán expreso y de manera maquinada, o terminó siendo el producto involuntario de miles de pequeños errores de una población poco inclinada a hacer cuentas y, en general, a hacerse la vida difícil con engorrosas operaciones mentales.

Acordemos llamar oligarquía a lo que usted llama "élites atrincheradas". Si la oligarquía estuvo dispuesta a intervenir ilegalmente en la fase de las campañas, financiando spots inflamados por el odio y marcados por la desinformación, ¿por qué se iba a detener en la fase propiamente electoral, financiando por ejemplo un ejército de individuos, de todos los niveles y en todas las regiones, dispuestos a vulnerar la elección y a adulterar sus resultados? ¿Por qué se iba a detener, si es sabido que uno de sus más conspicuos representantes exigió a Fox que de ninguna manera querían que ese tal Andrés Manuel llegara a la presidencia? ¿Acaso es razonable pensar que esos señores, llegado el momento de los votos, de verdad se iban a comportar de acuerdo con los cauces institucionales?

Suponer eso es una patraña, y cualquiera lo puede deducir.

¿Qué nos lleva a pensar que la oligarquía en realidad consideró algún día transmitir el poder a Andrés Manuel? Todas las preguntas que usted enlista en el artículo requieren respuestas puntuales, una vez que se ha conseguido romper con la idea de las instituciones infalibles y dignas de toda fe. Cada una de las siguientes preguntas la ha formulado usted. Las respuestas se siguen de cambiar los supuestos. Veamos.

1. Si tiramos al IFE por la ventana, ¿con qué otro instrumento va a contar el país para transferir pacíficamente el poder?

Respuesta. La oligarquía puede perfectamente concebir un nuevo instrumento, ahora con responsables ultraciudadanizados y que sean producto de una votación en la que participen todos los partidos... Lo que sea, pero que por ningún motive ese tal Andrés Manuel llegue a la presidencia.

2. Si las elecciones no son confiables nunca, ¿qué otro proceso funcionará para representar a los ciudadanos?

Respuesta. Las podemos hacer confiables, diría la oligarquía, porque en efecto necesitamos parecer una democracia. Podemos proponer más reformas al Cofipe: segunda vuelta, mejoras en el financiamiento, reducción de las campañas, regulación de las precampañas... Lo que sea, pero que por ningún motive ese tal Andrés Manuel llegue a la presidencia.

3. Si el voto no es confiable, ¿no nos queda otro remedio más que renunciar a él?

Respuesta. La duda acerca de que nuestro voto sirve de algo la plantaron los miembros del Consejo General del IFE. Y esa duda también se vuelve retrospectiva, como lo saben muy bien ahora los entonces consejeros electorales: la elección del 2000, ¿también fue auténtica y democrática? Sabemos que la coallición foxista le imprimió un inconfundible sello plutocrático mediante financiamiento ilegal... y no pasó nada. Confiable o no, el voto seguirá siendo la fuente de generación de poder: no hay de qué apurarse... Lo que sea, pero que por ningún motive ese tal Andrés Manuel llegue a la presidencia.

4. Si quienes están al frente de una institución cometen errores, ¿entonces hay que descalificarla de tajo?

Respuesta. Claro que no. Hay que distinguir entre el Consejo General y los miembros del Servicio Profesional Electoral, el patrimonio más preciado del Instituto. No hay que descalificar al IFE, o sí... Lo que sea, pero que por ningún motive ese tal Andrés Manuel llegue a la presidencia.

5. ¿La elección será vista como legítima por el PRD sólo si AMLO es declarado el ganador?

Respuesta. No sabemos qué dirá el PRD, pero sabemos que AMLO no la considerará justa en ningún caso. Es verdad que, si tras el recuento él gana, enfrentará la paradójica situación de haber declarado ilegítima una elección que habrá ganado. Pero es seguro que en tal caso elaborará un argumento del heroísmo que evitó la consumación de un fraude gigantesco. Estaríamos, en tal escenario, ante el extraño caso de una "elección de estado" fallida (razón por la cual, al igual que usted, considero inapropiada esa denominación para esta elección).

Ahora bien, precisamente por la sugerencia de más arriba -según la cual no es esperable que la oligarquía se detenga ante nada para asegurarse de que de ninguna manera llegue a la presidencia ese tal Andrés Manuel-, no es esperable que se realice el conteo voto por voto y casillal por casilla sin una reacción brutal de la oligarquía. Y por eso también no es esperable que haya ningún conteo voto por voto.

6. Si no es posible creer en nada, ¿no hay otra opción más que creer en López Obrador?

Respuesta. No debemos aquí utilizar la ambigüedad de la palabra creer. "Creer que" es diferente de "creer en", y esa diferencia está bien señalada en otras lenguas, como el inglés (think of y believe). Una persona puede creer que lo que dice AMLO es verdad sólo porque cree en él. Por ello, también es posible que, como alguien cree que lo que dice AMLO es verdad, entonces puede creer en él, o no creer en él: da igual. Es nuestro derecho y no tenemos que abdicar de la razón para poner nuestras creencias en donde mejor nos parezca. Aunque Woldenberg no lo considere posible, se puede participar de este movimiento sin estar inscritos en lo que llama "comunidad de la fe". Del mismo modo, es posible participar de la tesis que postula la infalibilidad de Las Instituciones, sin participar necesariamente en la comunidad de fe que el propio Woldenberg, con inteligencia, ha venido cultivando desde hace mucho.

Sí, hay radicalidad de ambos lados. AMLO ha puesto en dificultades a quien, como usted, lo ha defendido frente a ataques disparatados y tramposos. Pero es compromiso de quienes utilizan el espacio público para la defensa de las ideas el penetrar en esas ideas hasta el fondo. Y en ocasiones hay que revisar los propios supuestos. Usted, Denise, pensaba que lo que estaba en juego en esta elección era si el gobierno federal iba o no a colocar como opción preferencial a los pobres. Una cosa es segura: si ésa hubiese sido la lectura de la oligarquía, no estaríamos hoy metidos en este brete. Porque la oligarquía perfectamente puede introducir mejoras importantes al programa de Oportunidades, sin que les afecte mayor cosa. Lo que ellos consideraron y consideran hoy que está en juego es la integración de una nueva élite estatal que rompa con los vínculos orgánicos entre la oligarquía y el estado: que redefina el papel político de los pobres, de los desheredados y los sin-futuro. AMLO ha construido un nuevo sujeto político, colectivo y al mismo tiempo presente en cada individuo, basado en el convencimiento de que no puede forjarse una esperanza fuera de la izquierda.

Eso no se lo perdonan a Andrés Manuel y no van a permitir, por eso, que avance más. Apostar por Las Instituciones, como reza el credo institucionalista de nuestros días, equivale a abdicar de la tarea, ineludible en el espacio público democrático, de comprometerse verdaderamente con la razón hasta sus últimas consecuencias. La pregunta que a la larga hemos de enfrentar es si las instituciones que construyan los mexicanos incorporarán el reto de procesar el antagonismo de clase que tenemos frente a nosotros. Así, con esas palabras. Y ésta es una pregunta fuerte, porque implica revisar todos nuestros supuestos.

Creer con la razón significa, hoy, definirse políticamente. No hay de otra.

Mauricio Sáez de Nanclares

5 Comments:

At 7:14 PM, Blogger respetoalaley said...

Te quiero invitar a mi nuevo blog. El actual conflicto electoral que estamos viviendo es en mi opinión una lucha no entre los pirruris y los pobres, sino entre los que estamos de acuerdo con las leyes electorales y los que no.

México tiene grandes rezagos en materia de legislación y muchas de las leyes exageradamente injustas. Esto me llevo a crear este blog. Como un intento de elevar el discurso mas haya del resultado electoral y ver si las acciones de los candidatos tienen como fin el fortalecimiento de la democracia.

 
At 7:41 PM, Blogger Ateneo.Los días terrenales said...

Sería interesante saber por qué no se trata de una "lucha no entre los pirruris y los pobres". Se necesita algo más que declarar una idea: por lo general hay que defenderla con razones.
Sería igualmente interesante saber porqué la lucha actual se refiere a "los que estamos de acuerdo con las leyes electorales y los que no".
En este blog sí se eleva el discurso más allá del resultado electoral y por eso demandamos argumentos.
La idea de "rezagos legislativos" al parecer carece de fundamento: ¿existe un adelante y un detrás en amteria legislativa? ¿Cómo se debe traducir en forma observable esa metáfora espacial.
Esperamos argumentos; de otro modo, es tiempo perdido.
Y, por lo demás, el respeto a la ley es lo primero que debemos demandar, a los que la tuercen a su favor, la interpretan al gusto y la aplican según se encuentren... las condiciones meteorológicas.

 
At 7:21 AM, Blogger Tanusha said...

Me parece que para los que creemos que y creemos en AMLO, Denise Desser se muestra no solo indecisa en este brete, más bien se encuentra en un conflicto propio.

Alguien que conoce tan bien la política mexicana no se hace preguntas cuyas respuestas conoce.

Esa indecisión no es motivo de desconocimiento sino de conocimiento causa-efecto, muestra entonces si un conflicto de ideas. Entonces podría deducir que si DD no cree que AMLO ni en AMLO si cree en el IFE?. No será que esta ya definiéndose más con tendencia hacia la derecha? Pues el artículo lo muestra con tal obviedad.

 
At 6:43 PM, Blogger Cynthia said...

El problema electoral que estamos viviendo es en mi opinión una lucha no solamente entre los pirruris y los pobres, sino entre los que estamos de acuerdo con las leyes electorales y los que no.

México tiene grandes rezagos en materia de legislación y muchas de las leyes exageradamente injustas.

En este blog sí se eleva el discurso más allá del resultado electoral y por eso demandamos argumentos.

 
At 3:44 PM, Blogger Patricia said...

Hola
Micomentario es para felicitarte por tu valentia de expresar lo que crees, pensamientos con los que muchos Mexicanos como yo estamos totalmente de acuerdo. creo que lo unico que nos falta es una lider con principios y sin intereses personales, que ame su pais, muchos estamos consientes que la solución no es una persona o un partido politico, la solución esta en nuestras manos, si cada uno de nosotros tan solo hiciera lo que debe, esto seria suficiente para cambiar este pais, en un pais maravilloso con gente maravillosa como tu.
felicidades

patty

 

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