Monday, March 26, 2007

La reducción tecnocrática

Ya se habrá percatado el lector de un nuevo humor en las tomas de posición políticas de la actualidad: el intento de reducir la política a la técnica, a las políticas públicas, como se afanan en llamar al campo diciplinario en el que se encuentra en juego el monopolio de la descripción legítima de los problemas técnicos que enfrenta todo proceso político, así como de la prescripción que conviene adoptar.
Esta intentona reduccionista aparece, claro, cuando hay abundantes indicios de que esa dimensión técnica parece estar al servicio de esquemas de dominación crecientemente invadidos de pequeños intereses depredadores que se articulan en coaliciones político-partidistas y desplantes orientados a la "participación", por parte de grupos de intereses especiales. Y ahora hay que hablar de gobernanza.
La llegada de las políticas públicas como disciplina con su propio arsenal teórico-metodológico, sus propias prácticas y sus propios rituales internos, puede fecharse en el primer tramo de los años noventa. La publicación de una serie de lecturas editadas por Miguel Ángel Porrúa bajo la dirección de Luis F. Aguilar puede ser considerada el momento iniciático de esta disciplina en México. A partir de entonces se han abierto prosgrados en la materia, ha crecido el número de especialistas en diferentes rubros y, adicionalmente, se ha logrado la inserción de esos especialistas en los espacios mediáticos. Gracias a este proceso de consagración disciplinaria, se ha logrado un saludable enriquecimiento del debate público, una vez que se ha logrado introducir con éxito la idea de que los proyectos políticos tienen que procesarse por medio de las inevitables consideraciones de factibilidad, sostenibilidad financiera y jurídica, así como del tomar en cuenta los problemas que habrá de enfrentar la puesta en marcha de los programas en que desembocan las políticas públicas.
Todo lo anterior está muy bien, excepto cuando en las luchas políticas del momento se pretende destruir políticamente a un adversario, real o imaginario, con el argumento de la incompetencia técnica y se quiere hacer pasar lo anterior como si se tratara de un argumento en sí mismo "técnico".
En efecto, este humor de los comentaristas políticos, este clima de opinión que se va generando por medio de opiniones aparentemente sueltas y casuales, contribuye a colocar en el sentido común de nuestro tiempo que las mayores disputas pueden ser zanjadas con una buena disposición al diálogo y la búsqueda de los términos en que se zanjan las disputas: el terreno científico-técnico. Sin embargo, ese humor no puede pasar de ser lo que es (ideas bonitas, esperanzadoras visiones de lo que debería ser), mientras nadie se cuestione por las condiciones en que las disputas técnicas son zanjables. Y sin tener en claro lo anterior, las manías de los profesionales de la opinión no dejarán su condición de doxa, opiniones, pensamientos previamente pensados pero que no han sido debidamente repensados ni argumentados.
Los debates de política (es decir, relativas al campo de la política pública) suponen que existe un suelo común en el cual tiene sentido formular argumentos, ajustar propuestas, establecer criterios para dilucidar cuestiones que deben ser zanjadas. Ese suelo común puede ser pensado como un entorno institucional estable, en el que se encuentra fuertemente instituida la práctica del debate. Esta práctica, exaltada tanto por los defensores del democratismo como por los cultivadores de las políticas públicas, supone a su vez que hay una valoración positiva del mero hecho de debatir. Esta valoración, inculcada y practicada continuamente, inscrita en la formación de los futuros tecnócratas, convertida en un automatismo por las propias reglas del campo político, se ve rápidamente deteriorada o -diríase- destruida cuando a un adversario se le adjudica, por ejemplo, el ser un agente de la irracionalidad, de lo imprevisible y, por esa vía, un peligro. ¿En dónde queda la disposición al diálogo en tales condiciones?
¿En dónde queda la valoración del diálogo cuando se permuta el debate por campañas televisivas y radiofónicas que no hacen sino autoproclamarse como la mejor opción?
El suelo común que da cabida a que los debates técnicos sean una actividad razonable, que da cabida a la idea de que el hacerlo tiene sentido, incluye también lo que en política se considera como "acuerdos básicos". Estos acuerdos se refieren típicamente a las reglas con las cuales se resuelven las diferencias políticas. Si la palabra "transición" tiene en México algún sentido identificable, éste tendría que ser que se ha vivido un periodo en el que se han creado nuevas reglas y que los partícipes ajustan sus comportamientos presentes y futuros al nuevo entorno normativo. Se nos dijo ad nauseam que esas nuevas reglas cabían en una palabra: democracia. Los cientos de miles que consideran hoy que esa nueva regla realmente no rige nada en la política mexicana viven un nuevo ajuste: nada ha cambiado realmente.
La reducción tecnocrática aparece cuando se le recomienda a la izquierda (o sea, al PRD o al FAP) que contrate especialistas en política pública, como lo hacen quienes -como Denise Dresser- consideran que hay que dar un nuevo rostro a la izquierda. Hay que olvidarse de las "grandes transformaciones", de las "grandes causas" y circunscribirse a la política pública; hay que permutar la política por las políticas, el histrionismo por la efectividad, los decibeles de la lucha en la calle por las razones y argumentos en las cónclaves de especialistas. Esta permutación implica -no hay que dejar de observarlo- una reducción intelectual y práctica que parece dar por sentado que aquí, en México, ya estamos de acuerdo en las cosas fundamentales (los qué) y nos falta nada más "sentarnos a discutir" los cómo.
Los defensores de la reducción tecnocrática se presentan en todos los casos sobreestimando la "institucionalidad democrática" y subestimando el potencial del conflicto. Creen que los desacuerdos políticos se resuelven por medio de las elecciones y lo demás se arregla con políticas públicas. Piensan que nuestro problema es cómo asegurar una "buena gobernanza" y callan ante el grave problema que implica la polarización, la cercanía de la violencia y la puesta en marcha de todo tipo de dispositivos para perpetuar la expoliación y las injusticias.
La conducción de todo proyecto político supone un saber técnico capaz de traducirlo legislativamente y convertirlo en programas de gobierno. Reducirlo todo, sin embargo, a un asunto técnico, de políticas públicas, equivale a incurrir en un error lógico de gravedad y a apostar porque en México se pueda disfrazar cualquier mecanismo de expoliación público-privada de una decisión "técnicamente correcta".
Antes que exigir argumentos a los opositores, sería saludable para la república que los defensores del reduccionismo tecnocrático (y también podría decirse: el tecnocratismo reduccionista) examinen la justeza y corrección de lo que defienden. Todavía pueden corregir.

Monday, September 25, 2006

Los invasores

Los evasores y los invasores
Presentamos un pequeño texto que se había perdido entre archivos, escrito a partir de un artículo de Carlos Elizondo Mayer-Sierra, connotado analista político muy apreciado por las empresas de comunicación y, por lo que podemos leer en su artículo, de una inteligencia feroz aunque difícil de tomar en serio, así que nos permitimos presentarlo aquí como una especie de divertimiento...

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Allá en los albores de los estudios de biología, un científico connotado había pasado muchos años estudiando a los renacuajos. Produjo interesantísimas disquisiciones sobre la relación entre morfología y comportamiento. Pudo dilucidar la relación exacta entre el número de manchas en el costado de un renacuajo y su tendencia a girar hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo que no pudo determinar con precisión –en realidad no le dio importancia– es la relación que tenía este comportamiento con el lugar donde caía la piedra que aventaba durante sus observaciones.

Ahora que leí el artículo de Carlos Elizondo Mayer Sierra, “La república informal“ me acordé de aquel estudioso. Clasifica al ser humano –bueno, a los mexicanos– en dos partes, definidas en función de su estatus tributario. La primera categoría define a quienes sí pagan impuestos: está compuesta por los formales. La segunda, que no paga impuestos, por los informales. Cada una tiene, en función de ello, varias características.

De los especímenes de la primera categoría, menos determinados en sus características, tenemos que son ciudadanos, ocupan predios propios, tienen licencia de construcción, siempre pagan los productos que venden. Tienen una república formal con un nuevo gobierno que quiere aplicar la ley y a veces muerden sin recato (así dice). Por supuesto cuentan los votos, son demócratas, como lo acaban de constatar.

Los de la segunda, los evasores, tienen más atributos. Las investigaciones del Dr. CEMS han analizado con mayor detalle a los miembros de esta categoría y le han permitido desentrañar sus orígenes, su forma de actuar, sus objetivos ocultos, sus pensamientos y hasta sus deseos individuales. Son una “suerte de ciudadanos” ambulantes, pagan cuotas a sus líderes para vivir fuera de la ley, ocupan predios impropios o la calle para vender productos que a veces no pagan, participan en marchas y plantones, en unas ocasiones por razones propias y, en otras, por razones impropias. Son capitalinos y, por supuesto, son los que votan por el López Obrador. En el extremo violento –¿al sur?– se dedican al narcotráfico y la prostitución.

CEMS profundiza: Las autoridades formales surgidas del PRI, para sostenerse en el poder, pactaban, poquito, a cambio de impunidad, con los informales, por lo que éstos eran útiles en tiempos electorales e inútiles en no electorales. Las crisis registradas desde 1976 se explican por el daño fiscal que los informales han causado por ese pacto. El PRD heredó esta forma corporativa de relación y la aplica en gobiernos locales, pero muchote. El ciudadano leal al PRD paga el plantón y se roba la luz en complicidad con el sindicato aliado y con la venia del gobierno local.

En la parte más formal del país, salvo algunos, los formales votaron por Calderón y están enojados porque los informales quieren destruir lo “que tanto trabajo nos ha tomado construir.” El Dr. CEMS, claro, es formal. Y su rigor intelectual es asombroso y justifica plenamente su cargo de director del CIDE.

Aunque estaría bien que nos explicara en dónde sitúa, por ejemplo a Roberto Hernández, a Germán Larrea, a la magnífica empresa Isosa –que ya lleva un muerto–, o Jumex, Pepsico o Televisa. Tengo entendido que apoyan a Calderón, nuestro paladín del tax. Podría decirnos, en dónde metemos a los Bribiesca, Khoury, Fernández de Cevallos, Creel, Gamboa Patrón o a los dueños de Hildebrando y Botas Fox. Si la formalidad radica en el pago de impuestos, parece que caben más bien entre los informales, aunque no parezca que apoyen a la CND, a menos claro que se puedan situar en el extremo del grupo de los informales que menciona, relacionado con el narcotráfico y la prostitución, lo cual, en algunos casos no extrañaría, sobre todo por la afición de destacados formales aficionados a la pederastia en su modalidad beatífica. ¿O sólo es simulación?

Sería interesante que nos explicara cómo es que la devaluación al final del gobierno de López Portillo o los beneficios concentrados del crac bursátil con Miguel de la Madrid, o los 40 mil millones de dólares que salieron del país días después de asesinato de Colosio y el otro tanto que salió en horas con el errorcillo de diciembre, o siquiera, el billón de pesos del Fobaproa-ipab, y el otro tanto de los Pidiregas; vaya, cuando menos el medio billón de pesos que evaden los mayores consorcios del país cada año, nada tienen que ver con las crisis recurrentes que tanto trabajo les ha costado construir.

AS

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Aquí, el texto deslumbrante...

La república informal
Carlos Elizondo Mayer-Sierra

La economía informal no podría existir sin una república informal. No es simplemente la falta de empleo formal lo que empuja a la gente al ambulantaje, sino la existencia de dos mundos, uno que paga impuestos y sufre pesadas regulaciones y otro que paga cuotas a sus líderes para no vivir dentro de la ley. El crecimiento de los informales es muchas veces a costa de los formales, quienes no pueden competir con quienes no pagan a veces ni la mercancía que venden.
Todo miembro de la economía informal es una suerte de ciudadano de una república paralela en la que paga sus impuestos, las cuotas a los líderes. Ésta es a cambio de que los líderes negocien la protección de la autoridad para poder así ocupar terrenos que no son propios o la calle para vender, u operar sin las regulaciones de salud, protección laboral, o de transporte, por citar unos cuantos ejemplos. En un extremo violento de la república informal se encuentran las actividades delictivas, desde el narcotráfico a la prostitución, que requieren también de pactos con ciertos segmentos de la autoridad.
El pago que hacen va más allá del dinero, que puede ser mucho. Los ciudadanos de la república informal participan además en marchas y plantones. En ocasiones lo hacen por razones propias, como la defensa de algún espacio de impunidad frente a un nuevo gobierno que pretende aplicar la ley. En otras, son parte del arreglo con las autoridades formales que requieren de su apoyo para sostenerse en el poder, por lo cual son muy útiles en tiempos de elecciones.
El PRI basó su poder y capacidad de gobierno en la incorporación de todo tipo de organizaciones, formales e informales. El costo fiscal de sostener este estilo de gobierno explica en buena medida las crisis económicas de 1976 en adelante. Sin embargo, en el partido de la revolución institucionalizada, el peso de las organizaciones formales fue siempre mayor al de las informales. Coexistían las dos repúblicas, pero la informal era más pequeña y claramente subordinada a la formal.
El PRD, una vez en los gobiernos locales, heredó esa lógica corporativa. Pero la mayoría de los sindicatos siguen estando con el PRI, o se han movido a un partido propio, como los maestros. Hay excepciones, como el SME, el sindicato de los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, quienes son aliados del PRD y apoyan a los informales a través de conexiones ilegales de luz, sin importar el costo para la empresa que es su fuente de trabajo. Es lo de menos si ésta pierde, dado que está subsidiada por los impuestos de todos.
El ciudadano más aparentemente leal al PRD capitalino es miembro de la república informal. Son ellos los llamados a sostener el plantón en Reforma y en el Zócalo. No sólo con su presencia física, sino con sus recursos. Las cuotas son impuestos paralelos sobre cuyo gasto nada sabemos.
El PRD es revolucionario y democrático, no institucional. La informalidad, lejos de ser un problema, es vista por algunos de sus miembros como la semilla de una nueva república, que si no logran construir por la vía electoral, ha dicho ya López Obrador, la buscarán por la vía revolucionaria. No es, a pesar de sus reclamos, una revolución muy democrática en cuanto a los mecanismos de selección de los líderes de organismos informales y, a diferencia de una democracia formal en donde se cuentan los votos, acá se pide el apoyo en la plaza pública, la cual responde con unanimidad.
Muchos ciudadanos de la república formal votaron por López Obrador y aún le quedan muchos apoyos dentro de ésta. Sin embargo, en la parte del país donde la república formal es más extensa, el voto fue mayoritariamente por Calderón. El ciudadano capitalino más enojado con los plantones de la república informal se encuentra entre los sectores que viven de la economía formal.
Ciertamente, los ciudadanos de la república formal lo son muchas veces de dientes para afuera. No viven en predios ocupados, pero muchos han violado el reglamento de construcción. No pagan cuotas a un líder formal, pero muchos dan mordidas sin demasiado recato. Los impuestos, en general, sólo los pagan quienes no tienen opción por ser causantes cautivos.
La elección enfrentó a dos visiones sobre el país. Ahora el conflicto se ha movido a otra esfera, a la lucha entre una república formal que acatará la decisión del Tribunal y la informal, o por lo menos una parte de ésta, que desafiará a las instituciones del país, si el resultado no les favorece.
Para reunificar a las dos repúblicas se va a necesitar un mayor compromiso de los ciudadanos formales, que hoy, si acaso, se suelen contentar con votar. No puede haber una república formal estable si ésta no les da oportunidades a todos, pero tampoco puede haber una república formal que funcione si la informal no es acotada.
Hay simulación en nuestra república formal. Sin embargo, esto no se resuelve utilizando la república informal para construir una peor simulación, como es el llamado a una convención democrática fuera de la ley y sin reglas democráticas, sino fortaleciendo las instituciones que tanto trabajo nos ha tomado construir.

Friday, September 22, 2006

Bovero, como politólogo

Aquí viene Michelangelo Bovero, que escribe de alguna tendencia que cree encontrar en el mundo contemporáneo de las democracias.Todo iría muy bien... de no ser por el infausto momento en que decidió incorporar algunas observaciones e ideas sobre el desdichado caso mexicano. Para todo aquel que esté dispuesto a mantener que la tradición bobbiana (de Norberto Bobbio, pues) es nuestro país, le trazamos aquí un horizonte desalentador.

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EXCELSIOR

Elecciones cuestionadas

Michelangelo Bovero

En estos inicios del siglo XXI parece como si un extraño virus hubiera agredido al mundo de las democracias reales: se va difundiendo el fenómeno de las elecciones controvertidas, cuestionadas y, en algunos casos, hasta impugnadas. El foco original de la infección se manifestó en 2000, con las elecciones presidenciales de Estados Unidos. ¿Quién no recuerda el desastre del escrutinio en Florida, la polémica y las dudas que perduraron incluso después del pronunciamiento de la Suprema Corte de aquel país? Según muchos observadores, Al Gore había obtenido probablemente más votos, pero la victoria fue asignada a Bush Jr. También en torno del resultado de las siguientes elecciones estadunidenses, las de 2004, en las que Bush aventajó a Kerry, surgieron fuertes dudas, aunque tardíamente, en particular sobre la votación del estado de Ohio. En 2005, lo que llamó nuestra atención fue el cerrado resultado, sin un claro vencedor, de las elecciones en Alemania, con la consiguiente controversia entre Gerhard Schröder y Angela Merkel, quienes reivindicaron simultáneamente el derecho a ocupar el cargo de Canciller. En 2006 estallaron los casos de Italia, primero, y de México unos meses después. Se podrían considerar también otros; pero los que he mencionado me parecen, por su variedad, los más relevantes para reflexionar en torno a un fenómeno que amenaza con desgastar a la institución básica de la política moderna y que debe interpretarse colocándolo, antes que nada, en el contexto de la evolución más reciente de los regímenes democráticos.

I. En dos de los cuatro países agredidos por el virus, Estados Unidos y México, está vigente el régimen presidencial; en los otros dos, Alemania e Italia, el parlamentario. Pero la diferencia entre el presidencialismo y el parlamentarismo se está, eso es un hecho, erosionando. Desde hace tiempo hemos presenciado la homologación tendencial de las formas de gobierno (en sentido técnico: las subespecies institucionales de la democracia) hacia un único modelo "verticalizado". Algunos estudiosos hablan de "presidencialización" de los regímenes parlamentarios: los poderes ejecutivos se fortalecen de diversas formas, por derecho o de facto, y apuntan a neutralizar su natural dependencia de los parlamentos o incluso a relegarlos a un papel subordinado. Se trata, pues, de una deformación patológica y progresiva a la que yo denomino "macrocefalia institucional": en todas partes, una cabeza ejecutiva hipertrófica termina por aplastar a cuerpos representativos (parlamentos y asambleas locales) debilitados y con menor poder.

La difusión de esta patología favorece, y es favorecida a su vez, por el aumento y la exacerbación de otro fenómeno negativo muy notable, en gran medida ligado al advenimiento de la era de las imágenes: la personalización de la vida política. En el momento clave de las elecciones, la atención general termina por convergir en pocos personajes, llamados líderes, que compiten en pos de conquistar lo que se percibe como el sitio decisivo del poder, el vértice del Ejecutivo. En estas condiciones, la confrontación dialéctica entre partidos y programas pierde importancia y las elecciones se transforman en una lucha personal por la investidura popular, a veces más bien en una especie de plebiscito en pro o en contra de éste o de aquel líder, candidato al papel de "guía supremo" del país (dicho sea de paso: ¿nadie se pregunta acaso qué tiene que ver todo esto con la democracia?).

Este lazo entre la personalización y la verticalización del poder induce a una consecuencia ulterior que también es negativa en mi opinión: la creciente simplificación del "sistema político" (como lo llaman los especialistas: el conjunto de partidos y movimientos, es decir, de los actores colectivos de la política), que tiende a asumir una forma dicotómica. En algunos casos –como en Italia, pero no sólo allí– esta tendencia se acompaña, paradójicamente, de la proliferación de partidos y de listas electorales. Sin embargo, la paradoja es aparente: de cualquier manera, la dinámica general del sistema impulsa al reagrupamiento en dos bloques contrapuestos que se disputan el poder gubernamental. La evolución de los sistemas políticos hacia el bipolarismo y, en perspectiva, hacia el bipartidismo, genera, sobre todo cuando se aproxima el día de la votación, la figura del liderazgo dual. Las campañas electorales se reducen esencialmente a una especie de duelo entre el líder de cada uno los dos partidos y/o coaliciones principales, independientemente del tipo de régimen que esté vigente y de la articulación efectiva del sistema político. La confrontación entre Merkel y Schröder en Alemania, donde la forma de gobierno es parlamentaria y las fuerzas políticas importantes cinco o seis, o el enfrentamiento entre Berlusconi y Prodi en Italia, donde el régimen también es parlamentario pero los partidos son mucho más abundantes, ha asumido un significado político que no es distinto, en la sustancia, al de la contienda entre Bush y Gore (o Kerry) en Estados Unidos, país donde rige el presidencialismo y un bipartidismo perfecto, o de la competencia entre Calderón y López Obrador en México, donde el sistema es presidencial, pero los partidos importantes son tres. Es interesante el caso de México: resulta que la serie de sondeos preelectorales sobre las intenciones de voto para los tres candidatos a la Presidencia fue percibida por muchos como una especie de juego de eliminación, del que surgiría la pareja de los "verdaderos" contendientes. De aquí la fascinación (a mi parecer, perversa) que ejerce sobre muchos mexicanos el sistema francés de la doble vuelta.

La simplificación del sistema político hacia la forma dicotómica tiene amplio reconocimiento: es concebida por casi todos los sujetos políticos importantes, y también en buena parte por los expertos, como el objetivo que toda democracia "madura" debería alcanzar. En mi opinión, por el contrario, constituye un empobrecimiento de la vida democrática. La reducción tendencial del pluralismo al dualismo hace crecer por sí misma la distancia entre el sistema político y la sociedad civil. El abstencionismo, y de manera más general la apatía política y el alejamiento de la democracia, tienen causas múltiples y complejas, pero entre éstas figura también la reducción excesiva de la gama de oportunidades para elegir. Quienes no se reconocen en ninguna de las opciones disponibles, no siempre optan por elegir el mal menor: pueden decidir no escoger a nadie (en ocasiones, esto sucede aun si hay más de dos alternativas que, sin embargo, resultan todas impresentables). En todo caso, el hecho es que la cuota de quienes se abstienen de votar se ha convertido en un factor cada vez más determinante, y como tal es percibido por los actores políticos: casi como si el resultado de una elección no fuese en manos de quienes sí votan, sino paradójicamente de quienes no votan. Por eso, las campañas electorales se orientan cada vez más, de manera predominante, a conquistar el voto de los (así llamados) "electores indecisos o indiferentes". Ir en pos de este objetivo exaspera la lógica del duelo e induce fácilmente a los protagonistas, o a algunos de ellos, a la satanización del adversario. "Si no logro convencer al elector indeciso a votar por mí, al menos, como mal menor, trataré de inducirlo a votar contra el otro, presentando a éste como el mal mayor". A veces, como el mal absoluto: con medios y argumentos que van mucho más allá de lo correcto e incluso de lo decente. Es evidente que quienes se dejan convencer de esta manera son los ciudadanos menos educados, menos provistos de cultura democrática. Y es así como la calidad de la vida política de las democracias reales corre el riesgo de volverse cada vez más decadente. En ambos lados: el de los electores y el de los elegidos.

Puede suceder que las coaliciones que se contraponen queden a final de cuentas divididas por un insignificante puñado de votos. Lo que constituye una circunstancia objetiva que favorece la impugnación del resultado electoral. Pero en realidad, el fenómeno, en sus formas más virulentas, se manifiesta no tanto porque el surco que divide a los contendientes sea muy delgado, sino más bien porque es muy profundo. Un conflicto áspero y perdurable en torno al resultado de las elecciones no es sino un grado ulterior de la exacerbación del conflicto político, interpretado como un duelo por la conquista de un poder verticalizado y personalizado.

Es verdad que la radicalización del enfrentamiento político tiene también otras causas sustanciales, cuyos orígenes radican, directa o indirectamente, en las complejas y contradictorias dinámicas producidas por la globalización. Me refiero –sin tener aquí el espacio para profundizar en este análisis– a la inclinación generalizada del eje político mundial hacia la derecha: la afirmación de los neoliberalismos; la resurrección de los nacionalismos bajo formas étnico-culturalistas; al nacimiento de partidos y movimientos racistas y xenofóbicos, más o menos (aunque no siempre) minoritarios, entre otros. Pero, sobre todo, a la difusión de ciertas formas neopopulistas y neodemagógicas de estrategia política (también electoral), que algunos estudiosos han rebautizado como "antipolítica" porque consisten en la hostilidad hacia el orden consolidado con las arquitecturas institucionales, también, en el rechazo de la confrontación equilibrada entre las diversas posiciones del debate que no esté orientado al choque, de las mediaciones en general; en la intolerancia al equilibrio de los poderes y hacia cualquier tipo de vínculos o controles; en definitiva, en la contraposición de la "voluntad del pueblo" frente a la de los órganos del poder constituido, invitando siempre a desconfiar de ellos (hasta que sean ocupados por otros). En Europa muchos movimientos y partidos de la derecha, ligados bajo diversas formas al "chovinismo del bienestar" (Habermas), han obtenido un notable éxito político con métodos "antipolíticos". Es cierto que muchos partidos de izquierda han emprendido una especie de seguimiento de las derechas en el terreno político-programático; pero, a pesar de ello, la fractura se ha profundizado y el conflicto se ha radicalizado, justamente cuando las derechas se hacían más populistas y antipolíticas.

En América Latina, en cambio, han sido más bien algunos partidos y movimientos (presunta y supuestamente) de izquierda, que se dirigen de diferentes maneras a las víctimas de la globalización, los que han asumido ropajes antipolíticos, sobre todo mediante el protagonismo de ciertos personajes carismáticos (en sentido neutro, weberiano). Es fácil ver cómo la antipolítica encuentra un terreno fértil en los fenómenos degenerativos que llevan a interpretar las elecciones como un método de designación de un vencedor supremo, o sea, del "líder del país" y, por consiguiente, a concebir la democracia como una especie de autocracia electiva. A veces, en las formas grotescas del que yo denomino "caudillismo posmoderno".

II. Cuando el resultado electoral es cuestionado, plantea –para los contendientes, los estudiosos, los observadores y los ciudadanos– dos tipos de problemas. En primer lugar: ¿cómo se puede y cómo se debe establecer con certeza quién ha sido el verdadero vencedor de las elecciones? En segundo lugar: acaso el vencedor, quien quiera que éste sea ¿triunfó realmente? Y dado que sólo representa a la mitad del país, ¿cómo puede pretender imponer su política a la otra mitad? Digamos de una vez por todas que esta última pregunta, en el plano formal, de la legitimidad jurídica y política, carece de sentido. Aquel candidato y/o coalición política que haya prevalecido, aunque sólo sea por un voto, tiene el derecho-deber de gobernar, esto es, de ejercer el poder de iniciativa y orientación política y además de asumir las competencias que las diversas constituciones atribuyen a los titulares de la máxima función ejecutiva. Lo que no equivale sin más a imponer la propia política. No obstante, la pregunta conserva sentido en el plano sustancial, cuando perduran las condiciones de un conflicto radical: por ejemplo, si uno de los dos contendientes rechaza de cualquier modo y obstinadamente el reconocimiento de la victoria del otro.

III. Así se hace más urgente y apremiante responder a la primera pregunta: ¿cómo se determina quién fue el vencedor? Errores de cálculo, imprecisiones en la transmisión de los datos, pero también controversias en torno a la asignación de numerosos votos, en particular a las boletas nulas, se verifican en cualquier procedimiento electoral. Es verdad que éstos y otros factores pueden ganar importancia cuando el margen es estrecho. No obstante, la experiencia enseña que afectan en una medida casi igual a todas las partes. Es, más bien, la radicalización del conflicto la que lleva a evocar (con razón o sin ella) el fantasma de la conspiración, de los fraudes. Pero, sobre éstos, como sobre los otros elementos cuestionables, ciertamente no es la presunta víctima la que tiene el poder de juzgar. Nemo iudex in causa sua. Cualquier ordenamiento constitucional democrático prevé normas para la solución de las controversias electorales y atribuye a un órgano institucional, con rango de magistratura, el poder de decidir sobre el mérito del asunto apoyándose en dichas normas. La legislación en la materia puede ser más o menos completa o con lagunas, más o menos adecuada o mediocre. Pero a un juez –quienquiera que sea– no se le puede y no se le debe pedir otra cosa sino aplicarla. Ciertamente, no se le debe pedir que la viole. Mucho menos que invente normas inexistentes, pues será eventualmente tarea de la nueva legislatura mejorar las leyes en vigor. Y menos admisible todavía, además de insensato, es pedirle al juez que decida a condición de que lo haga de un modo determinado, porque eso sería como decirle "me someto a tu juicio si me das la razón". Lo que equivale indudablemente, sin más, a desautorizar a dicho juez.

En el modo de enfrentar y resolver la controversia y de asumir las consecuencias normativas radican las mayores diferencias existentes entre los casos que he considerado aquí. La solución más indolora se adoptó en Alemania en 2005, incluso porque allí nadie había promovido una verdadera impugnación de los números del conteo: entonces, el cargo de Canciller fue asignado al líder del partido de mayoría relativa, aun cuando tal mayoría era reducidísima y así se formó un gobierno de "gran coalición". Solución que fue posible gracias a la mayor flexibilidad del régimen parlamentario, que a pesar de las distorsiones inducidas por la tendencia hacia la "presidencialización material", conserva todavía, en algunos casos concretos, como el alemán, diferencias importantes y ventajosas con respecto al presidencialismo formal y completo. Ciertamente es una solución excepcional pero, quiero agregar, perfectamente democrática: sólo quien es presa de una concepción distorsionada de la democracia como imposición de la voluntad de la mayoría (o, peor, de un líder) no logra ver las virtudes democráticas del compromiso. Sin embargo, una solución similar de "gran coalición", fue rechazada –por Prodi, correctamente en mi opinión– en Italia, donde sí está en vigor un régimen parlamentario, aunque mucho más deteriorado que el alemán, pero la brecha entre las coaliciones políticas es profunda y, el conflicto, irreconciliable.

En cambio, en las elecciones estadunidenses de 2000, la controversia estalló precisamente por el resultado numérico de la votación. Es probable que el candidato declarado perdedor, Al Gore, haya conservado la firme convicción de haber obtenido mayores apoyos que su adversario. Pero, frente al pronunciamiento de las autoridades competentes, se retiró de la contienda, en buena lid. Ciertamente ni siquiera acarició la idea de organizar una protesta popular. La democracia de Estados Unidos es muy imperfecta; más aún, en mi opinión, es insuficientemente democrática. Pero las instituciones son sólidas. Y fuera de las instituciones constitucionales, o peor aún, en contra de ellas, sólo puede existir una caricatura de democracia.

En Italia, hace pocos meses, en presencia de una ventaja reducidísima de votos a favor de la coalición de centro-izquierda, el líder de la coalición de centro-derecha, el premier saliente, Berlusconi, héroe emblemático del neopopulismo mediático, príncipe de la antipolítica posmoderna, denunció la conjura y habló de fraudes (entre paréntesis: en Italia las elecciones son organizadas y controladas por el ministro del Interior, que en esa circunstancia era un hombre de confianza del premier y que, al final del escrutinio, afirmó que todo se había desarrollado correctamente). Declaró haber sufrido "el robo de una victoria limpia", levantando la sospecha de decenas o centenas de miles de votos arrebatados fraudulentamente por la izquierda, y de innumerables boletas a su favor injustamente anuladas. Afirmó que iba a "exigir" el recuento total de los votos. Lo que, sencillamente, no está permitido por la ley. Amenazó con llenar las plazas (alternando las acusaciones y las amenazas con propuestas de "gran coalición" al estilo alemán, mas la coherencia no es una virtud de los demagogos). Pero luego, después de la sentencia de la magistratura competente que confirmaba la victoria del centro-izquierda, mientras continuaba ocasionalmente con sus amenazas, se fue adaptando más o menos al papel de jefe de la oposición, persiguiendo un objetivo bien preciso: aprovechar cada ocasión para hacer caer al gobierno de Prodi, objetivamente débil en el ámbito parlamentario.

¿Y México? Hasta donde logro recabar informaciones periodísticas, me parece que se puede decir (y corríjanme si me equivoco) que López Obrador ha realizado, al menos en parte y a su modo, lo que Berlusconi sólo había amenazado. Ha convocado a sus seguidores a llevar a cabo una protesta masiva, que ha adquirido también el significado de una presión pública sobre el Tribunal Electoral. Me pregunto si ésta no es una típica estrategia antipolítica: el pueblo frente al poder, la plaza frente al palacio. No se me malentienda: la protesta colectiva corresponde perfectamente a la dialéctica de la vida democrática, sólo que bajo ciertas condiciones. Y no siempre, aun cuando sea formalmente legítima, una protesta tiene motivaciones y fines aceptables desde un punto de vista democrático. A veces puede representar un peligro para la salud de la democracia.

No me permito disertar de lejos sobre una cuestión tan delicada. Pero algo debe decirse acerca de la forma en que López Obrador (hasta donde estoy enterado) ha manejado hasta ahora su relación con la masa, presentándola como un ejercicio de "democracia directa". La decisión de una multitud que responde a las preguntas del líder con un sí o con un no, o que aprueba levantando la mano, no es una decisión democrática. Es más bien equiparable a la aclamación, que constituye (según decía Bobbio) precisamente la antítesis de la democracia, porque los eventuales disidentes no cuentan para nada ni tienen una verdadera manera para expresarse y además sufren la presión, por lo menos psicológica, de quien está junto a ellos. Se puede definir democrática la decisión de una asamblea sólo si cada uno de sus miembros tiene la misma posibilidad de discutir las propuestas de los demás y de presentar y argumentar propuestas alternativas. Esto sucedía en la democracia directa ateniense y es también lo que ocurre, toda diferencia guardada, en un parlamento bien ordenado. No tengo la intención de ofender a nadie, quisiera solamente despertar de manera modesta y serena una interrogante en el ánimo de quienes estuviesen demasiado seguros de encontrar la democracia en la multitud, pasando por encima de las instituciones. Pero a quien conoce la historia del siglo XX italiano la imagen de una multitud que responde "¡Sííí!" a la pregunta del líder: "¿Estamos de acuerdo en eso?", evoca terribles recuerdos.

En el caso mexicano, en suma, tal parece que el rechazo radical al resultado de las elecciones se relaciona con una forma particularmente acentuada de liderismo: expresiones exacerbadas, ambas –el rechazo al resultado y el liderismo–, por un lado, de la interpretación conflictual de la política como duelo y, por el otro, de la concepción verticalizada y personalizada del poder. Son una exaltación extrema de las mismas patologías degenerativas a las que tiende, por su naturaleza, el régimen presidencial.

Desde hace tiempo vengo afirmando que en América Latina es necesario mover el eje del poder desde el gobierno presidencial hacia el parlamento. ¿Qué piensa el parlamento recién electo en México? ¿En particular aquellos legisladores que fueron elegidos en la misma coalición política de López Obrador? Me gustaría saberlo.

Traducción Carmen Álvarez
con la colaboración de Pedro Salazar

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Politólogo cuestionado

No será ninguna casualidad que Excélsior le haya dado bola a este artículo, que viene a repetir algo así como la “línea oficial” de lo que sucede en México. Aquí, según esta línea, hay un líder antiinstitucional, que moviliza antidemocráticamente a la gente. Esta última, para este estilo de análisis (si hemos de llamarlo así), resulta ser un mero objeto manipulatorio, sin complejidad, una vulgar “masa”, como solían describir pseudosociológicamente hace todavía algunas décadas, a lo que tiempo atrás era llamado –también pseudosociológicamente– las “clases peligrosas”. En suma, el retrato inicial con trabajos pasaría de ser una mera caricatura.

Que lo venga a decir el heredero de las glorias de Norberto Bobbio, sin embargo, parecería revestir esas palabras de una legitimidad que, de cualquier modo, está por verse. Menos mal que Bovero solicita que se le corrija si está en un error.

Y sí, está en uno error. Quizá no uno, sino varios. Pero me concentraré en uno, que estimo principal.

El principal error de Bovero consiste en asumir de entrada la naturaleza democrática de los regímenes sobre los cuales elabora su argumento. Por supuesto que resulta espinoso poner en cuestión esa naturaleza en el caso alemán, del mismo modo que lo es para el caso italiano y acaso, para el estadounidense. Pero, ¿cómo puede plantear lo que plantea a partir de un supuesto así a propósito del caso mexicano? El supuesto es heroico, y sostengo que ese error le hace formular juicios a partir de una supuesta axiología democrática (que en realidad es liberal), según la cual la “relación directa” del líder con la masa (y aquí caben todos los epítetos pseudosociológicos que asume y no explicita: amorfa, irracional, emotiva, arrolladora de la individualidad, entre otras posibilidades) es antidemócrática, porque ahí ningún individuo podría ir en contra de la posición aplastante de la mayoría presente.

Sin embargo, la negativa individual asume muchas formas. La más elemental es la que dio a conocer hace varios años Hirschmann; la salida. Si no estoy de acuerdo con ese líder mesiánico, sencillamente me desentiendo: no voy a cometer la locura de expresarme, en una asamblea, en contra; pero a la siguiente convocatoria no acudo. Simple. No estará pensando Bovero en llamar al IFE a que cuente los votos de las asambleas, ¿o sí?

La relación del líder y “la gente” es de conducción política, no es ni hipnótica ni de mera manipulación. ¿Qué hace López Obrador en las asambleas, o sea, en su “contacto directo” con “la gente? Primero, plantea una interpretación política de los sucesos. La gente escucha y lo sigue paso a paso en su argumentación. Al término del ejercicio interpretativo de López Obrador se produce una conclusión práctica. Los asistentes, al final, valoran esa interpretación y la conclusión práctica que el líder postula. El alzamiento de manos es el momento ritual. El momento crucial, en contraste, se presenta con la siguiente pregunta ¿cuántos nos siguen apoyando? Es evidente, en el momento actual, que la merma es exigua y la intensidad del apoyo se ha incrementado.

¿Cómo puede Bovero sacar las conclusiones que saca sin entender lo que sucede entre el líder y sus seguidores? La complejidad de la relación de AMLO y “la gente” merece ser descrita con algo más que las baratijas pseudocientíficas que emplea Bovero.

Pero vayamos a la axiología democrática que emplea.

La de López Obrador no es, en definitiva, una estrategia antipolítica. Hay que entender esto de una manera absolutamente clara: la especificidad de la acción política de López Obrador consiste en haber desarrollado la dinámica por la cual se ha constituido un sujeto político nuevo: los pobres, los desheredados, los excluidos, los desesperanzados, han sido traídos por el liderazgo de López Obrador a la arena política. Y con ello ha traído un poderosa desestructuración de la estabilidad oligárquica que ha pretendido construirse en México, mediante una sistemática política de privatización de los más variados ámbitos. La última expresión de este proceso es la privatización de la política social, entendida como la orientación del estado mexicano para atender a los damnificados del capital. La élite política mexicana ha suscrito, gozosa, la idea de que la pobreza se debe combatir con la filantropía y las buenas intenciones de los dueños del país. No es gratuita la multiplicación de las iniciativas descentralizadas para que cada quien coopere contra la pobreza, a fin de darle la vuelta a la “costosa e ineficiente” burocracia estatal. Con esa retórica la oligarquía mexicana ha puesto en marcha lo que pretende ser la idea dominante en México. La pobreza no es un asunto político, sino un asunto que hay que corregir con buena conciencia.

Y eso es lo que ha puesto en cuestión el lopezobradorismo. Los asuntos estratégicos del país los hemos de resolver políticamente. Para ello, hay que convocar políticamente a los excluidos, que son muchos y que, de diversas maneras, han reconstruido el conflicto de clase en el país. Entonces, en este primer punto, la axiología democrática de Bovero, suponiendo que sea suscribible, tendría que servir como parámetro que mida el comportamiento de la derecha y tendría que reservarse para un mejor momento el fácil juicio por el cual quiere postular que AMLO va contra la política. Sencillamente, eso es falso.

El segundo punto de la axiología democrática de Bovero, si entiendo bien, está basado en el supuesto ideológico liberal del individualismo. Las asambleas lopezobradoristas aplastan la individualidad. Pero, ¿quién acude a una asamblea convocada por López Obrador que crea sinceramente que la elección fue limpia?

A Bovero le parece sujeta a discusión la deseabilidad desde el punto de vista democrático de la protesta encabezada por López Obrador, específicamente porque las decisiones no responden a un ejercicio democrático. El ritual de las decisiones impulsadas por el líder, en un momento en el que deciden (decidimos) responder a su llamado es, precisamente, democrático. Tal vez no resulte plenamente liberal, y en eso podría estarse de acuerdo. Pero en México está a discusión que resulte deseable en todo momento y ante cualquier circunstancia que la democracia deba, como si se tratara de un dogma, ser liberal.

Pero además eso tampoco es cierto. Las convocatorias de AMLO están dirigidas a que se comuniquen las ideas, se deliberen las propuestas. Los ciudadanos acuden/acudimos con la mejor información que nos es dable conseguir, sobre todo si tomamos en cuenta que las empresas mediáticas han puesto en marcha una estrategia de desinformación acerca de lo que sucede con el movimiento lopezobradorista. Piezas integrantes de la oligarquía mexicana, las televisoras y las radiodifusoras más grandes han desplegado costosas campañas que defienden la limpieza de las elecciones y aíslan políticamente al lopezobradorismo. ¿Cuál es la práctica democrática en todo esto? No era extraño encontrar el 16 de septiembre en la Plaza de la Constitución delegados de los pueblos remotos de México que se encontraban ahí con el encargo de votar lo que había que votar en la Convención Nacional Democrática? Yo mismo estuve rodeado de un grupo de personas que venían de Michoacán y Veracruz, que estaban ahí para votar lo que había que votar. Habían deliberado en sus respectivos poblados. ¿Cuál es el ejercicio democrático en todo esto? ¿El de las televisoras, que desinforman y atropellan la posibilidad de formarse una opinión con oportunidades equitativas de ser adquirida, o el de la gente común, que resuelve sus problemas comunicativos e informativos del mejor modo que pueden?

Bovero se equivoca de la A a la Z. Él nos plantea un interrogante a quienes podríamos estar demasiado seguros de encontrar la democracia en la multitud, pasando por encima de las instituciones. El politólogo desarrollará la prudencia, o no será politólogo. El juicio rápido y desinformado es la negación de la ciencia y, en particular, de la delicada materia que el politólogo tiene en sus manos. En México estamos ante un conflicto abiertamente planteado por la oligarquía derechista, que desde mucho antes de la jornada electoral estuvo dispuesta a imponer a su candidato, por encima de lo que fuese. ¿Por qué esa derecha iba a detenerse el día de la jornada electoral, cuando desde mucho tiempo atrás estuvo decidida a sacar a López Obrador de la contienda mediante un discutido y a final de cuentas repudiado desafuero? ¿Por qué se iban a detener cuando tienen todo el dinero que hace falta para hacer que se haga lo que se tenía que hacer con tal de detener a ese “peligro para México”? ¿Quién pasa por encima de las instituciones, suponiendo que lo sean?

Es perentorio sacar a Bovero del error. La regla que rige en la política mexicana, a partir del proceso político anterior, es la siguiente: gana el que tiene más dinero, no el que obtiene más votos. Ese régimen se llama, desde mucho tiempo atrás, plutocracia. La lucha política actual en México, por mucho que implique una “interpretación conflictual de la política”, está dirigida a restaurar la república. Pero tampoco se puede interpretar de otro modo la política cuando se está en medio de un conflicto. ¿No sería eso pueril y absurdo?



Lo trágico del ridículo

En el siguiente texto, comentamos el artículo “Entre lo histórico y lo trágico”, de Juan Villoro (JV), publicado en la revista Proceso de esta semana (núm. 1559). Adelante reproducimos el texto aludido.

Juan Villoro comienza con una frase cierta –López Obrador (LO) ha generado un debate sin precedente–, y critica a Felipe Calderón (FC) por denostarlo en lugar de proponer algo. Tenue cuestionamiento a un candidato que hizo más que denostar a LO, y al que sigue un inteligente chistesito, que podría agradecerse si de él no siguiera su línea discursiva. Si detestar a López Obrador o a Calderón fuera sólo un asunto personal, individual, se podría hablar de neurosis, pero ese no es el problema. No es la neurosis la que no permite el matiz ni las distinciones, sino la vacuidad de la crítica que se afirma en lo que cuestiona. El problema es que no hay tal cosa como una dialéctica del todo o nada, que supuestamente es la de LO, con la que además se contradice a cada párrafo. La frase, muy en boga, es un absurdo, una frase hecha que no explica nada, pero deja bien claro de qué está hablando JV. Se trata de la necedad del Peje por no irse a su casa a detestar a Calderón mientras lo ve gobernar al país. Al fin y al cabo, JV podría recomendarle un buen siquiatra; Enrique Krauze, por ejemplo. Implica aceptar que LO sólo acepta la Presidencia o nada, pero luego dice que lo que quiere LO no es la silla, sino razones que justifiquen una causa, que nunca explicita.

Pero, bueno, veamos las distinciones, los matices que propone Villoro. Primero, para situarse hace un recuento de las victorias parciales de la “izquierda”. Gracias, ya nos las contaron Woldenberg, et al. , y habría que notar que no acusa recibo del Frente Amplio Progresista. Reconoce el agravio, bien; contienda injusta, bueno, cuando menos, no como Christopher Domínguez Michael, quien la calificó de equitativa, justa y no sé qué; santa, creo. Para seguir con las distinciones y matices continúa con la descripción que dejó a medias Krauze. Al describir a LO se puede aceptar la línea que comienza con “incansable” y termina con “popular”. Pero inmediatamente surge la duda. ¿A qué se refiere con gestión eficaz que no admite críticas? ¿A la gestión del conflicto, de la movilización de masas? Pues sí. LO es el caudillo inflexible y autoritario que hace saber de su fuerza y la impone a todos. En dos palabras, es el “Mesías tropical” que decide todo inspirado en su intuición, lo que no da resultados.

En un párrafo que se quiere lavar la cara, LV nos dice que votó por el LO a pesar de LO; votó por el proyecto y no por el iluminado. Y que a pesar de considerarlo como tal, participó en un video en su favor cuyo título refleja su creencia: la campaña de descrédito contra LO construía un monstruo y estaba sostenida en la sospecha. Ahora sí que no me ayudes, compadre: sospecho que LO es un peligro para México, pero no es no es tan malo. Si así lo dejaron apoyar la causa, o les tomó el pelo o son muy ingenuos –tolerantes– o no sé qué, pero cuando menos no es síntoma de totalitarismo… Habría que lavarse la cara con otra cosa. Tal vez si hubiera partido de algo más sólido, por ejemplo, como que la campaña se sostuvo sobre la mentira o la amenaza a la gente.

Lo siguiente no queda claro. LO no es un monstruo, pero ya no es “la figura por la cual votamos”. ¿Ya no es un iluminado; qué es ahora? JV no lo aclara pero dibuja ambiguamente al personaje. Y lo hace a partir de la anécdota: “que mi cuate…Una anécdota vacua y vana que le indica que algo no iba bien el 2 de julio, presumiblemente que LO iba perdiendo. Para el cronista del día, pudo haber sido un buen indicio, mismo que para el analista crítico de dos meses y medio después se convierte en una certeza. El indicio del cuate provisor no es que hubo malos manejos en la elección y la certeza es que LO no es sólo el Mesías, sino un mentiroso. JV afirma, sin decirlo, que LO sabía que iba mal, que perdió, pues, y que aún así alegó su triunfo. Y ha sostenido esa mentira, apoyado en algo así como la psicología social que caracteriza a nuestro país: la vocación por hacer del rumor, verdad.

JV dice que en un país como México, “nada tiene tanta legitimidad como el rumor”. Supongo que, además de ser malinchista, quiere ser caústico. Lástima que se refiera como rumor a algo tan ampliamente demostrado como la imposición de Calderón, aunque luego lo llame argumento. La demanda de voto por voto no debía ser atendida porque tuviera alguna validez sino porque así se desarmaba a LO y se disolvía el rumor. Claro, en una elección “ganada” por 230 mil votos, la ausencia de tres millones es sólo una extraña forma de presentar los resultados. El indicio del cuate no deja ver, tampoco que hoy, dos meses y medio después, siguen sin darnos cuenta de unas 2 mil casillas, casi 900 mil votos que ya no aparecieron, ni en el PREP, ni en los conteos distritales, ni con jueces y magistrados, ni, por supuesto, en el Trife, que sí tuvo las pruebas en sus manos, pero no las consideró determinantes, así se tratara de 1.5 millones de votos perdidos. Vaya extraña forma tan democrática de cumplir reglas, tan apreciadas por JV.

En las líneas que siguen, JV comete un desliz. LO no “acusó sin pruebas a los magistrados de recibir ‘cañonazos’ de dinero”. Dijo que los magistrados eran presionados con ofrecimientos de dinero y puestos, no que los hubieran recibido. El desliz se convierte en falacia malintencionada al plantear la pregunta de lo que LO “quería” al decir eso: la silla o razones para su causa (no hace falta aclarar que LO quería razones, pues no las tenía). Y es aún más falaz al comentar el fallo del Tribunal. No se descalificó de antemano al Tribunal, se le descalificó por ordenar la revisión de una ridícula parte del universo de casillas dudosas; se le descalificó por haber prohibido la entrada a ciudadanos y representantes de partido cuando empezó a surgir la evidencia de paquetes abiertos y sobres alterados en los distritos. Es falso que el Tribunal haya asegurado que no podía sancionar la injusticia. Simplemente no reconoció la injusticia y sancionó: el fraude fue enorme, pero no “determinante” para hacer “perder” a LO.

Y a todo, ¿cuál es la causa del Peje? No es la silla, si nos atenemos a JV. Parece que es la eterna movilización o algo así, y nos quedamos en el limbo, pues de aquí no pasa en sus distinciones ni matices.

No sabemos el método que ha usado JV para asegurar que millones de votantes consideran como agravio el que se le haya tratado a LO como “peligro para México”. Pero hemos sido millones quienes nos hemos manifestado, pública y abiertamente, contra otro agravio, uno menor, que casi no cuenta, uno del que nada se sabrá ni en 20 años, porque no habrá comisión de la verdad para averiguarlo ni boletas que revisar: la tergiversación masiva de nuestros votos acompañada de la amenaza y el chantaje para imponer a Felipe Calderón.

A pesar de todo, JV no considera todavía a LO un peligro para México, sólo lo sospecha, aunque sí lo considera un peligro para la izquierda por sus formas de protesta, o sea, por el “desastre” del Plantón, que a su modo de ver sólo perjudicó a los pobres y benefició a los ricos. Cuando menos, se ofende porque Calderón lo llamó caótico y opuesto a las instituciones.

Vaya que con estas premisas el horizonte es confuso. Aplaude la convocatoria a la Convención pero sólo si es de propuestas, nada de masas, porfis. Además, la asamblea no tiene representatividad. Si LO no junta a sus quince millones de electores nada vale. Claro, si los juntara, tampoco. Hay otros 25 que no votaron por él y si los convenciera, tampoco. Hay otros 55 que … Al fin y al cabo, con las propuestas basta y sobra; no hace falta gente que las impulse.

Pero LO no sólo es mentiroso, sino impulsivo y mezquino: decide en razón de sus impulsos y de su “inescrutable ánimo”. No piensa sus actos, por eso se autonombra Presidente. Para JV parece una locura, pues ni siquiera le podrá dar pasaporte y sin expedir pasaportes no se gana la Presidencia. Claro, con Rosa Luxemburgo de alter ego, no se puede pedir mucho. Por supuesto, es difícil convencer a alguien que vota por un Mesías sospechoso de ser un peligro para el país y que cree que aglutinar a tres partidos, a miles de organizaciones y mantener a cientos de miles de personas movilizadas durante meses es dividir a la sacrosanta izquierda –que lo menos que ha sido es unificada, por la sencilla razón de que no hay, ni ha habido, tal cosa como La Izquierda.

Aquí JV volvió al meollo: la derrota, y matiza “en condiciones desiguales”. Y parece volver al asunto que dejó pendiente en las primeras líneas, las distinciones, la crítica, la necesidad de matices. Bueno, lo seguimos esperando. En lo que ha escrito hasta aquí no hay distinción, ni crítica, ni matiz. Hemos visto en el texto de JV a un Mesías, sospechoso de ser un peligro para México y culpable de ser un peligro para la izquierda; a un gobierno de izquierda en la Ciudad de México que enriquece a los ricos a costa de los pobres. Vemos a una pobre periodista a la que ya no se le considera buena nomás por prestarse al fraude y a la manipulación –por no hablar de sus comentarios contra las mujeres violadas en Atenco, pues no viene al caso y al fin que es sólo un evento. Y ratifica: sólo si juntas a los cien millones de mexicanos en el estadio –¿Azteca?–, puedes proponer otra Constitución, aunque, claro, para gobernar legítimamente a esos 100 millones bastan 230 mil votos obtenidos en condiciones “desiguales”. Tampoco se vale que vayas a elecciones con candidatos populares. No, hay que ir con pazguatos, mientras los apoye Televisa: ahí está nuestro héroe Calderón para demostrarlo.

Lo de masificación y control de calidad suena a Bimbo, así es que mejor lo dejamos para futuras hermenéuticas. De las reflexiones del “monero” Patricio, baste decir que repetir la cantilena de Fox, Calderón, Televisa, Krauze, et al., no es disentir; ridiculizar a un líder que encabeza una movilización política de la magnitud de la que hoy dicta la agenda nacional; no es debatir, ni equivocarse siquiera. Confundir el rating televisivo con personas, tampoco. Para JV el simulacro se da en las calles y la realidad en la televisión. Como si no hubiéramos sido testigos de cómo se aprobó la Ley Televisa-azteca, ni existiera un tal Gamboa Patrón en la Coordinación Política de la Cámara de Diputados, ni Kamel Nacif, ni Mario Marín arropado por FC, ni el PRI chantajeando a éste con Oaxaca. Claro, en las plazas siempre son más lo que no llegaron que los que vieron a Adal Ramones, la verdadera neta de la inclusión social. Y de nuevo, como las plazas se llenan todas con los mismos de siempre, no cuentan. Si LO no las llena con todos los mexicanos de una vez, mejor que asista al canal de las estrellas para que satisfaga a todos con su discurso o con un buen psicodrama tipo RBD.

Por supuesto, al final, no deja de condescender: el “derrotado” tiene fuerza moral. Y le recomienda, en un discurso amelcochado, pasar a retirarse para conservar lo “mucho que se ha ganado” y ver si para dentro de 6 años se le hace sentarse en la silla, a menos que con la opción que le pone,“preferir la leyenda a asumir un cargo” se refiera a otra cosa. Según JV, “LO sólo se deja aconsejar por su intuición” aunque sabe que lo hace en el vacío. Pero lo que verdaderamente desarma por contundente es aquello de que la fuerza de la izquierda está en la solidaridad, no en la confrontación; es decir, la izquierda debería dedicarse a la caridad y no a participar políticamente. Se le olvida que las únicas solidaridades que han ganado elecciones han sido la de Polonia, financiada por la mafia vaticana, y la de Salinas…

Algunas personas dicen que no debo perder tiempo en desbrozar artículos, sino a desentrañar argumentos y contraponerles otros. El caso es que cada vez que leo un texto de quien se considera que puede hacer una crítica plausible de lo que sucede hoy en México aparece siempre el mismo “argumento”. Nuestras más insignes intelectualidades mexicanas que han corrido en paralelo a nuestras costosas instituciones electorales; que acaparan los medios de comunicación monopólicos; que se han pasado años y años en la televisión, en cuanta conferencia, seminario, foro y mesa redonda ha habido, convenciéndonos de que la democracia es un mero trámite que hemos aprendido a cumplir muy bien gracias a sus enseñanzas y que lo demás es lo demás y no tiene importancia, no es determinante; que la transparencia es la suma de sus virtudes, aunque sus máximos exponentes se hayan quedado mudos.

Y llega el momento en que ese demás demuestra que la democracia no es un mero trámite. Y lo más importante, se lo demuestra a millones de personas que del asombro pasan al estupor, al coraje, a la indignación, a la movilización, a la resistencia, a desobediencia o a la insurrección, al motín, al despojo…

Pero, ah, estamos en la desobediencia y el tamaño del agravio es tal –papito chulo– que no se trata de un trámite burlado un poco. Y no ha habido violencia más que de los autoproclamados pacíficos. Cosa que quienes, desde la comodidad de la vida de intelectual mexicano de clases media y alta, no quieren ver; quieren ver a México como si fuera programa de televisión inglesa. Hace falta decirles que la democracia no es un trámite y, para el caso, existe una democracia mexicana que se caracteriza por sus determinaciones concretas. Y entre ellas, está una elite plutocrática constituida y transformada desde 1982, cuando menos, que ha mantenido el poder y que presume de controlar cerca del 80% del PIB. También habría que insistir que durante esos largos años, esa misma elite construyó el discurso de la democracia desajetivada, ahistórica, ficticia, y sobre él edificó una enorme burocracia pletórica de privilegios, que hoy se rasga las vestiduras no por la vergüenza de lo que ha hecho sino por haber ser atrapada en el acto.

También muchos millones de pobres estamos dispuestos a actuar políticamente en contra de la posibilidad de que se esa plutocracia se consolide con el apoyo de la derecha más recalcitrante. Hoy la democracia mexicana es también una enorme coalición de organizaciones que actúan políticamente en contra de aquélla. Y esa coalición ha elegido a un líder de la única manera en que un líder puede serlo: por la suma de adhesiones, de personas que confían en la capacidad de un liderazgo para conducir al barco y, por supuesto, que ha dado resultados, por más que JV no los quiera ver o los considere negativos.

Querer reducir el conflicto a la personalidad de Andrés Manuel López Obrador es desconocer que lo otro existe y opera. Que LO no podría existir como sujeto político si el conflicto político y económico no estuviera en el punto en el que está. Hay un líder porque hay crisis; porque la suma de votos, en esa parafernalia burocrática, no es la materia de la confrontación; no es problema de contabilidad ni mucho menos de tránsito, sino de ejercicio del poder. Y por supuesto que la confrontación es posible hoy porque las miles de personas en el Zócalo son mucho más que votos sufragados y mal contados.

Insistir, una y otra vez, con insidia o con ingenuidad, con mejor prosa o con peor crónica de hoy, en que hay un señor en la calle que sólo quiere protestar con un montón de fieles inconsultos; un líder que se inventa un fraude y los convence de ir con él en una ruta sin destino, más que la trascendencia de sí mismo, es una necedad. Querer negar que la elección fue algo más que desigual, es también desconocer que efectivamente esa elite económica ha impuesto al Presidente no sólo en contra de quienes votamos por LO, sino en contra de todos los millones que son pobres, medio pobres o medio ricos, hayan votado por quien hayan votado. Y al hacerlo ha puesto en juego al Estado mexicano. Esa plutocracia no se ha cansado de demostrar que es el peligro para los mexicanos y para México. Ha fracturado una parte sustancial del andamiaje institucional del país y de la sociedad política.

Es insostenible un Presidente de la Suprema Corte de Justicia que diga que un artículo constitucional está escrito con las “patas” y por eso no lo aplica para dar certeza a la elección. Es insostenible que esa misma Institución exonere a un pederasta amafiado con quien operó la aprobación de la Ley Televisa-azteca, que es hoy el coordinador de la bancada del PRI y Presidente de la Junta de Coordinación Política de la Honorable Cámara de Diputados; el mismo que hace 25 años fungía como Secretario particular del Presidente que abrió las puertas a la misma elite de la que hablamos, que nos machacó con millones de spots radiofónicos y televisivos con mentiras, amenazas y ofensas. Y a Juan Villoro le ofende que Calderón lo sitúe entre los que atacan a esas instituciones.

A mi me ofende que Juan Villoro repita, con golpes de pecho, la misma historia sobre la personalidad de LO, absolutamente arbitraria, que armó una persona que se beneficia directamente, que lucra de ello, pero que se presenta como desinteresado, demócrata impoluto. Como si no tener carnet de partido garantice neutralidad. Y el problema no es que Krauze se beneficie de ello, el problema es que arrastre consigo a tantos intelectuales, y de “izquierda”, que pretenden ser críticos y apelan a su sagrado derecho a disentir para decir lo mismo que el letrado señor que se sienta en el Consejo de Administración de Televisa. Por favor, mejor que escriba de futbol.

Por más que le concedamos que actúa de buena fe, JV quiere tapar el sol con un alfiler. Si cree que no hubo fraude, que no hay razón para combatir a fondo a Televisa, que Krauze no defiende sus intereses en las casas de apuestas, las que Santiago Creel obsequió al monopolio de la comunicación, es problema de él. Pero si en verdad quiere hacer una crítica constructiva a LO y lo que representa, podría decirlo con todas sus letras y no esconder sus creencias en una retórica sin sustento. Si le parece que LO ha dañado a la Izquierda que provea de datos concretos, fehacientes, que desmientan la dimensión y extensión de la coalición política que hoy actúa en defensa de sus posturas y que se enfrenta a un poder económico que quiere imponer la continuidad de su despojo contra la nación. La balanza está en la mesa.

La supuesta amenaza a la izquierda que representa LO no es más que la forma que adopta una crítica que no quiere ver la realidad y hace de Cuauhtémoc Cárdenas, Monsiváis y otros, personificaciones puras de la izquierda. Hoy como nunca, si podemos hablar de izquierda unida es porque la crisis la unificó y lo hizo en torno de un liderazgo que ha actuado con responsabilidad, habilidad y mesura; que ha sumado a miles y miles de personas organizadas en diversas formas y que no entraban en lo que comúnmente se denomina izquierda. Si no fuera por eso, estaríamos lamentando el estallido de los más agraviados y no festejando la construcción de la única vía política posible en este momento: la construcción de una sociedad política que ofrezca una opción al despojo escanciado con letras libres de todo referente concreto. El problema no es que LO confunda lo trágico con lo histórico; el problema es que se niegue la historia para ocultar la tragedia.

Alberto Schneider
Ateneo Los días terrenales
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He aquí el texto de Villoro.

Entre lo histórico y lo trágico
por Juan Villoro

Presentación de Proceso: Ante los retos de la izquierda mexicana en este momento poselectoral sin precedente, Juan Villoro la confronta con su capacidad para cumplir sus metas sociales. "López Obrador -reflexiona el escritor en este texto exclusivo para Proceso- se debate entre atender a la misión que se asigna a sí mismo como líder o mantener unida a una izquierda más amplia que sus corazonadas... López Obrador se deja aconsejar por una sola entidad: su intuición. Es imposible saber lo que le dicta en estos momentos, pero no es aventurado decir que confunde lo trágico con lo histórico".

¿Un radical fuera de temporada?
López Obrador ha encendido un debate sin precedentes. Felipe Calderón dedicó su campaña a denostarlo; el adversario le pareció más importante que sus propias propuestas. Lo mismo ocurre en las reuniones donde se dedican más energías a insultar al Peje que a elogiar a otro candidato. La situación es equivalente a la de quien detesta más a su exnovia de lo que ama a su novia.

En este enganche neurótico apenas hay tiempo para el matiz, y sin embargo urge establecer distinciones. En la dialéctica del todo o nada, las importantes victorias parciales de la izquierda han pasado casi inadvertidas. El PRD se convirtió en la segunda fuerza en la Cámara de Diputados, arrasó en el DF y acaba de ganar en Chiapas. Pero todo se oscurece ante el agravio principal: la pérdida de la Presidencia en una contienda probadamente injusta.

Incansable, dueño de un instinto que lo ha sacado a flote en situaciones muy arrinconadas, convencido a fondo de su papel histórico, López Obrador ha combinado una doble estrategia: la movilización popular y una gestión de relativa eficacia que no admite críticas. La primera sostiene a la segunda. El esquema resulta peculiar. En todo momento, el caudillo hace saber que su fuerza es la gente. Esto, con ser mucho, no es suficiente. La política se mide por apoyos, pero también por resultados.

Voté por López Obrador pensando en un proyecto que excedía a un líder en estado de gracia. Un desafío esencial de la política contemporánea consiste en volverla ciudadana: pasar de la democracia representativa a la democracia participativa. Este proceso de construcción incluye al PRD, pero está destinado a rebasarlo y acotarlo desde la sociedad civil. López Obrador enfrentó una propaganda aviesa que distorsionaba sus propuestas e infundía el miedo. Uno de los recursos para desactivar esta campaña fue la serie de videos ¿Quién es el Sr. López?, dirigida por Luis Mandoki. La sección en la que participé llevaba por título El mito del dragón. Ahí comenté que la campaña de descrédito equivalía a contar una leyenda amenazante sin otro criterio de veracidad que la sospecha.

López Obrador no se ha convertido en el temido monstruo de la fábula, pero sin duda se ha distanciado de la figura por la cual votamos. Todo empezó el mismo 2 de julio. Hacia las seis de la tarde, hablé con un amigo que trabaja en el hotel donde se encontraba concentrada la dirigencia de la coalición Por el Bien de Todos: "Están muy preocupados", me dijo: "Las noticias no son buenas". Las encuestas de salida en las casillas no daban los resultados previstos. Poco después, López Obrador apareció en la televisión, con cara desencajada. Las cámaras lo siguieron en su ruta de la sede del PRD al hotel. Aunque luego diría que contaba con pruebas inobjetables de su triunfo, no había el menor gesto festivo en él ni en su entorno. Marcelo Ebrard había recibido una votación espectacular, pero tenía un semblante adusto. Todos estos son signos externos, los únicos de los que dispone un cronista.

A las 11 de la noche, el IFE creó un vacío de información: no podía dar resultados. Anticipándose a cualquier versión oficial de la contienda, López Obrador llamó a sus partidarios al Zócalo, a celebrar el triunfo. Desde ese momento no ha reconocido otra fuente de información que sus propios datos. La extraña forma en que el IFE ofreció los resultados preliminares y el hecho de que casi tres millones de votos quedaran fuera por inconsistencias, permitió que López Obrador volviera a anticiparse: ante la crisis de credibilidad, aseguró que el IFE había consumado un fraude.

En un país donde se necesita instalar una Comisión de la Verdad para conocer los sucesos 20 años después de ocurridos, nada tiene tanta legitimidad como el rumor. En estas circunstancias, las explicaciones conspiratorias resultan siempre las más creíbles. El Tribunal Electoral enfrentaba el desafío de limpiar una elección puesta en entredicho. Los errores y las irregularidades eran suficientes para que la confianza sólo se restableciera con un recuento voto por voto.

Pero el Tribunal no optó por la vía que hubiera quitado argumentos a una de las partes contendientes. Antes de que se tomara esta decisión, López Obrador volvió a adelantar su reloj: acusó sin pruebas a los magistrados de recibir "cañonazos" de dinero y posibles puestos en el futuro gobierno. Un refrán popular empezó a circular en el plantón de Reforma: los jueces habían sido "maiceados"; picoteaban monedas como las gallinas picotean granos de maíz.

¿Tiene sentido descalificar de antemano al tribunal al que sometes tus demandas? Siempre anticipado, López Obrador asumió que el fallo sería negativo. ¿Qué prefería su inescrutable ánimo: el recuento real o la negativa que lo facultaba a tomar las calles, que, por otra parte, ya había tomado? La pregunta se volvió retórica el 6 de septiembre, cuando el tribunal aseguró que la contienda había sido injusta pero no tenía forma de sancionarla. Este vacío jurídico dio tardía validez a los reclamos del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. El tribunal no le entregó la silla, pero le dio algo acaso más valioso: razones para su causa.

¿Hacia dónde estamos nosotros?
Los millones de votantes de López Obrador sabemos que se cometió un agravio: un legítimo aspirante fue tratado como "peligro para México". ¿Qué viene a continuación? Las formas de protesta han dividido a la izquierda y amenazan con diezmarla. López Obrador se debate entre atender a la misión que se asigna a sí mismo como líder o mantener unida a una izquierda más amplia que sus corazonadas. Del 2 de julio a la fecha, ha actuado como si el respaldo fuera automático y se desprendiera en forma lógica de lo que propuso antes de la elección.

Por su parte, Felipe Calderón ha sacado conclusiones absurdas de lo que significó enfrentar a la izquierda. En su discurso del 10 de septiembre, en la Plaza de Toros, dijo que quienes lo apoyaban habían derrotado al caos y a quienes se oponen a las instituciones. Los 15 millones de mexicanos que votamos por López Obrador en el marco de la legalidad fuimos insultados por este primitivismo político. No votamos por los desastres que vinieron después de la elección, desde la falta de claridad del IFE hasta la reconocida impotencia del tribunal, pasando por el plantón de Reforma que ha llevado a una situación kafkiana: miles de pobres han perdido sus empleos y el gobierno de la ciudad, supuestamente de izquierda, ha compensado a los patrones eximiéndolos de impuestos que beneficiarían a los demás capitalinos.

En este horizonte confuso, la convención propuesta por López Obrador aparece como un foro no sólo oportuno sino urgente. Es necesario discutir las variadas opciones de la izquierda. Sería estupendo que fuera una plataforma de propuestas; sería dramático que fuera una asamblea constituyente. Se estima que 1 millón de personas estará presente. Una cantidad impresionante como movilización, pero menos de 10% de la gente que apoyó a López Obrador en las urnas.

Con la impulsividad de quien confunde la oratoria con el monólogo interior, López Obrador ha planteado la posibilidad de ser nombrado presidente alterno o en rebeldía por la Convención. ¿Qué significa eso? ¿Podrá expedirnos un pasaporte? Crear una presidencia paralela y ficticia debilita la lucha por la presidencia real que se debe obtener.

Rosa Luxemburgo advirtió con lucidez el "sustituismo" que aquejaba al Partido Comunista soviético: el partido único sustituía al pueblo, el comité central al partido, el buró político al comité central y Lenin al buró político. El lópezobradorismo está sometido a esta reducción telescópica. El 2 de julio, no le endosamos el futuro al candidato. Queríamos que ganara una elección. Nada más y nada menos. Si desea seguir otra estrategia (el vasto camino de la desobediencia civil), deberá convencernos.

El dolor de una derrota surgida de condiciones desiguales ha provocado una comprensible indignación. Sin embargo, la izquierda no puede renunciar a la obligación de criticarse a sí misma. No se trata de renunciar al cometido emancipador ni a la necesaria conducción de un líder como López Obrador. Se trata de mejorar estrategias y ampliar programas. Llegamos a un punto terrible, para el que no hay arreglo inmediato. Nuestros usos y costumbres dificultan el debate. En las tempestades, no hay matices. Aunque se esté de acuerdo en 80% de los puntos, poner algo en entredicho es visto por muchos como una traición a la causa. Hago mías las palabras del periodista y caricaturista Patricio: "Me preocupa el tono del movimiento; el que todo sea planteado en términos de blanco o negro, pues siendo así las cosas, cualquier crítica se toma de inmediato como una ofensa y coloca al que osa proferirla en la pira purificadora. Obviamente, en una situación así no hay espacio para la autocrítica. Me parece increíble que ahora Denise Dresser pueda pertenecer al grupo de los malos mientras que ¡Jacobo Zabludovsky ya sea bueno! Las personas son juzgadas a partir de su comportamiento en un solo evento, y todo lo demás se lo llevó la nave del olvido... Formar un gobierno paralelo o redactar una nueva Constitución significa no tomar en cuenta a 65% de los electores que votaron por los otros partidos y al resto de la población que no votó, caer en el 'ni los veo ni los oigo'. Ante la urgencia de enfrentar a una derecha desbocada y arrogante, la única aparente alternativa parece ser enfrentarla con lo que sea y como sea. Esto es, pepenando al candidato que esté a la mano y sea popular (Juan Sabines, por ejemplo) y que ahí quede la cosa: 'Se le ganó a la derecha, pasemos al siguiente frente'...

¿Cómo hacer compatible la masificación que la izquierda tradicional no había conseguido y la urgente necesidad de enfrentar a la derecha neoliberal con tener aunque sea un mínimo control de calidad?"

Las reflexiones de Patricio ponen en la mesa el derecho a dudar, a disentir e incluso a equivocarnos que debemos tener dentro de la propia izquierda. Si la derecha busca garantizar el status quo y por lo tanto preservar los privilegios y mantener la desigualdad y la discriminación (o, si acaso, atenuarlas en forma simbólica), el proyecto alternativo de nación debe ser incluyente y aceptar la fuerza creativa de la discrepancia.

El "rating" del Zócalo
En un país ultrajado por desigualdades, el arrastre de López Obrador ha sido único. Aunque puede ser hábil en las entrevistas, prefiere el coro de la multitud. Ningún candidato ha dependido tanto de las plazas públicas desde que existe la televisión. Es difícil no conmoverse ante las pruebas de adhesión que recibe de los expulsados del progreso. Sin embargo, con excesiva frecuencia, se desentiende de las razones de quienes no están ahí, ante el templete de sus preferencias. No se ha presentado como un estadista que concibe un país capaz de incluir a quienes no votan por él, sino como un caudillo en feliz retroalimentación con sus seguidores. Muy rara vez trata de persuadir. Los desastres de la patria son tan evidentes que considera que basta exponerlos ante sus fieles. Su continuo ataque a los medios ofrece una clave de su temperamento. La plaza representa para él la verdad y la televisión un simulacro. Cree en el contacto directo y refrenda a diario su pacto de lealtad con quienes lloran estremecedoramente en su camisa. Este esencialismo comunitario ("no estás solo") se convirtió durante la campaña en una suerte de dogma moral. La paradoja es que en las plazas siempre son más los que no llegaron. El afán de estar cerca de los otros desemboca así en una situación excluyente.

Dicha ante los incondicionales, la frase "cállate, chachalaca" puede ser divertida. En el resto del país se entiende de otro modo. La desconfianza de López Obrador ante las estadísticas y las encuestas hace pensar que para él sólo es real lo que aclama. Las cifras silenciosas son conspiratorias.

Las contiendas democráticas modernas suelen ser psicodramas que se resuelven en la pantalla. En este teatro de figuraciones, los gestos y la fotogenia importan más que los mensajes. López Obrador decidió, con razón, no hacer una campaña exclusivamente mediática, pero confió en las plazas al grado de ofrecer un discurso que satisfacía básicamente a los ahí presentes.

El primer militante de la nación se dispone a encabezar otro movimiento. Está en el territorio donde se siente cómodo. Las privaciones lo estimulan. Su valor y sus convicciones se agrandan en la inclemente intemperie.

No es casual que en su discurso reciente comparezcan, de manera directa o velada, otros sufridos héroes cívicos: Gandhi, Luther King, Mandela. Todo parece indicar que su lucha será ardua. Dispone de una base social para dificultar la gobernabilidad y mantenerse en las noticias de las que tanto desconfía.

La izquierda enfrenta un desafío mayúsculo: una estrategia incorrecta puede poner en entredicho una causa justa. No hay duda de que la elección fue desigual, pero hay diversas formas de elaborar políticamente la injusticia. El día nacional de Cataluña conmemora una derrota y las placas de los coches de Québec llevan la leyenda "je me souviens" en recuerdo de otra caída. No lo hacen por derrotismo. Quien es vencido por las malas dispone de fuerza moral. No es lo mismo resignarse que aprovechar una derrota injusta para construir y confirmar que se tenía razón.

En el caso de López Obrador, los agravios reales (la campaña del miedo, el papel del gobierno en la contienda, la negativa a limpiar la elección) pueden servir de fundamento para consolidar una alternativa duradera. No es fácil actuar con madurez ante el desasosiego. Sin embargo, pasar de la estrategia electoral a una movilización cuyo único principio rector sea la protesta ante la usurpación puede tirar por la borda las muchas cosas que ya se han conseguido.

López Obrador se deja aconsejar por una sola entidad: su intuición. Es imposible saber lo que le dicta en estos momentos, pero no es aventurado decir que confunde lo trágico con lo histórico. Pocas veces, los mexicanos usamos el verbo "arrostrar". Él está dispuesto a hacerlo. Una arraigada tradición nos ha hecho saber que toda grandeza, si es nuestra, también es dolorosa. Nuestras principales obras de arte reflejan el desgarramiento, la condición herida, y nuestros próceres derivan su gloria de tragos amargos.

López Obrador podría perfeccionar su papel de inconforme irreductible en la tormenta de la historia: preferir la leyenda a asumir un cargo. ¿Qué horas marcará el sol de la izquierda? ¿Es posible dar la espalda al pesimismo? Me atrevo a decir que es inevitable. La fuerza de la izquierda no está en su capacidad de confrontación, está en su solidaridad. Su estrategia debe prefigurar la sociedad por la que lucha. Jaime García Terrés puso en verso esta esperanza:

Ven. Al caos iremos otro día.
Ahora ven y préstame la fuerza
Increada que fluye de tus manos.

Tuesday, September 12, 2006

Hombres necios que acusáis...

A continuación presentamos un artículo de Christopher Domínguez Michael aparecido en el número de septiembre de la revista literaria Letras Libres -como si las letras gozaran de libertad; al rato van a proponer la declaración universal de los derechos de las letras. Fiel a su credo que lo ensordece, el autor, que no ha escuchado nada que pruebe el fraude electoral, hace una muy objetiva y precisa descripción de los intelectuales que apoyan a AMLO.
Después de este texto, viene la crítica.


Servidumbre voluntaria
por Christopher Domínguez Michael


El espantapájaros de la reacción católica sirve de coartada moral a muchos intelectuales para suscribir acríticamente las acciones antidemocráticas encabezadas por López Obrador. Este hechizo colectivo, o servidumbre voluntaria, es analizado por Domínguez Michael. (Así lo presenta la revista)

Él mismo quedará derrotado desde el momento en que la gente no consienta en servirle.
Se trata, no de quitarle nada, sino de no darle nada.
La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria.

Pocas veces en nuestra historia tantos intelectuales, artistas y profesores se habían puesto, con semejante entusiasmo y tan resuelta sumisión, a las órdenes de un jefe político, como ha ocurrido, después del 2 de julio, con López Obrador. El espectáculo ha sido deplorable. Desde que el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), para contrarrestar la mercadotecnia electoral que lo señalaba como lo que desgraciadamente es, un peligro para México, decidió parapetarse en la fama pública de algunos escritores, la complicidad quedó atada y amarrada. Se inventó un complot de la ultraderecha y con esa cantilena se engatusó a un grupo de escritores extranjeros, quienes dieron su firma protestando contra una andanada nacida del delirio de persecución. Desde entonces, para justificar su adhesión a la campaña de López Obrador, agitaron el petate del muerto de la reacción católica. Nunca está de más defender el Estado laico, pero basta con ver lo que está ocurriendo en Oaxaca para comprobar que es la combinación entre el corporativismo y la izquierda radical, no los fantasmones ultramontanos, lo que está poniendo a prueba nuestra vida democrática.
Una vez que el candidato del PRD perdió las elecciones, la opinión pública se fue infestando de una amplia variedad de mentiras, y entre ellas no ha sido menor el número de las esparcidas por los intelectuales. Han dicho, por ejemplo, que la prensa extranjera respalda sus quejas, cuando lo contrario es la verdad: en el mundo entero se reprueba la deslealtad del PRD hacia las instituciones democráticas. También se ha afirmado, ofendiendo el sentido común de quienes fuimos testigos del fraude electoral de 1988, que la elección presidencial de 2006 es una repetición de aquélla. Si la primera fue una tragedia, ésta es una farsa, para utilizar la archicitada frase de Marx. Y la versión entera de la historia de México que maneja López Obrador parece provenir de Los agachados y de Los supermachos, aquellas historietas didácticas que nutrían a la izquierda mexicana durante los años de plomo del PRI. Lo asombroso es escuchar a varios de los más prestigiados de nuestros escritores suscribir esa caricatura rústica, lóbrega y maniquea. Leer La Jornada o Proceso, la prensa que le es adicta al demagogo, es una curiosa aventura: asomarse a un mundo al revés.
Ni el demagogo ni su partido estaban preparados para la derrota, y cuando ésta se les vino encima tocó a los intelectuales una actuación protagónica en la embriaguez colectiva y en el embrujamiento patológico, haciendo el papel de contorsionistas y de maestros de ceremonias. Si López Obrador perdió fue porque es la víctima propiciatoria del mal, se deduce casi literalmente de sus dichos. Todo lo que proviene del gobierno (salvo si es el PRD el que gobierna) es diabólicamente perverso, uno piensa al tratar de interpretar su lógica. Si la realidad no cuadra, peor para la realidad, ésa es su divisa. Son escritores y artistas que contribuyeron al montaje de una realidad paralela, “el fraude electoral”, verdadera obra maestra del teatro callejero y de la farsa ideológica, representación aderezada con letanías, jaculatorias y estribillos que se predicaron para socializar el insulto y la calumnia. Pero pasaron los días y las semanas y el fraude no aparecía, ni en las pantallas de las computadoras ni en los paquetes electorales que el Tribunal Electoral ordenó abrir. El perjuicio ya estaba hecho, y quedará registrada, como una de las lecciones más amargas del 2 de julio, la servidumbre voluntaria de los intelectuales ante ese proyecto de desmantelamiento del sistema democrático que ha sido, de principio a fin, la característica esencial de la campaña de López Obrador.
Muchos de los intelectuales que apoyaron a López Obrador desde el comienzo de su aventura, lo hicieron atraídos por la quimera igualitaria del populismo. Otros personajes, los que marchan en el malecón de La Habana para festejar al dictador de Cuba y desean restaurar en México, corregida y aumentada, alguna clase de régimen autoritario, ni se tientan el corazón ni padecen de grandes problemas de conciencia. Algunas almas bellas, en cambio, se manifestaron engañosamente neutrales y dijeron que ellos no apoyaban al demagogo sino el recuento, voto por voto, de la elección, como si esa consigna propagandística no ocultara la voluntad de vulnerar, a beneficio del PRD, el sufragio efectivo. Quedan, finalmente, los que se manifiestan por amor a la vida mundana. La cursilería, la vanidad insatisfecha y las astillas atragantadas del muro de Berlín son otras de las características de una farándula militante que dio en el blanco, logrando que la fabricación mitomaníaca del fraude se arraigue en la memoria histórica de las nuevas generaciones de mexicanos.
También ha sido muy sorprendente la manera en que esos mismos entusiastas de López Obrador traicionaron lo que uno creería que les era más íntimo. No sólo apoyaron, con grados de entusiasmo que iban desde la mustia aquiescencia al delirio sistemático, a un candidato que tuerce el ceño y se tapa la nariz cuando se le habla de la vindicación legal de las parejas homosexuales y de otros derechos que están en la agenda de la nueva izquierda. No les bastó, para no irritar a su caudillo, con esa escandalosa omisión: descalificaron y excomulgaron a Patricia Mercado, la candidata feminista que oportunamente se llevó una pequeña parte de los votos de la izquierda, aquellos que quizá le habrían dado el triunfo a López Obrador.
Casi todo se ha dicho sobre las elecciones del 2 de julio e, infortunadamente, las aventuras del demagogo seguirán dando de que hablar. “No supieron ganar y no saben perder”, es la expresión adecuada para describir el sentimiento de los perdedores. Tendrán que tomarse su tiempo para asimilar la frustración. Pero lo peor es que diferencias de apreciación tan agudas como la que separa a quienes pensamos que las elecciones fueron equitativas, justas y legítimas de los que las consideran fraudulentas no pueden venir sino de concepciones mutuamente excluyentes de qué es una democracia. Mientras que los liberales pensamos que la democracia se sustenta en un conjunto de reglas verificables y anticlimáticas, buena parte de la izquierda tiene una noción bien distinta de democracia. Ellos consideran la democracia como un estado permanente de agitación, el éxtasis colectivo y redentor que fluye entre el caudillo y la muchedumbre. Por ello disfrutan tanto de las peregrinaciones y se prosternan ante la asamblea que acata y festeja. De la democracia sólo les interesa lo que buenamente entienden por la soberanía popular y la voluntad general. Son, para decirlo de manera muy elegante, más jacobinos que demócratas.
El problema no es quien deposita más fe, si nosotros en las instituciones democráticas o ellos en la mitología del fraude. La cuestión está en si se aceptan o se rechazan los datos empíricos: los votos que los ciudadanos contaron el 2 de julio le dieron la victoria al candidato del Partido Acción Nacional. Se me dirá que los argumentos de uno y otro bando son intercambiables. No lo creo. Una de las diferencias está en que yo no pensaría jamás que Felipe Calderón es un salvador de la patria. Pero es un presidente legítimo cuyo triunfo ha desatado una virulenta rebeldía antidemocrática.
En un par de meses, López Obrador ha derrochado el capital cívico que la izquierda mexicana acumuló durante décadas. El PRD, atizado por sus propagandistas, no ha sabido comportarse como lo que es, una parte del Estado mexicano en el ámbito Legislativo y Ejecutivo, una fuerza que gobierna desde hace nueve años una de las ciudades más grandes del mundo. La ciudad de México que su ex jefe de gobierno trata, en estos días, como un ocupante que vivaquea en descampado ante el temor de los vecinos.
No hemos escuchado todavía una explicación –que sería bienvenida por miles de sus votantes– de cómo fue que el PRD perdió unas elecciones que tenía, según casi todas las encuestas, ganadas. En el séquito del demagogo sólo se escuchan los acatamientos medrosos. Pero ya aparecerá quien le diga al rey que va desnudo.
Nadie, y así lo cuenta la historia del siglo pasado, peor preparado para aceptar la realidad que un intelectual ante las puertas del paraíso. Pero ya llegará, que siempre llega, el edificante espectáculo y, una vez que se les caiga la venda de los ojos, que se les caerá, seremos testigos de las palinodias, de los arrepentimientos líricos y de las confidencias apesadumbradas. Pero más allá de que la sintomatología descrita sea una constante en la tiranofilia de los intelectuales, no deja de seguir siendo enigmático que un demagogo con una ambición de poder tan desmesurada se haya adueñado de tantas inteligencias. Será que la izquierda tiene necesidad de enamorarse. Todavía nos deben, algunos de los protagonistas de la campaña electoral y de la “resistencia civil”, el relato de cómo terminó su relación anterior, la historia de amor con el subcomandante “Marcos”, de quien hoy huyen como de la peste y quien todavía en una fecha no tan lejana, el 2001, los tenía arrobados y temblorosos.
Es gravísimo que López Obrador insista en que la victoria de su adversario es moralmente imposible. Que un candidato, sea de izquierda o de derecha, sostenga esa opinión lo coloca fuera, aun de manera retórica, del campo democrático. Me pregunto quiénes, entre los escritores, artistas y profesores que han comprometido su reputación en nombre del jefe político, lo seguirán en ese camino de purificación que el propio López Obrador ha bautizado sin eufemismos.

México, DF, a 21 de agosto de 2006.


He aquí la crítica:

Hombres necios que acusáis…


Pocas veces en nuestra historia tantos intelectuales, artistas y profesores se habían puesto, con semejante entusiasmo y tan resuelta sumisión, a las órdenes de un enano político, como ha ocurrido, antes y después del 2 de julio, con Felipe Calderón. El espectáculo es deplorable.

Desde que Carlos Salinas afirmó[1] que López Obrador (LO) es un peligro para México y América Latina, la posición política de una considerable parte de nuestra intelectualidad asumió tal afirmación como ariete discursivo, sin más argumento que el mote de populista, término al uso que, sin embargo, ha sido definido con nociones vagas y que se refiere, básicamente, a un pasado “ya superado” de políticas centradas en la predominancia de Estado en la vida económica del país. Es el fantasma que el neoliberalismo, desde la plataforma del rational choice y el eficientismo económico, ha querido exorcizar. Letras Libres ha sido uno de los principales foros de esta postura, con un momento emblemático cuando en el número de junio de este año publicó el artículo –“El Mesías tropical”–, de su director, Enrique Krauze, adornando su portada con la imagen más deplorable de su historia y, tal vez, de la historia de las revistas literarias de nuestro país. Hasta ahora, ese discurso para descalificar a LO ha sido una constante acrítica en innumerables artículos en todo tipo de prensa, programas de televisión de “análisis” político y charlas de café.
Sin duda, las elecciones de este año han puesto de manifiesto la pobreza argumentativa de una buena parte de nuestros intelectuales. Efectivamente, muchos hay que se pusieron de lado de LO sin cuestionarlo. Pero muchos también están en su contra y han aceptado sin pudor tesis de una pobreza teórica que debiera avergonzar a cualquiera que se respete a sí mismo. Pretender hacer análisis político desde la plataforma de una psicología de boticario ha sido la norma de la mayor parte de quienes han cuestionado a LO y a quienes, con él, han puesto en tela de juicio la “democracia” mexicana.
En esta circunstancia, hemos constatado cuán vacua y falaz es nuestra inteligencia oficial. De Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín no sorprende pues han dado muestras fehacientes de que sus intereses están por encima de cualquier otra consideración. En el caso de Christopher Domínguez Michael (DM) no parece que sean intereses económicos o políticos lo que lo hacen pergreñar un texto como el que se comenta. La calidad de su trabajo como crítico literario es suficiente para abrirle cualquier puerta y no necesita quedar bien con nadie. La primera sorpresa fue cuando firmó el desplegado impulsado por José Woldenberg, en el que un grupo de intelectuales, sin mayor sustento que su propio prestigio, afirmaron que las elecciones fueron auténticas, que “siguieron” las pruebas presentadas y que no hubo fraude. En ese momento pensé que lo había firmado por ingenuidad, por descuido o por desconocer su contenido completo –como han expresado algunos de quienes lo firmaron. Ese desplegado es un insulto a la inteligencia y es, en todas sus partes, un auto de fe, que contradice cabalmente todo principio de rigor analítico.
Sin embargo, al leer su artículo, la sorpresa ha sido sustituida por la decepción y la tristeza. Es triste ver cómo una persona que ha destacado por su inteligencia, por un trabajo realizado con tesón y rigor, con una voluntad crítica sin concesiones, aún por una cierta soberbia que le permitía la erudición inteligente que lo identifica, se arroje a las más pobre apología del poder mexicano para aporrear a LO y sus seguidores. Domínguez Michael ha destacado, en el medio literario mexicano –el del halago fácil y convenenciero al trabajo de los cuates, de la pleitesía a los grandes nombres y a los importantes funcionarios– por arriesgar críticas y cuestionamientos que le han valido imprecaciones y denuestos y que han lastimado el amor propio de no pocos escritores. Ha forjado una obra intelectual relevante. Su antología de la narrativa mexicana o su reciente libro sobre Fray Servando confirman la solidez de sus esfuerzos por ofrecer una visión crítica, detallada y puntual, acuciosa y pormenorizada de su objeto de estudio. Aplaudí, por ello, el que se le haya entregado la Beca Guggenheim.
Afortunadamente sus principales intereses giran en torno a la literatura y no a la política. Hoy que aborda la situación política, lo hace claudicando de todo rigor, de toda inteligencia. Las herramientas intelectuales que lo han caracterizado no aparecen en este deplorable texto, que exuda coraje e insidia, cinismo y necedad. Flaco favor se hace a sí mismo y a la intelectualidad en la que se sitúa, la de los libres, que se oponen a los siervos que defendemos la postura de que estas elecciones fueron fraudulentas.
Como si hiciera falta situarse al nivel de Adal Ramones, afirma que LO es un peligro para México; que se inventó un complot y en su delirio de persecución ha arrastrado a la complicidad a importantes intelectuales para luchar contra el “petate de muerto” de la ultraderecha; es decir, una derecha inexistente, que no aparece por ningún lado y que es pura fantasía, un “fantasmón ultramontano”. Habría, pues, que concederle al loco ese de LO una habilidad extremadamente afilada para engatusar y poner a su servicio, para infestar de mentiras la opinión pública, a filósofos, literatos y artistas, a matemáticos, físicos y otros científicos que demostraron inconsistencias mayores en las cifras del IFE, incluso a magistrados y jueces que dejaron asentadas en actas las irregularidades en el 65% de los paquetes que el Tribunal Electoral mandó revisar y que involucran 1.5 millones de votos espurios –término del Tribunal.
Por supuesto que no defiendo la uniformidad, ni mucho menos la unanimidad de posturas frente a la situación política de nuestro país. Nunca como hoy es tan necesaria la crítica y el análisis de nuestra realidad política. Si DM está en contra de LO valdría la pena que, en uso de sus facultades mentales, libres de la enfermedad que nos ataca a los siervos, escribiera con el rigor exigible en cualquier análisis: partir de una plataforma teórica precisa y de ella, con método consistente, desbrozara uno a uno los componentes que determinan la situación actual y elabore una síntesis plausible que explique el panorama. Sin embargo, DM parece no darse cuenta de que hace exactamente lo que más cuestiona. Es decir, miente y caricaturiza la situación.
Dice que los siervos intelectuales que acompañan a LO afirmaron que la prensa extranjera lo apoya y que eso es falso: el mundo entero lo reprueba por su “deslealtad” a las instituciones. Miente DM con esa afirmación pues no hubo tal aseveración de los intelectuales, ni de LO. Si alguno lo dijo, eso no es infestar la opinión pública. Lo que hubo fue un llamado a la prensa internacional para que hiciera lo que hace comúnmente cuando en algún lugar se da una situación de tensión política. Mandar reporteros a investigar. Sabemos que a la prensa internacional se le facilita su trabajo en México. Por cierto, un reportero del NYT fue testigo, y así lo publicó, del dobleteo de votos espurios en favor de Calderón en seis de seis paquetes electorales abiertos en un distrito de Jalisco, aunque, claro, ha de haber sido por caer enfermo de servilismo mendaz.
Sería bueno que DM nos aclare en qué se basa para afirmar que en 1988 sí hubo fraude, ya que dice, fue testigo. Seguramente tiene pruebas contundentes, inatacables, y no es sólo una afirmación de sentido común, que como tal no vale ni el papel en que está escrita. De mucho nos serviría para confirmar lo que millones de personas denunciamos. Deben ser pruebas más sólidas y consistentes que el millón y medio de votos de los que no sabemos a dónde fueron a parar o de dónde salieron; deben ser más contundentes que los 450 millones de impactos mediáticos que contrató la Presidencia demócrata de la República en tres meses; deben ser más claras que el chantaje empresarial y los 7 millones de correos electrónicos en contra de LO que se enviaron desde la oficina del Secretario de la Función Pública –hecho confirmado por la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales posiblemente en un arranque de locura servil. Si para DM el inexistente fraude en estas elecciones es una farsa comparado con el de 1988, sería bueno que convenciera a los consejeros del IFE en varios estados que denunciaron la manipulación de la que ellos sí fueron testigos.
Hace, también, una caricatura “rústica, lóbrega y maniquea” cuando afirma que la versión de la historia de LO es tal y para demostrarlo hace un riguroso análisis científico, valido de términos acuñados por la más estricta ciencia política, como “embriaguez colectiva”, “embrujamiento patológico”, “contorsionistas” y “maestros de ceremonias”. Es casi hegeliano cuando nos ilumina sobre la personalidad del Mesías. Según deduce con brillantez DM, lo que le pasa a LO es que se considera “víctima propiciatoria del mal” y que su divisa es que, si la realidad no cuadra, peor para ella; la denuncia del fraude es para el ínclito pensador una muestra de “teatro callejero y de la farsa ideológica” que sirven para aderezar el “insulto y la calumnia”. Cuidado, señor Domínguez, tal vez esté enfermando, su texto está repleto de insultos y calumnias; el médico Krauze le podría recetar algo, no vaya a ser que esté cayendo en la órbita de este proyecto de desmantelamiento del sistema democrático que dirige LO.
Pero lo destacable de este texto está en sus conclusiones: nosotros los liberales “creemos” que la democracia se sustenta en un conjunto de reglas “verificables y anticlimáticas”(¿?). Para los siervos enfermos es un estado cuasimístico de agitación, éxtasis colectivo y redentor. Lo bueno es que DM no es caricaturista, o monero como les dicen aquí, porque los desplazaría a todos. Como si la democracia pudiera reducirse a una serie de reglas y nada tuviera que ver con la constitución y ejercicio del poder en realidades concretas. Si fuera sólo eso, un mecanismo de relojería, nada distinguiría políticamente a Alemania o Suiza de México. Y aún si la democracia fuera sólo eso, DM debería aceptar que se violaron esas reglas procedimentales que tanto alaba y que las instituciones que tanto ama fueron saboteadas desde su interior. Si quiere pruebas empíricas puede revisar las actas de las sesiones del Consejo General del IFE.
Luego afirma que lo importante no es la fe de cada quien –acepta la suya, lo cual se le reconoce– sino los datos empíricos: los votos que los ciudadanos “contaron” el 2 de julio. Lo que no explica es porqué 230 mil votos que le dan el triunfo a Calderón en 130 mil casillas son pruebas empíricas y el millón y medio que registraron lo jueces y magistrados en sólo 6 mil casillas no son más que fantasías de mitómanos. Ni los magistrados del Tribunal Electoral se atrevieron siquiera a concluir que las elecciones fueron equitativas, justas y legítimas. Claro, DM no ha escuchado una explicación de porqué perdió el PRD; es decir, no ha escuchado nada. Si hace falta que alguien le diga al rey (LO) que va desnudo, hace aún más falta que los demócratas sin adjetivos expliquen tales adjetivos, tan de su gusto.
Luego hace un cuestionamiento preciso: la supuesta omisión de los intelectuales, gravísima para DM, respecto a la postura de LO en relación con los derechos de homosexuales. Probablemente no escuchó tampoco entonces, cuando la Ley de Convivencia fue rechazada en la Asamblea Legislativa del DF, las críticas acerbas de muchos de quienes ahora lo apoyan. Sin duda tiene razón en cuestionar a LO, de ser cierta su postura –de la cual faltan pruebas empíricas, por cierto–, pero justificar con eso su apoyo a Calderón es querer sostener un edificio con un clavo. Por lo visto es más importante la ley de convivencia en el DF que la educación sexual en secundaria, prohibida en entidades gobernadas por la derecha inexistente. Para DM es inadmisible que millones de personas defiendan su derecho a saber qué pasó realmente en la elección si antes no se defendió el derecho a formar parejas de homosexuales. Con respecto al zapatismo, no es tan difícil encontrar razones para que la “izquierda” se haya distanciado de Marcos: con razón o sin ella, Marcos saboteó la campaña de la Coalición, cuando existía la posibilidad de vencer electoralmente a la derecha, la que sí existe y actúa políticamente, aunque nuestro autor no la vea ni la oiga, más que para defenderla.

“Nadie, –dice DM– y así lo cuenta la historia del siglo pasado, peor preparado para aceptar la realidad que un intelectual ante las puertas del paraíso.” Christopher Domínguez Michael acaba de demostrar que sí hay alguien así: un intelectual que se cree dentro del paraíso.


Ateneo Los días terrenales
Alberto Schneider

1. IX Foro sobre América Latina en el Instituto Tecnológico de Massachussets, en la ciudad de Boston, Estados Unidos, (IX Latin Conference, MIT Sloan), marzo, 2006.