Friday, August 25, 2006

Antígona a propósito de la legalidad y la legitimidad...

El autor de este texto propone, desde la tragedia clásica, la reflexión sobre nuestro momento actual. El dilema está planteado para todos...

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La tragedia Antígona de Sófocles se expone entre el cumplimiento de las leyes eternas inmutables decretadas por Zeus y las leyes humanas, o bien entre los deberes para con uno mismo y los deberes para con los demás. Más allá de la trama que arroja su lectura, debemos considerar que es el amor fraternal el que motiva a Antígona a darle los debidos honores al cadáver de su hermano, sobre cuya familia han caído enormes desgracias. Era práctica común griega dar culto a los muertos, aunque en este caso el rescate de un cadáver se vuelve fundamental para comprender la disputa de un cuerpo inerte. Antígona, al igual que Aquiles, el héroe homérico, comparte el vital interés y la voluntad de rescatar el cuerpo de su hermano y de su amigo, respectivamente. La determinación de la voluntad para dar honores a los muertos es una necesidad, una actitud esencial de los griegos, que no es posible evadir.

El relato clásico comienza cuando Creonte –el rey- se niega a otorgar honores de sepultura a Polinice, hermano de Antígona, aunque a Éteocles, el otro hermano, sí. La razón para negarle los honores al primero es que ha atentado contra las leyes de Tebas. Creonte hace pública la orden de no darle honores y dicta la sanción para quien intente violar el precepto.

En otro momento, cuando se muestra un conflicto de hermandad entre rescatar al cadáver o bien no cosechar problemas con el rey, Antígona dice a su hermana Ismena: «Pronto vas a tener que demostrar si has nacido de sangre generosa o si no eres más que una cobarde que desmientes la nobleza de tus padres». Antígona, decidida a llegar al final para realizar los honores a su hermano muerto menciona otra vez a Ismena: “Una cosa es cierta: es mi hermano y el tuyo, quiéraslo o no”, pues el impulso de las leyes eternas se basa precisamente en la ausencia de convención que caracterizaría a las leyes escritas en ese tiempo positivas. Agrega sobre Creonte que: “No tiene ningún derecho a privarme de los míos”. Ismena, por su parte, le pide a su hermana que piense en su padre, que pereció cargado del odio y el oprobio; le recomienda que ceda contra su voluntad a la violencia, que ella misma obedecerá a los que están en el poder, pues “querer emprender lo que sobrepasa nuestra fuerza no tiene ningún sentido”. Ismena no pretende despreciar la ley, tal como lo quiere Antígona, porque ella es consciente de su inferioridad ante Creonte.

A Antígona le importa saberse grata frente a quienes se debe agradar; lo demás, por serle lejano, no le interesa, por más que Ismena la tache de insensata y le muestre la imposibilidad que implica su faena, aunque reconoce que obra como verdadera amiga de los que le son queridos. Por el contrario, Creonte piensa que la patria es lo que más debe ser estimado, incluso aun frente a los amigos; importa más cuidar el respeto de las leyes y buscar la felicidad de la comunidad, frente a cualquier interés de carácter subjetivo. “La salvación de la patria es nuestra salvación”, dice.

Del contacto entre Antígona y Creonte que se da en la trama se pueden obtener importantes elementos para el análisis en términos de legalidad y legitimidad que desarrollamos.

Creonte pregunta a Antígona si conocía la regla que él había establecido y, ante la pregunta, Antígona responde que bien la conocía. Al primero le parece una irracionalidad que se le haya desobedecido y Antígona expone su idea de la separación de las leyes divinas y las leyes humanas o positivas; eternas unas y mutables las otras. Replica Antígona a Creonte que debería saber que es un loco quien la trata como loca, con lo cual aparece el problema del contextualismo de la objetividad, porque desde la perspectiva de uno hay irracionalidad en el otro, y viceversa, puesto que “No hay motivos para enrojecer por honrar a los que salieron del mismo seno”.

Una vez que las hermanas se encuentran ante un riesgo inminente de muerte, Ismena pregunta a Creonte: “Y ¿vas a matar a la prometida de tu hijo?” Creonte, obviamente, responde de una manera tajante que sí, porque debe ejercer su función e imponer el poder. A fuerza de imponer la ley, Creonte piensa en ganar la legitimidad. Tres tesis con relación a lo anterior, vienen a continuación por boca de Creonte: 1) quien gobierna bien a su familia lo mismo hace en el Estado, 2) se debe obediencia al gobernante, independientemente de la percepción subjetiva del súbdito de injusticia, y 3) la mayor peste es la desobediencia, en cambio la obediencia es la salvación de los pueblos.

Es el Corifeo quien sintetiza dialécticamente el problema. Textualmente dice: “Es ser piadoso sin duda honrar a los muertos; pero el que tiene la llave del poder no puede tolerar que se viole ese poder. Tu carácter altivo te ha perdido”. Carácter que es el germen de la tragedia, lejos del cual pierde todo sentido dramático y toda posibilidad de plantear el conflicto. La misma Antígona, frente a la tragedia, es consciente de que su destino no le ofrece escapatoria. En eso radica la expresividad paradigmática de las tragedias. Creonte obtendrá su resolución trágica, considerando que si la prudencia es la máxima virtud, él no la ha aprovechado. Se le pide que recapacite, pero para el momento de la tragedia, es demasiado tarde. Tardíamente entenderá que debió ser flexible en la aplicación de las leyes y que no es siempre lo mejor pasar la vida observándolas al pie de la letra, máxime que el mundo de la vida es mucho más complejo que la formalidad de la ley, como abstracción de la realidad cotidiana.

Como muchas otras acciones que transcurren en la vida, el sentido mismo de la proyección personal y colectiva retoma sapientemente los dilemas a los que diario nos enfrentamos. La vida misma de Alejandro Magno –tan debatida y tan sugerente en su sentido por los historiadores- supone dos modos básicos a través de los cuales la vida adquiere sentido. Un sentido es privado, cercano, y el otro lejano, público. Por ese motivo se pregunta Gustavo Bueno: “El sentido de la vida de Alejandro Magno, ¿terminaba realmente en los bárbaros, en cuanto «hermanos de los helenos», o bien terminaba en el corto número de parientes, amigos o súbditos que le rodeaban y le impulsaban a su política universal, como podrían haberle impulsado a recluirse en Macedonia?” Pregunta que no es de fácil respuesta en tanto Alejandro, como Antígona, se enfrentaron al debate interno entre lo que querían y lo que era mejor para ellos: para él, conquistar el mundo y, para ella, dar honores a los suyos, y lo que añoraban sus soldados y su hermana Ismena; ellos, volver a casa, ella, conservar la vida.


Omar Sánchez

1 Comments:

At 8:23 PM, Blogger Eratóstenes Horamarcada said...

Un artículo sumamente emocionante. Qué lástima no haber conocido antes su blog.

 

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