Saturday, August 19, 2006

Mauricio Merino: a pesar de todo, hay que ponerse del lado de las soluciones

En el siguiente texto, Merino plantea -de nuevo- la cuestión desde el punto de vista de estar del lado del problema/estar del lado de las soluciones.

El comentario que se añade más adelante contunúa explorando en lado de las soluciones.

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Tiempos muy malos
Mauricio Merino
19 de agosto de 2006

A estas alturas del conflicto, resulta ya imposible imaginar un escenario en el que todos los actores políticos vuelvan sin más a la cordura y al respeto de las reglas democráticas. El daño ya está hecho: las instituciones políticas en las que se afincó el trayecto democrático de fin de siglo han sido rebasadas por la suma ominosa de poderes e intereses fácticos, errores humanos y cálculos entre estrategias enfrentadas. Lo mejor de la política que se hizo al final de los 90 se ha destruido durante los últimos dos años, de modo que seguir hablando en clave democrática en los días que corren resulta por lo menos una ingenuidad. No se necesita tener bolita mágica para advertir que se avecinan tiempos malos para la República.

Los territorios de las soluciones democráticas están minados: si el Tribunal Electoral no resuelve exactamente como lo ha dictado la coalición que encabeza Andrés Manuel López Obrador, el conflicto ya no tendrá ninguna solución plausible. Esa coalición ha llegado ya a sus propias conclusiones, y ninguna posibilidad distinta sería aceptable para retirar sus amenazas.

Por su parte, el PAN se ha pertrechado en los resultados que le favorecen hasta convertirlos en una verdad indiscutible, más allá de cualquier intento de revisión que lograra mitigar las dudas construidas en torno de las elecciones. El Tribunal está atrapado entre dos hechos consumados y contradictorios. Y mientras resuelve en definitiva, se van levantando barricadas políticas y físicas para enfrentar con éxito al enemigo inevitable. Hay algo idéntico entre las amistades de último minuto que se hicieron en Chiapas para evitar que el PRD gane las elecciones de mañana, y las Fuerzas Armadas que se han desplegado en San Lázaro para impedir que los rijosos puedan tomar el edificio: en ambos casos, se trata de un despliegue de poder ante la amenaza inminente de los desobedientes.

En ese entorno lamentable, el Presidente de la República tampoco puede ser parte de la solución, porque voluntariamente quiso ser parte del problema. El presidente Fox pensó en las elecciones pero nunca calculó con seriedad lo que podría ocurrir después de ellas. A pesar de su propia biografía política y de las advertencias de todo cuño que recibió para mantenerse al margen de la competencia, decidió participar activamente para lograr la continuidad de su partido en el gobierno. Y al hacerlo así, no sólo anuló toda posibilidad de interlocución y entendimiento con sus adversarios, sino que además privó al gobierno nacional de autoridad política y moral para favorecer un cambio de sexenio ceñido a las reglas democráticas establecidas. Sus decisiones estuvieron mucho más animadas por el juego del poder que por su compromiso con la consolidación del régimen que le permitió llegar al mando. Poco a poco, el presidente Fox abandonó el papel que le correspondía jugar como el jefe del Estado mexicano para intentar convertirse en el líder del partido que lo llevó a ese puesto.

Fue una decisión tomada a contrapelo de todas las voces que le pidieron guardar la compostura, incluyendo a las que se escucharon al interior de su propia bandería política. Pero el Presidente optó por lo contrario y hoy, cuando más se necesitaría de un jefe del Estado capaz de armonizar a los contrarios, la capacidad de acción de Vicente Fox es ya prácticamente nula. Nunca fue más evidente que los verdaderos estadistas piensan en las próximas generaciones y no en las siguientes elecciones. El presidente Fox, en efecto, nunca pudo atisbar más allá del 2 de julio.

Por su parte, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha preferido deslindarse de antemano para mantenerse al margen. La única puerta de entrada que eventualmente podría haber utilizado como recurso extremo se cerró de plano con las declaraciones de su presidente, Mariano Azuela, para quien el artículo 97 de la Constitución es completamente inútil y además "está redactado con los pies". Cuesta trabajo digerir una declaración así de quien representa al más alto tribunal de México y de quien, se supone, está a cargo de la defensa de la letra y el espíritu de la carta que protege todos los derechos de los mexicanos.

Pero esa actitud coincide con el ánimo que recorre el país: nadie quiere hacerse cargo de las soluciones, porque todos tienen intereses inmediatos que cuidar. De modo que aun a sabiendas de que las decisiones que habrá de tomar el Tribunal Electoral están amenazadas, el presidente de la Corte ha preferido levantar una muralla para impedir que el conflicto llegue hasta sus oficinas. ¿Y yo por qué?

Hay quienes sostienen que en esta lista de instituciones rebasadas no debería añadirse al Congreso. Se dice que a partir del 1 de septiembre, cuando los legisladores emanados de las mismas elecciones cuya legitimidad se ha puesto en duda se reúnan, la política mexicana volverá a sus cauces habituales. Se sostiene que las movilizaciones dirigidas por López Obrador se irán agotando paulatinamente, en la misma medida en que las negociaciones entre los partidos enfrentados se irán desenvolviendo paso a paso en los pasillos del Congreso. Y se afirma también que, en todo caso, será en esa misma instancia donde puedan celebrarse acuerdos nuevos para dotar al presidente entrante de la fuerza indispensable para gobernar sin restricciones. Ese cálculo concluye que, al final del día, la segunda fuerza política de México tendrá que optar entre la exclusión y los acuerdos; entre el conflicto y el pacto negociado. No descarto esa posibilidad, pues nuestra clase política ha dado muchas muestras de un pragmatismo capaz de renunciar a cualquier causa. Pero entre esos cálculos pragmáticos hay que añadir el costo de la ruta que eventualmente llevaría a la reconstrucción del diálogo, y el precio de los intercambios. Y nada de eso tiene que ver con los valores propios de la democracia. En todo caso, ese lenguaje está mucho más cerca de las mafias que, después de un periodo de violencia, se disponen a pactar treguas convenientes.

Vienen muy malos tiempos para la República. Se incubaron obsesivamente durante el periodo de campañas y, la verdad, es que hoy nadie acierta a predecir el desenlace. Pero todos sabemos bien que cuando las reglas democráticas no se respetan, lo que sigue es la lucha por el poder a secas. Que cada quien lo justifique como pueda.

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De la simulación a las netas: estar de lado de la solución
Comentario

Discutiré dos puntos. Primero, si en realidad Fox ya no es parte de la solución. Segundo, en dónde está el lado de la solución.

Parece haber un gran acuerdo en torno a la intromisión descarada, burda, ilegal, manifiesta e incluso cínica de Fox a favor de Calderón y sobre todo en contra de Andrés Manuel. Y ese acuerdo alcanza un punto adicional: que Fox se equivocó, que fue vencido por un error de cálculo, error producido por su pasión política.

Considero susceptible de examen estas verdades públicas. Resulta prácticamente imposible que Fox ignorara que su actuación era ilegal. Pongamos que el individuo Vicente Fox tal vez lo ignorara, pero no así el equipo que lo rodea. No es posible que pueda haber tanta ignorancia en un gobierno. Sé que, en tono de broma, se me dirá que cómo espero yo que alguien que habla de José Luis Borgues o que recibe comentarios de quien asume la existencia de una tal Rabina Gran Tagore sepa lo que es o no legal en México, en materia electoral. Y respondo: Fox lo sabe, lo sabía y es perfectamente pensable que forme parte de su cálculo. Asumamos que ahí, en Los Pinos, hay alguna forma de vida inteligente. Es el supuesto que -asumo- debe adoptarse para emprender el análisis de alguna lógica estratégica.

Si lo sabía, se me dirá, entonces ¿por qué lo hizo? Y la respuesta es clara: para posibilitar el escenario en el que tuviese que optar por sacrificar a Calderón. Gracias a ello, el sacrificio de Calderón es políticamente posible, aunque no es necesario que ocurra. Es, se dice, contingente.

¿Por qué hemos de asumir el supuesto evidentemente inconsistente de que Fox calculaba en los meses de campaña que Calderón podía ganar la elección "por las buenas" o "por las malas"? Si Fox hubiese creído que Calderón podía ganar por las buenas, no tendría que apoyar su campaña: bastaría con que Calderón desplegara su estrategia. Por otro lado, si Fox hubiese creído que una operación de defraudación masiva del voto de los mexicanos aseguraría el triunfo de su sucesor, tampoco habría intervenido en la campaña, puesto que el plan de defraudación tendría que haber sido trazado con gran maestría.

Se me dirá: si a pesar de lo anterior de todas maneras Fox se metió a la campaña a sabiendas de que era ilegal, entonces sólo restaría entender su comportamiento como el producto de un arrebato, una quemante pasión patrótica transmitida partidistamente. Es la idea del Fox irracional. No descarto esta posibilidad, pero el problema que enfrenta esa línea explicativa es que no estamos hablando del individuo Vicente Fox y que hemos asumido el supuesto -quizá heroico- de que en Los Pinos hay alguna forma de vida inteligente.

Hay una explicación más. Fox se metió -diría esta hipótesis- para endeudar a Calderón con su triunfo: Calderón pagaría asegurando la impunidad de la tristemente célebre "pareja presidencial". Creyendo que su activismo proselitista haría la diferencia y que así sería entendido por Calderon, Fox arriesgó su imagen de demócrata con tal de salvar el pellejo, particularmente de los hijos de su esposa. La debilidad de esta hipótesis radica en que imputa una lógica estratégica a Fox sumamente elemental: lo conduce irremediablemente a la imposición de Calderón por medio de su propio activismo y le impide una salida que no sea la represión. No dudo, repito, que el individuo Vicente Fox sea tan elemental como lo que se plantea implícitamente en esta línea explicativa. Pero sí dudo que en el equipo de Fox todos sean tan elementales.

Si Fox optó por desplegar su activismo, eso lo convirtió en parte del problema actual, pero al mismo tiempo esa misma estrategia le abre la salida por si el triunfo de Calderón resulta severamente cuestionado. Con su influencia -así tendría que seguir esta hipótesis- podría presionar al Tribunal para que o bien consume la imposición, o bien no declare la validez de la elección y envíe al país al nublado escenario de un presidente interino.

En esta hipótesis, que implica que Fox debe ocultar su estrategia, la demanda de que se cuente voto por voto y casilla por casilla es la opción digna de un líder derribado por el abuso de poder. La lección que debe obtenerse es que el régimen mexicano no está preparado para proveerse de un cratos generado por el demos: la democracia es una simulación, como el resto del país. Es una versión oficial proveniente del poder que elabora el mito, la narrativa de un país que se levanta de los escombros autoritarios. Eso nunca ha ocurrido: y la oligarquía ha derribado la opción de los electores y mostrado sus límites. Simular es sobrevivir.

Desmontar la simulación es la tarea que se abre, si la república ha de restaurarse hoy. La simulación es un auténtico régimen de verdad, que elabora las normas con que ha de admitirse una tesis como verdadera en la vida pública y los castigos para quien se atreva a ponerla en cuestión: ser un peligro para México. La transición política requiere una revolución epistémica que diluya o triture el obstáculo epistemológico afincado en las instituciones. Sin ello, mantendremos la institucionalidad simulada, los mecanismos que construyen como objeto de la reflexión pública relatos falsos que conducen a situaciones inexistentes. La transición a la democracia.

Aquí está el lado de la solución. Porque el problema no es sólo la imposición de Calderón, sino que la lógica de expulsar de los jardines de la democracia a la izquierda terminará significando el desenmascaramiento del régimen de verdad construido en estos años. En este punto lleva razón Woldenberg, a propósito de lo grave que es la situación actual. Si se consuma la imposición, quedará completamente claro que los procesos políticos en México se expresarán directamente y sin salida electoral, pues la máscara habrá sido retirada. Será un motor sin aceite, una operación sin anestesia. La legitimación también se procesa continuamente de manera sistémica y una máquina a punto de desbielarse no puede producir legitimidad. Si se consuma la imposición todo se habrá perdido y nos habremos de tragar los años venideros sin calmantes y a lo pelón. Esto nunca debió suceder.

Mauricio Sáez de Nanclares

1 Comments:

At 8:32 PM, Blogger Eratóstenes Horamarcada said...

También recuerdo el nombre de Mauricio Sáez de Nanclares en El Catoblepas.

 

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