Sunday, August 13, 2006

Francisco Valdés. Lecciones liberales: el más duro golpe

Convirtamos en costumbre invitar los domingos al profesor Francisco Valdés para que se expongan aquí sus ideas, en espera de que alguno de los miembros de este blog se anime a desplegar una reflexión, por modesta que sea.

La principal razón de que se lo invite radica en el valor de sus planteamientos, en particular cuando vienen, como en el presente caso, enriquecidos por consideraciones conceptuales que no resulta sensato soslayar, independientemente de que, allá fuera, estén cada vez más duros los ánimos y más inciertas las salidas. O tal vez por eso valga la pena tenerlo como invitado.


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El problema liberal
Francisco Valdés Ugalde
13 de agosto de 2006

En nuestro país ha prevalecido una concepción de la democracia que algunos han llamado "minimalista", lo que quiere decir una visión de la democracia consistente de los mínimos elementos necesarios para tener electores, sufragio efectivo, competencia entre partidos, equidad electoral y un poquito de rendición de cuentas.

En mi opinión, estas condiciones se han conseguido. Me atrevo a señalar esto a pesar de que en el acalorado debate postelectoral de nuestros días hay muchos que lo ponen en duda, pero presumo, con base en los antecedentes de la última década, que al final de cuentas se confirmará que el sistema electoral funciona adecuadamente en sus estándares mínimos; que el sesgo de parcialidad que puede tener representa una probabilidad muy pequeña como para dar lugar a una descalificación generalizada, y que sus defectos residen en la parálisis de su evolución para responder a condiciones nuevas.

El apego excesivo a esa visión minimalista de la democracia es quizá la que nos ha llevado a la prolongación innecesaria de conflictos que incrementan los costos del sistema político y arriesgan la viabilidad del desarrollo del país. En las condiciones actuales, no es factible continuar por la vía elegida si no se amplía el concepto de democracia y se satisfacen aspiraciones sin las cuales las ventajas de la democracia no apoyan el desarrollo nacional. La democracia es un método para que los ciudadanos decidan la orientación política de su estado y una forma de control de los gobernantes o "clase política", según se ha antojado a nuestra jerga pública. Pero conseguir estas dos funciones fundamentales de un sistema democrático con efectividad y estabilidad requiere satisfacer condiciones previas y simultáneas al proceso de su construcción. Algunas de ellas son internas y otras externas al sistema político propiamente dicho.

Para dirigirnos hacia delante, incluso, para salir del bache, hay que reparar en las enseñanzas de la historia del liberalismo, inseparable de la historia de la democracia. Los clásicos del pensamiento político nos han mostrado algunos de estos requisitos para conseguir un sistema democrático en serio, y las ciencias sociales de hoy ofrecen elementos para entender que no basta la presencia de un "sistema" democrático, sino también de una sociedad incluyente.

John Locke y Thomas Hobbes mostraron, por caminos distintos, la necesidad del buen gobierno que resista la intolerancia del poder absoluto. El primero de ellos concluyó que no hay motivos para la rebelión si los gobernantes son impedidos para ejercer el poder en contra de la libertad. El segundo descubrió que la sociedad de los individuos es la "guerra de todos contra todos" porque, citando a Plauto, "el hombre es el lobo del hombre"; por consiguiente, es indispensable la cesión del poder de cada uno para fundar el Estado como autoridad superior a cada uno.

Pero el sentido de la frase de Plauto, que ha recorrido 22 siglos, es más hondo: el hombre es su propio lobo cuando desconoce a los demás, cuando su pasión por el poder le hace ceder a la intolerancia y aplastar al prójimo. De ahí que Kant, quizá el filósofo moderno más importante de la democracia, sostenía que la esencia del Estado moderno reside en la autonomía del Derecho, esto es, en el reconocimiento de cada quien al derecho propio y ajeno hechos ley, y en la garantía de una fuerza mutuamente construida y admitida que lo haga respetar.

Otras contribuciones de la ciencia al entendimiento de la democracia en el mundo actual son de particular relevancia. Entre ellas sobresale la que sostiene que las sociedades democráticas han debido superar diversas etapas para alcanzar la igualdad. Primero la igualdad jurídica de todos los individuos y el refuerzo efectivo de sus derechos a través de los dispositivos legales.

En segundo término (aunque no menos importante), la igualdad de acceso a los bienes públicos: los servicios fundamentales que ofrece el Estado y que dotan a los individuos de capacidades esenciales para la sobrevivencia y, aún más, para alcanzar el bienestar. Y en tercer término, el alcance de grados satisfactorios de bienestar social resultantes de las condiciones de trabajo, del ingreso y del acceso a la formación de capacidades para mejorar la situación propia.

No se crea que estas condiciones se consiguieron fácilmente. La crueldad inaudita del siglo XX será siempre evidencia de esta historia: revoluciones, guerras civiles y mundiales, totalitarismos y holocaustos mediaron para aprender la lección.

Y aún no es una certeza que hayamos aprendido. La combinación entre estas condiciones internas y externas al sistema político apunta a varias reflexiones. Una es que la democracia, como resultado de la evolución del liberalismo político, implica la erradicación de la intolerancia política.

La otra es que no hay democracia sostenible sin "conquistas" sociales y económicas que satisfagan necesidades fundamentales y proporcionen horizontes de bienestar. Sin tener estas metas como propósitos claros de la voluntad no disminuyen los costos de la convivencia política, pues se acumula la presión por abrirles paso y la tentación de imponer unilateralmente el concepto de lo que es justo o injusto, democrático y antidemocrático. Hasta la pugna por lo que es cierto o falso se vuelve la moneda corriente con la que se adquiere el boleto de regreso a la intolerancia.

Estamos, sin duda, ante el momento de plantearnos una idea de democracia y de sociedad que vaya más allá del minimalismo y anime a derribar los obstáculos de intolerancia y opresión que al persistir ocluyen el compromiso de todos en pos de una idea compartida de la patria.

ugalde@servidor.unam.mx

Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
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El más duro golpe

En este artículo, el profesor Valdés propone un camino para darle solidez al régimen político mexicano, al que vacilo en llamar democrático, habida cuenta de su acusada forma plutocrática y su innegable sustento oligárquico. El camino planteado por el profesor Valdés proviene de una puesta al día de los clasicos del liberalismo y de lo que se ha aprendido en la tarea civilizatoria que caracteriza a nuestro mundo, al mundo moderno.


Una lección proviene del liberalismo y otra de la experiencia de los estados modernos, en particular de las democracias liberales. Locke, Hobbes y Kant representan las fuentes de las que, según el articulista, se tiene que abrevar para obtener una visión clara de los retos que se enfrentan. Los tres retos son los siguientes: cómo evitar la rebelíon contra los gobernantes; cómo y por qué constituir una autoridad superior a cada individuo (o grupo), y cómo asegurar estratégicamente la gobernabilidad mediante el estado de derecho (así puede interpretarse la referencia a Kant).

Las lecciones de las democracias empíricas apuntan con claridad a los modernos estados benefactores, que son a la vez estados, esto es, en el sentido moderno de la expresión, estructuras autorreguladas jurídicamente que aseguran la igualdad de derechos y su ejercicio, y benefactores, esto es, esquemas de operación que responden sistemáticamente al objetivo de asegurar bienestar de los ciudadanos. No queda claro qué tiene que ver esto último con el liberalismo, pero no es una cuestión que por el momento deba ocuparnos.

La reflexión desarrollada por el profesor Valdés apunta a los defensores del "minimalismo democrático", que ya está expuesto en su artículo. Asegurar la tolerancia es condición necesaria para que haya algo que defendiblemente pueda llamarse democracia en México. Para estos efectos, la idea de tolerancia debe expulsarse, creo, del ambiente semántico en que suele considerarse como un estado psíquico de cada individuo, y colocarse como una condición para la operación del estado mexicano.

En otras palabras: independientemente de cómo se encuentren los niveles de prozac en el individuo Fox, la tolerancia en ese punto consistiría en que el estado mexicano puede tolerar una mayoría favorable a un político "mesiánico", "violento" y, por supuesto, "peligroso": "no hay motivos para la rebelión si los gobernantes son impedidos para ejercer el poder en contra de la libertad", resume el profesor Valdés la idea de Locke. Lo contrario es que si el gobernante -con o sin prozac- ejerce el poder en contra de la libertad de los electores para elegir a su gobernante, entonces habrá motivos para rebelarse.

Lo más grave de todo es que la intolerancia -todo un agravio a la tradición liberal- puede ser el instrumento para plantearse esquemas que obstruyan el acrecentamiento de igualdad y bienestar. Y , a la inversa, la estructuración oligárquica y plutocrática del poder en México, en suma, la desigualdad, es el alimento para inclinar a los estados al comportamiento intolerante. Creo que, en buena medida, éste es el retrato de México, con los instrumentos traídos a este blog por el profesor Francisco Valdés.

La imposición en curso representa, pues, el más duro golpe que pudiese propinarse a la aspiración democrática. No sabemos cómo quedará el campo después de esto.

Mauricio Sáez de Nanclares

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