Thursday, August 03, 2006

Carta a Sara Sefchovich

Aquí está el ahora célebre planteamiento formulado como objeción a lo escrito por Sara Sefchovich a principios de agosto, a propósito de los actos de resistencia civil pacífica en las calles de la Ciudad de México.


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Sara Sefchovich
Presente.-
Le escribo respecto a su artículo de hoy “¿Cómo entender?”, publicado por El Universal y puedo decir, parafraseándola: lo leo y no lo creo. Sólo me voy a referir a su primer párrafo.

"Lo veo y no lo creo. Veo a 20 millones de ciudadanos atrapados, veo a mi ciudad tomada, con sus calles rotas a propósito, sus monumentos y edificios pintarrajeados, su economía lastimada, sus habitantes hostigados, todo por la acción de personas que abandonaron sus hogares y empleos (¿de qué viven?, ¿quién los mantiene?, ¿quién les paga sus carpas y alimentos y pancartas?) para venir a impedirnos que nosotros lleguemos a los nuestros."

La exageración no es análisis; la exageración no permite elaborar ideas plausibles sobre el grave asunto que nos ocupa, ni entender lo que está pasando y menos ofrecer opciones a una situación entrampada por una minucia. Frente a la magnitud del conflicto la salida es una minucia: voto por voto, casilla por casilla. Por supuesto, menos las mentiras y usted miente. Con mentiras no se puede entender algo. Es obvio que no ha se ha dado una vuelta por Reforma, Juárez, Madero y el Zócalo y por eso dice lo que dice. O si lo ha hecho, miente con descaro.

¿20 millones atrapados? ¿Limitar la circulación vehicular en Reforma es atrapar a ¡20 millones!? Vaya, ahora resulta que todos los habitantes del DF, más todos los de la zona metropolitana del Estado de México y algunos más de otros estados –necesarios para sumar 20 millones- ocupan cotidianamente Reforma o cruzan el Centro y están “atrapados”.

¿Limitar el tránsito por Reforma equivale a “tomar la ciudad”? Por favor, ¿en donde vive usted? Parece que no en México, pues la zona de plantones NO es la Ciudad, por más importante que sea Reforma. Por si no lo sabe la Cd de México tiene varios miles de hectáreas de superficie y no hay un cerco, ni mucho menos. Déle una revisada a la historia y lea algo de la toma de cualquier ciudad en guerra y verá lo que significa “tomar una ciudad”. Incluso en la zona “tomada” se puede circular y en partes, aún con automóvil. Si usted quiere, puede tomar su vehículo y dirigirse al Centro, entrar, por ejemplo, por 16 de septiembre, darle una vuelta al Zócalo, que NO está cerrado ni siquiera a la circulación de automóviles, y salir por 5 de mayo.

Usted supone que todos los que están plantados tienen hogar y trabajo. Mejor déle una revisada a las cifras de desempleo y precariedad de vivienda y verá que quien no tiene trabajo no teme perderlo, que quien tiene –si la tiene- una vivienda de lámina, cartón, sin servicios, tampoco le teme a vivir bajo un toldo. Otros, muchos, que sí tienen empleo y hogar, van y vienen, pernoctan, regresan a su casa y van a sus empleos.

Evidentemente no tiene la menor idea de lo que es solidaridad, excepto, me temo, que la entiende a la manera de Salinas. Somos miles y miles –no quiero decir millones para no situarme en su lógica de descalificación exagerada- que aportamos algo, unos más otros menos: comida, ropa, enseres, cobijas. También hay cientos de representantes populares –diputados, senadores, federales y locales- que aportan recursos de sus dietas para sufragar gastos; hay comerciantes que están dispuestos a regalar su mercancía, hay empresarios que hacen donativos ya sea en efectivo o en especie; hay cientos de organización que ponen sus recursos; hay tres partidos… Lo de calles rotas, tiene razón; se han dañado calles, lo cual no es bueno, pero frente a la dimensión del conflicto, ¿es razón para abandonar la resistencia? ¿Es tan importante la tersura de nuestras calles como para aceptar tranquilamente la imposición de Calderón? Lo que me llama la atención es que usted nunca –si me equivoco, retiro lo que voy a afirmar- ha condenado la práctica, cada vez más común en zonas residenciales, de cerrar calles arbitrariamente, impidiendo la circulación de quien no viva ahí. Usted seguramente lo ha visto pues abunda en la zona cercana a UNAM. Si no, dése una vuelta por San Ángel, Coyoacán, Las Águilas, donde, por cierto, ganó sin duda su candidato Calderón. En esos casos, sí se impide la libre circulación, se discrimina por razón de condición social, por apariencia, etc, etc. Y aunque se trata sólo de calles “menores”, representa una exclusión por razones de interés privado. Hoy se cierra Reforma no por una razón de índole privada, sino por un conflicto político que generaron aquellos a quienes usted defiende con mentiras.

Monumentos pintarrajeados ¿cuáles monumentos pintarrajeados? Mencione uno, siquiera. Yo no he visto ninguno. Edificios, alguno que otro. Es decir no hay una “pinta” generalizada, ni línea de AMLO para hacerlo. No dudo que haya quienes lo han hecho, pero no se puede generalizar como si parte de la estrategia.

Economía lastimada: es seguro que muchos comercios se han visto afectados, pero también, que muchos no sólo se han visto afectados. Si usted recorre Madero, por ejemplo, todos los comercios están abiertos, incluso los que venden oro y joyas y se puede apreciar mucho movimiento en ellos. ¿Se refiere a LA economía de Ciudad? Sería bueno que nos diera cifras, pues si acepta lo que dice el señor Gazal, líder de comerciantes “establecidos”, ha de saber que el señor disfruta de multitud de puestos ambulantes que comercializan, por fuera, sus propias mercancías, aunque no deje de quejarse, cuando está ante los medios, de los “perjudiciales ambulantes”. Así que el señor no es muy confiable que digamos. Si no me cree, como investigadora que es puede hacer una pequeña investigación el centro histórico entre comerciantes ambulantes.

Por último, el uso del nosotros: ¿a quién se refiere con “nosotros”, quienes están impedidos de llegar a sus “hogares y empleos”? Parece referirse a quienes deploran que haya un movimiento político que demanda algo elemental para constituir un gobierno: certeza, legalidad, transparencia. Un nosotros que usa recursos públicos para mentir, para engañar a la sociedad; o quienes no se han apropiado de una avenida, sino del producto del trabajo de millones y usan su riqueza para intimidar y amedrentar; o a quienes han hecho del gobierno su fuente de riqueza instantánea. O más bien se refiere a quienes hicieron del IFE un aparato de manipulación, engaño, negligencia e ineptitud? Si se refiere a ellos –Fox y famiglia, integrantes del Consejo Coordinador Empresarial, Ugalde, Calderón y El Yunque- es penoso que tenga usted que defenderlos y peor, hacerlo de la manera como lo hace. Porque si sólo se refiere a los ciudadanos digamos “de a pie” que están en contra de las acciones de resistencia, pero no se dan cuenta que apoyan a la misma camarilla responsable del despojo a la Nación que se perpetra continuadamente desde hace años, resulta que otra vez miente, pues a nadie se le impide llegar ni a su hogar ni a su empleo. Una cosa es que una persona –miles, si usted quiere, pues no se le puede conceder lo de los 20 millones- no pueda llegar como solía y que tenga que ocupar más tiempo y dar más vueltas y otra, totalmente diferente, que le sea imposible, como usted afirma.

¿Usted –ya que usa el “nosotros”- no ha podido llegar su empleo? Tengo entendido que trabaja en la UNAM y escribe para el Universal. Y hasta donde sé, la UNAM no está en Reforma, ni en Juárez, ni en Madero, ni en el Zócalo- hasta donde yo sé no trabaja usted en ninguna instalación de la UNAM en el Centro Histórico. Si me equivoco, le informo que desde hace casi 40 años existe el metro- y con el Universal es evidente que no tiene usted problema, ya sea para llegar o para enviar su artículo, que hoy aparece publicado.

Tiene usted todo el derecho de estar en contra de AMLO y de los otros “nosotros” quienes estamos con él y apoyamos la movilización y el plantón permanente. Pero no se rebaje al nivel de comentarista de chismes de farándula escribiendo mentiras.

Cuestione lo que quiera; ofrezca argumentos, pero no mienta. Y como diría nuestro insigne secretario de comunicaciones y transportes al gobernador de Tamaulipas al comentar la dimensión de la transa: estimada señora, usted se sobregiró.

Atentamente

Alberto Schneider

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Nuestros lectores encontrarán el texto de Sara Sechovich reproducido a continuación.


¿Cómo entender?
Sara Sefchovich
03 de agosto de 2006

Lo veo y no lo creo. Veo a 20 millones de ciudadanos atrapados, veo a mi ciudad tomada, con sus calles rotas a propósito, sus monumentos y edificios pintarrajeados, su economía lastimada, sus habitantes hostigados, todo por la acción de personas que abandonaron sus hogares y empleos (¿de qué viven?, ¿quién los mantiene?, ¿quién les paga sus carpas y alimentos y pancartas?) para venir a impedirnos que nosotros lleguemos a los nuestros.

Lo veo y no lo creo. Veo a dos gobiernos que no cumplen con su cometido de gobernar, el local porque acepta y toma partido y hasta participa, el federal porque prefiere no moverse, porque sabe que ha perdido toda capacidad de decisión, de negociación, de mando. Y veo a nuestros flamantes diputados, senadores, asambleístas, magistrados, permanecer ausentes y mudos.

Lo veo y lo estoy viviendo y no lo creo. A esto le llaman lucha por la democracia y resistencia civil pacífica. Y me pregunto, ¿desde cuándo la imposición de las ideas y las amenazas si las cosas no son como alguien quiere que sean, y las burlas, insultos y descalificaciones para quien no piensa como ellos, es el camino para la democracia? ¿Y desde cuándo, impedir que la vida siga su curso para la mayoría, es un acto pacífico? Cuesta trabajo entender la mentalidad de quien cree que provocar el enojo y la ira le servirá para conseguir lo que se propone.

Cuesta trabajo entender que alguien que ha elegido el camino de molestar, y a la mayoría, crea que puede así lograr sus objetivos, y que alguien que nos falta al respeto a tantos, podrá lograr que lo respetemos a él. Cuesta trabajo entender la lógica de alguien que quiere y necesita el apoyo de los ciudadanos, pero no le preocupa afectarlos.

Cuesta trabajo entender que alguien pueda castigar precisamente a quienes masivamente le mostraron su apoyo y solidaridad a él y al partido que es el suyo: los capitalinos.

Cuesta trabajo entender que teniendo a su alrededor a tanta gente lúcida, capaz y experimentada, la mejor de México sin duda, se estén cometiendo errores tan graves que apuntan a un suicidio político.

Cuesta trabajo entender que un líder de ese tamaño, con ese carisma, con ese arrastre, con ese historial, cumpla paso a paso con el guión que le elaboraron sus enemigos, ese mismo guión con el que se hizo la publicidad que resultó tan efectiva para asustar a millones de mexicanos.

Cuesta trabajo entender que esto esté sucediendo aun después de los errores cometidos durante la campaña, esos que lo llevaron a no obtener los 10 puntos de ventaja sobre sus contrincantes.

Cuesta trabajo entender que alguien que tenía en sus manos la confianza de millones de ciudadanos, que logró convencer a muchísimos de que había que dudar de los resultados electorales y exigir el recuento voto por voto, en aras de la legitimidad del próximo gobierno, eche por la borda ese capital político.

Cuesta trabajo entender cómo alguien que le está pidiendo a las instituciones que tomen decisiones sensatas, es quien más atenta contra ellas, descalificando a todo y a todos.

Cuesta trabajo darse cuenta de que ese líder al que admiramos y seguimos se niega a escucharnos, que se haya convertido en alguien que no oye razones ni atiende peticiones y así pretenda lograr que los otros lo oigan y atiendan a él.

Se lo ha pedido el periódico que día a día acepta todo lo que él hace y dice como si fuera la palabra revelada y la acción divina, se lo han pedido intelectuales destacadísimos que han estado a su lado en todo momento, se lo hemos pedido los ciudadanos, no sus enemigos sino aquellos que hemos creído en él y lo hemos apoyado, que no estamos contra su lucha sino contra un modo de llevarla a cabo que hace más daño que bien.

Daño a nosotros y también a él y también a la causa.

Pero él no ha tenido la grandeza de reconocer que se equivocó ni la grandeza de atreverse a reparar.

Y lo que más cuesta trabajo entender (y de sólo decirlo me estremezco) es que alguien esté tan desesperadamente buscando la represión.

Porque él sabe bien que los fantasmas rondan, que la historia no ha pasado en balde, y que allí están, calladitos y agazapados, esperando el momento, calculando las cosas, midiendo el terreno, quienes querrán ponerle fin a acciones que le hacen mal a sus negocios, a sus seguridades, a sus capitales, a sus ideas y cuentan con la fuerza para hacerlo.

Y entonces sí, el daño será para todos nosotros, para el país entero, para el presente y el futuro. Y de sólo pensarlo me estremezco.

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