Friday, August 11, 2006

La literatura como historia

El siguiente texto se refiere al artículo "Tontos útiles" de Jorge G. Castañeda, reproducido abajo


La literatura es la historia de nuestro tiempo

En el texto de referencia, dice Castañeda:

1. “La izquierda mexicana, representada principal más no sólo por el PRD y LO, sigue presa de la vieja división entre reformistas y revolucionarios: reforma o revolución.
2. “En otros países, desde Europa hasta Chile, desde la India hasta El Salvador, la izquierda parece haber superado las divergencias y cicatrizado las heridas […]
3. “…la izquierda en el mundo ha ido abandonando la idea de revolución, por muchas razones, pero sobre todo por una: han fracasado y así no se ganan elecciones.
4. “Es cierto que en algunos países subsisten resabios del pasado…[…]
5. “Sólo que en México, una corriente del PRD no ha podido enterrar para siempre su nostalgia revolucionaria […]

Aceptando, que (1) sea correcto, lo que afirma es que la parte (5) es lo mismo que el todo: una corriente, menor según su descripción, resulta ser “la izquierda mexicana” (1). Es decir, establece una sinécdoque que pretende pasar por afirmación lógica y sobre ella construye sus “argumentos”. Sobre una afirmación metonímica desarrolla un discurso que se hace pasar por conceptualización teórica y que pretende desentrañar las claves del desarrollo político de un grupo particular, “anclado en el pasado”, que ha logrado controlar y conducir a toda la izquierda.

Para sostener su afirmación recurre a la comparación (2, 3, 4 y 5). De nuevo, recurre a la sinécqdoque, pero a la inversa e implícita: “otros países” se convierte en el mundo entero –desde-hasta, circunloquio o “barrido” que abarca, prácticamente el planeta completo. Y sobre esa base establece la situación de México, sin dejar de mencionar, como acotación, que hay “resabios” en otros lugares previsibles: Venezuela, Brasil.

Lo hace sin ningún tipo de prueba o argumento, pues sabe que no los necesita. La figura retórica, como tal, no requiere demostración pues se funda no en el campo de la lógica ni en el de la ciencia, sino en el de la literatura; se acepta o se rechaza, es afortunada o vacua por su efectividad discursiva, por el efecto semántico –o incluso, sólo enunciativo (rítmico, fónico, etc.)– que añade a una sentencia; por su concatenación en el hilo discursivo en el que está inserta o por su eficacia comunicativa; en fin, por razones que no operan en el análisis político.

Sobre esta falsa “tesis”, continúa haciendo literatura:

6. “A ellos se suma ahora uno que otro intelectual trasnochado y ex priistas desbrujulados… y a su cabeza se ha colocado LO.
7. “Y tiene chantajeado al sector reformista del PRD, que también existe, pero que no se atreve a dar la cara porque será tildado inmediatamente de traidor, cobarde, vendido, social-demócrata y reformista…
8. “Él (LO) obviamente no cree en la revolución –sólo cree en sí mismo– pero usa a los tontos útiles que sí creen”.

Aquí, explica la sinécdoque inicial: la parte se convierte en el todo debido a que se le “suman” intelectuales y expriistas (6).

Como parte de un tropo de pensamiento, tampoco le resulta necesario argumentar cómo una minoría a la que se le suma otra minoría –todavía más reducida y cualitativamente insignificante: trasnochada y desbrujulada–, se convierte en mayoría absoluta. La exageración, o digamos, para quedarnos en las figuras literarias, la hipérbole, no necesita confirmación, ni demostración: LO vence a todos y se convierte en la cabeza de la izquierda.

Ya que estamos en el campo de la literatura, es obvio que no podemos pedirle a Castañeda explicitar, cuando menos, el desarrollo analítico que le permitió discernir y desmontar el proceso político que condujo a una corriente minoritaria a situarse a la vanguardia de la izquierda mayoritaria –ateniéndonos a la acotación “principal, más no sólo” (1).

Más interesante resultaría conocer el proceso mediante el cuál un individuo solo, que “sólo cree en sí mismo” y por tanto no en la revolución, se haya situado a sí mismo a la cabeza de la izquierda mexicana y la empuje hacia una revolución que, como está demostrado según Castañeda, sólo puede ir al fracaso.

Semejante hazaña política parece no tener referente en la historia y la hipotética investigación de Jorge Castañeda, que habría de ser sustanciosa, sería catalogable como extraordinaria en los anales de la ciencia política y la historia, cuando menos, para no hablar de otros saberes como la sicología o la siquiatría, particularmente en lo relativo a las patologías, individuales y colectivas, que se expresan políticamente.

¿Cuál es el tránsito de este ejemplar trayecto de ascensión política de un pequeño grupo, por cuya descripción no parecieran tener una gran capacidad de aglutinar a nadie en su derredor, pero que fueron capaces de hacerse de la dirección política de un partido que tiene presencia militante en prácticamente todo el país; de encarrilar en su movimiento a otros dos partidos, que si bien tienen influencia territorial dispersa y localizada, han ganado espacios de poder público, además de una gran cantidad de organizaciones políticas de toda índole, que operan en todo el país.

Como es mucho pedirle, habremos de contentarnos con otra hipérbole: la clave, nos dice Castañeda, es el chantaje. Lo más sorprendente es que la amenaza que pende sobre todas esa fuerzas políticas es la de ser “tildadas” de diversa manera. En la historia no ha de haber caso igual en el que una amenaza de esta naturaleza, llevar a cuestas un epíteto que a lo más puede ser infamante, sea la causa profunda, la razón sustantiva para que esas fuerzas políticas se hayan dejado avasallar. El entendimiento se nubla por momentos ante semejante descubrimiento. Jorge Castañeda demuestra así el motor objetivo de la historia reciente de México: el chantaje del epíteto.

La contribución literaria de nuestro autor hace surgir otra pregunta: ¿Cómo fue posible que después o al mismo tiempo que esto sucedía, este sector triunfante cediera el mando a alguien que sólo los utiliza para cumplir un fin en el cual él mismo no cree, pero que al final es aquello que este sector, engañado con la verdad, ha esperado por tanto tiempo: la revolución?

El otro motor de la historia es el entusiasmo. Un entusiasmo surgido del levantamiento zapatista. Esta vertiginosa carrera por el control político de la izquierda tiene un punto de inflexión en 1994 gracias al movimiento zapatista, cuando la izquierda revolucionaria “asomó su cabeza”. Con ello, se encauzan en una misma línea revolucionaria, que le gana terreno al reformismo. Pero indefectiblemente le apuestan al fracaso. Lo curioso es que lo hacen por una vía insospechada, que es el corolario del fracaso revolucionario: ganando elecciones. A partir de 1988 y sobre todo de 1997, después de esta alianza no sólo inconfesada sino negada cuando menos por el vocero del zapatismo –han sido públicas sus descalificaciones a LO–, la izquierda ha ido ganando elecciones al grado que hoy disputa la elección presidencial en una contienda cerrada, dato que parece crucial, pero es sólo literatura…

La construcción literaria se mantiene pero esta vez por medio de una paradoja: con triunfos electorales sostenidos y crecientes –gobierno del DF, estados, ayuntamientos, Congreso– se construye la vía que apuesta a perder elecciones. Nuestro literato sostiene su paradoja con dos pruebas irrefutables:

9. “Una consigna y dos proclamas ejemplifican de maravilla la vigencia de la revolución: "si no hay solución habrá revolución"; "la democracia es una vía, la más importante para hacer realidad la justicia social"; "ya no sólo va a ser el reclamo por el recuento de los votos, vamos a iniciar el movimiento para transformar a las instituciones de nuestro país".

Como vimos, el estilo literario de Castañeda se apoya sobre todo en la sinécdoque, que en este punto vuelve por sus fueros. Una consigna menor, aislada, reducida y con frecuencia acallada entre el conjunto de consignas que se expresan en las asambleas y en el plantón, resulta en La Consigna; se convierte en el hilo conductor de todo el movimiento y en su objetivo final. Una frase que nunca ha mencionado, cuando menos no en sus alocuciones públicas, es la prueba fehaciente de que López Obrador conduce a todos al fracaso histórico.

Las proclamas citadas demuestran, asimismo, en el mundo literario de nuestro autor, que la democracia es sólo una máscara que oculta la verdadera intención autoinmoladora de LO y de sus seguidores. La justicia social y la transformación de instituciones por la vía democrática demuestran el talante revolucionario de AMLO y su pretensión de acabar con el reformismo, que también se funda en la democracia.

Es decir, para la izquierda la vía democrática es el camino a la revolución por una suerte de impostura, de transposición ideológica y de engaño masivo que nos ha convertido, no sólo a sus seguidores, que ya sabemos son trasnochados y desbrujulados, sino a quienes como ciudadanos votamos por él sin saber que lo hacíamos por aquello que nos va a llevar al despeñadero de la historia.

Para confirmar sus asertos cuasi líricos, nos dice que ello es indubitable en función de que existe una entidad suprema que impulsa y sostiene todo este andamiaje: Castro. He aquí el meollo de toda la construcción literaria: Cuba está detrás de este maquiavélico proceso.

Pero no todo está perdido: contamos con un personaje que ha podido desentrañar la impostura, probablemente porque ha tenido el privilegio de departir literariamente con las fuerzas democráticas cubanas del exilio: Jorge Castañeda, quien no conforme con desentrañar el compló, nos alerta del despropósito histórico de la justicia social, y de la mitología intrínseca de conceptos como soberanía, educación y salud, que no son principios fundantes del Estado moderno como podríamos suponer, sino son en realidad el sustento del fracaso histórico comprobado; a ellos se debe que la izquierda esté condenada a la derrota y al despeñadero de la historia.

10. “La interminable ira de La Habana y la ultra contra el que escribe proviene de una frase clave pronunciada como secretario de Relaciones Exteriores en febrero de 2002: "ha terminado la era de las relaciones entre el gobierno de México y la Revolución Cubana; empieza la era de las relaciones entre el gobierno de México y el gobierno de Cuba".

Por último, Castañeda refrenda, con la afirmación anterior, que la política de un país –que debe desprenderse de mitos como justicia social, educación, salud y soberanía, ya que son contenidos que conducen sólo al fracaso–; debe estar fundada en las consideraciones literarias del Canciller en turno. Todo país, para ser exitoso, requiere contar con un ministro de Relaciones Exteriores versado en figuras retóricas, con convicciones fundadas en la ficción, fuente de toda democracia verdadera. Pero además, el resto del mundo debe situarse bajo el manto claridoso de sus determinaciones y aceptarlas sin chistar: Cuba es lo que yo, como Canciller, digo que es. Las relaciones internacionales no son relaciones entre naciones sino entre cancilleres literatos. Ellos personifican a sus respectivos países y sobre esta personificación se debe operar el intercambio y las relaciones político-económicas entre ellos. La verdadera política de nuestro tiempo, en el mundo, debe fundarse, de acuerdo con esta lección, en la opinión literaria de Jorge Castañeda.

Por supuesto, la frase citada (10) demuestra que la palabra –no las acciones– es la fuerza que dicta el talante de una relación entre dos naciones. La prosopopeya, que también es una metonimia –“la ira de La Habana”–, la hiperérbole –“La gran hazaña de Fidel […] fue haber inventado la revolución…”–, la perífrasis –“Su paso a la historia…”, en vez de “su muerte”– son los verdaderos recursos que nos ofrece la inteligencia para descubrir los resortes ocultos de la historia y de la política. ¿La ciencia para qué?

Pero no conforme, nos tranquiliza: muerto el perro se acabó la rabia. La verdadera solución al conflicto electoral de nuestro país radica en la muerte de Castro.

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