Wednesday, August 09, 2006

Orfandad analítica: Nuevo comentario a Denise Dresser

Ismael Carvallo

Sobre el artículo de Dresser, Cuando éramos huérfanos, tengo los siguientes comentarios:

1. Debo decir de entrada, y con cierto asombro, que el artículo de Dresser me recuerda, como el de Sefchovich, la clasificación con la que Aristóteles distinguía las refutaciones sofísticas de las refutaciones dialécticas [remito al punto 3 de mis comentarios aparecidos en este mismo Blog, el día 3 de agosto de 2006, en el que se define sucintamente la caracterización aristotélica]. En otras palabras, las opiniones vertidas en el artículo en cuestión de Dresser son de naturaleza sofística: evocaciones biográficas, exaltaciones líricas subjetivas, crónica literaria de su terrible decepción, etc.

2. Curiosa o, más bien, extrañamente, Dresser justifica la carencia de rigor analítico de sus opiniones instalándose en su posición de “ciudadana” antes que en la de profesora de ciencia política o analista de alto nivel “entrenada en doctorados”, como si la racionalidad lógica fuese un privilegio exclusivo de académicos y politólogos dejando para los ciudadanos de a pie el irracionalismo y la superstición.

3. ¿Pero qué no había sostenido Gramsci que, en alguna medida, ‘todo hombre es un filósofo en tanto que comparte una cierta visión del mundo’, es decir, un cierto sistema de ideas, antes que otro, y con un mínimo grado de coherencia interna? ¿Y no fue Kant, uno de los pontífices de la modernidad a la que tanto se alude, el que definió al filósofo mundano (el ciudadano de a pie) como el “legislador de la razón” y el filósofo académico como el “artista de la razón”?

4. Bien. Lo que nos parece es que Dresser, para ofrecer las claves de su entendimiento político, tiene que despojarse de su ropaje de filósofa académica (sirviéndonos metafóricamente de la distinción kantiana, por que, si no me fallan mis datos, Dresser no es una filósofa) por que no puede, desde ahí, desde sus coordenadas académicas, entender la dialéctica que define la circunstancia política presente; una dialéctica cuyas claves sólo pueden ser dilucidadas, tal es nuestra tesis, desde coordenadas históricas y, por tanto, desde una filosofía de la historia antes que de otra.

Esta imposibilidad de entendimiento es la que hace que tanto Dresser como un estimable número de analistas “entrenados en doctorados” nos sorprendan constantemente en los momentos en que, cuando nos ofrecen un esquema de entendimiento político, se salen siempre de las coordenadas históricas y políticas que definen esta dialéctica para tratar de entenderla desde coordenadas psicológicas (personalidad mesiánica, el “mesías tropical”, etc.), sociológicas, literarias, biográficas, etc., o desde el más llano género de las ocurrencias literarias (pienso en la simpática ocurrencia de “pobreza con dignidad”).

En otras palabras, lo que observamos es que la estirpe de filósofos académicos (o de intelectuales o “analistas políticos” de alto nivel, se diría) con la que se firman tantos y tantos artículos y manifiestos, no es más que una farsa tras la que se esconde la realidad más patente: que quienes firman tales artículos y manifiestos no son más que simples y comunes ciudadanos de a pie, y que tal estructura compleja y sublime de racionalidad desde la que supuestamente escriben cuando lo hacen utilizando “el lenguaje sofisticado (es decir, el lenguaje de los sofistas) de la ciencia política”, es, tan solo, apariencia instrumentalizada para otros fines:

La vida en México para una persona de clase media alta como yo es, en
muchos sentidos, envidiable. Vivo en una casa rentada y muy linda; mando a mis
hijos a una escuela privada y no excesivamente cara; soy dueña de dos autos
usados y en buena condición; vivo de mi trabajo y puedo mantener a mi familia
con él; empleo a un par de personas que ayudan en casa y me alcanza el sueldo
para pagarles; tomo vacaciones anuales y estoy ahorrando para asegurarle una
educación universitaria a mis hijos. Tengo la vida que siempre he querido, llena
de ideas y libros y arte y alumnos y amigos y la oportunidad de escribir en
Proceso y una profesión socialmente útil. Este país me la ha dado. (Denise
Dresser, Cuando éramos huérfanos).

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