Friday, August 04, 2006

Los Auténticos: A propósito de la carta "Alto al encono"

Vivir en el pecado

Amigos, les mando este escrito encontrado en una botella transparente que no parece ser de este mundo.

Los Auténticos

–Con relación a un despliegue político lleno de cinismo, torpeza, ingenuidad, descaro, mala fe, amnesia y abuso de poder, disfrazado de pluralidad, diversidad, tolerancia y productividad, intitulado: “Alto al encono”, novela autobiográfica de autoría varia.

“Después de un sucinto recuento de los daños resultantes de una lucha mítica dada en un país remoto, tan lejano que no lo registra la historia, nos cuentan que en ese hermoso país vivían unos seres desprovistos de todo apetito, de todo deseo, de toda maldad. Eran tan perfectos que tenían instituciones manejadas por sí solas. Cuando elegían a sus gobernantes lo hacían con los ojos vendados pues estaban seguros que nada cambiaría su mandato. Vendarse era el ritual que usaban para dar fe de su certeza; el rito, llamado también fiesta de la democracia, terminaba cuando todos, al unísono, exclamaban: auténtica. Todos, sin ver, elegían lo mismo. Eran sabios.
“Pero hete aquí que unos otros, salidos de las entrañas de ese mundo fiel o quién sabe de dónde, guiados por un Mesías tropical –no sabemos qué significa eso- no tenían vendas para participar del rito y querían hacerlo sin ellas. Para los buenos y pacíficos habitantes y poseedores de la verdad eso era inaceptable, vamos, más que inaceptable, era una ignominia, una infamia. Fueron condenados y sentenciados. La pena impuesta fue implacable: perderán los ojos – y los demás sentidos-; perderán la razón, la memoria; perderán el presente y el futuro, pero además, perderán la posibilidad de recuperarlos por siempre jamás.

Entonces, renegados al fin, como deben ser si nos atenemos a su impertinencia, estas huestes indómitas, bárbaras e insensatas resistieron. Resistieron de una manera que a estos sabios imperturbables, aunque un tanto histriónicos, encontró en falta: se sentaron a esperaren la plaza mayor.

Ante ello, no hallaron argumentos, no supieron responder a la altura de las circunstancias; no encontraron en sus almanaques polvorientos ningún registro de tal manera de resistir y por lo tanto recurrieron a lo que mejor sabían hacer: sofismas. No sin antes, claro, habilitar la diatriba, la amenaza, el chantaje, la falacia, la intimidación…-en este punto hay un salto y no sabemos qué sigue en el relato, pero sí que algo de eso continuó.

Después de mucho meditar, los grandes sabios, los más sabios y eruditos de todos, convocados por sí mismos, llegaron a la conclusión de que debían proteger el dogma y dijeron: la elección, que obra por sí misma, es auténtica sólo si es velada. El objeto ritual es parte esencial de la fe.
Con ese estandarte se ordenó el sacerdocio y comenzó la santa guerra contra los fanáticos...”
Hasta aquí el hallazgo. No sabemos lo que pasó después, pero sí sabemos que ese mundo maravilloso estaba soportado por un enorme aparato, que no actuaba por sí solo, operado por una plutocracia exquisita que alimentaba el dictum esencial y su correspondiente brazo ejecutor. Lo interesante del texto es que se parece a la situación que vivimos en México hoy.
¿Por qué? Porque hoy, jueves 3 de agosto, aparece un desplegado en la prensa, intitulado “Alto al encono”, firmado por un grupo de intelectuales, o sea que viven del intelecto en el mundo de las ideas, como dijera en otro sitio una de ellos.

Este documento público afirma, sobre la base indiscutible de la calidad y el prestigio intelectual que arropa a sus autores, que el proceso electoral fue limpio y que la elección es auténtica. Con esta premisa dictan su postura. Hacen uso de su sagrado derecho a confirmar su fe, a manifestar su devoción y, con ella, a sentenciar a quienes dudan de su dogma. La pena aplicable: llevar a cuestas sobre sus conciencias –y, en su caso, a saldar cuentas con la ley- la culpa de destruir –lesionar, dicen- a la purísima institución electoral. Y sentencian: eso no se debe permitir.
¿Por qué hablo de dogma, fe, devoción? En primer lugar porque nuestros insignes ilustrados hacen una aséptica relación de los hechos, a la manera del noticiero televisivo con ese nombre. Se acepta el recordatorio, ya que se entiende la necesidad de ser sucinto en un desplegado periodístico, en donde es necesario y más importante, dar lugar a los grandes nombres abajofirmantes.

En seguida, afirman que “fueron elecciones auténticas”. Esta palabra es el meollo de su disquisición. El adjetivo auténtico tiene varias acepciones. Por ejemplo: “que obra por sí mismo; que es cierto y positivo; que hace fe.” Es decir, se trata de algo que por sí mismo es evidente, objetivo, claro, contundente; que no necesita de demostración porque es su propia demostración, tal y como se nos presenta el milagro. Es de la índole de la Revelación, de la iluminación; es sagrado y es inapelable. Y como no puede ser algo supuesto o ficticio; es materia de fe pública. Está autorizado y legalizado por quien dicta la autenticidad, ya que lo hace desde la plena conciencia de la infalibilidad de su autoridad, de la eminencia de su saber, del poder absoluto de su fe, aquella que mueve montañas y aplasta multitudes.

Todo esto se confirma al avanzar en la lectura. Establecen una premisa fundamental: el principio y el fin de la democracia. Probablemente se refieren a la famosa democracia sin adjetivos que ha fundado toda una corriente de análisis politológico que se sustenta en no tener sustento en la realidad. Tan pura y cristalina herramienta para la cual la ciencia es innecesaria, lo cual la inviste de un aura sagrado y muy rentable.

Acto seguido nos reconocen legitimidad. Gracias.

Y reiteran su credo desadjetivado –aunque no tanto-: las elecciones son el único…

Nos conceden que hubo descalificaciones en las campañas. Gracias.

Pero no sé por qué esta concesión me recuerda a la postura del Vaticano ante el pederasta Maciel y, sobre todo, a la de los propios cómplices y encubridores que lo acompañan en su dolor por no poder seguir encaminando almas de chiquillos y,-cual debe, de chiquillas- por el sendero del señor.

Y pontifican, claro, con imparcialidad, objetividad, legalidad y certeza, como el IFE: Jornada ejemplar.

Y siguen con su prístino y pulcro recuento, aunque los millones de ciudadanos ejemplares, ordenados y participativos que nos han estado contando –de cuento, no de cuenta- se redujeron a 500 mil. -Caray, ¿tan mal está este mítico país en cuestión de sumas? Ninguna cuadra: ni dineros, ni boletas, ni electores, ni ciudadanos, ni funcionarios de casilla, ni marchistas, ni renegados? Tal vez no importe, aunque si siguen así, ni el número de consejeros electorales federales –escríbase con mayúscula, por favor, dado que son, como veremos a continuación, la encarnación viva del santo grial: la Institución- va a ser el que suponíamos que era y entonces en realidad estemos hablando de algo así como la santísima trinidad pero por triplicado.
Y como queda demostrado, por sí misma, por la fuerza de su sola existencia, la institución es digna de absoluta y ciega confianza. Su imparcialidad es evidente como la luz. Su independencia –de la realidad, por supuesto- es incuestionable: no hubo fraude.

Y refrendan su confianza en el Tribunal, no sin advertirle, claro, que nadie debe lesionar el gran dogma: el IFE. Es decir, el Tribunal debe hacer como ellos, que son la voz, la palabra, el verbo encarnado. Por cierto, ¿qué es “seguir” las pruebas? Si se lo explican al Tribunal, tal vez le ahorren el trabajo, aunque cobren caro sus lecciones. La democracia sin adjetivos bien lo vale y los mexicanos les estaremos profundamente agradecidos.

Nadie debe, pontifican, lesionar lo que hemos conseguido en estos años: votar y ser votados sin que nadie manipule nuestro mandato. Es decir, nadie debe afirmar que en la elección hubo manipulación, ni mucho menos fraude, porque atenta contra una de las libertades fundamentales, que los mexicanos, con tanto esfuerzo, hemos conseguido. No sé por qué me suena a los anuncios del Consejo Coordinador Empresarial, Sabritas, Jumex y otras santidades.
Efectivamente quienes no compartimos sus certezas hemos pecado, pues dudar de una institución que encarna lo que por sí mismo es evidente e inobjetable nos hace vivir fuera del reino y nos quita el derecho a atisbar siquiera el maravilloso país del que tanto nos hablan, tan lejano que está, como dice un relato hallado en una botella que no parece de este mundo, fuera de la historia.

También, nos dicen, debemos conformarnos con lo que ganamos en los estados, en el Congreso. Que es mucho. Gracias por su generosidad.

Lo de “ayuntamientos habitados” es un pasaje oscuro. Con seguridad pertenece a la hermenéutica propia de esta comunidad de dogma, aunque hay quienes afirman que se trata de una licencia “poética”.

Por último: “auténtico” tiene, también, otro sentido como sustantivo: se refiere a los bienes o heredades sujetos a un gravamen. ¿Será este desplegado el gravamen que sus autores le imponen al heredero del bien electoral que defienden? Espero no tener que saberlo y seguir en el pecado. Amén.

Alberto Schneider

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