Monday, March 26, 2007

La reducción tecnocrática

Ya se habrá percatado el lector de un nuevo humor en las tomas de posición políticas de la actualidad: el intento de reducir la política a la técnica, a las políticas públicas, como se afanan en llamar al campo diciplinario en el que se encuentra en juego el monopolio de la descripción legítima de los problemas técnicos que enfrenta todo proceso político, así como de la prescripción que conviene adoptar.
Esta intentona reduccionista aparece, claro, cuando hay abundantes indicios de que esa dimensión técnica parece estar al servicio de esquemas de dominación crecientemente invadidos de pequeños intereses depredadores que se articulan en coaliciones político-partidistas y desplantes orientados a la "participación", por parte de grupos de intereses especiales. Y ahora hay que hablar de gobernanza.
La llegada de las políticas públicas como disciplina con su propio arsenal teórico-metodológico, sus propias prácticas y sus propios rituales internos, puede fecharse en el primer tramo de los años noventa. La publicación de una serie de lecturas editadas por Miguel Ángel Porrúa bajo la dirección de Luis F. Aguilar puede ser considerada el momento iniciático de esta disciplina en México. A partir de entonces se han abierto prosgrados en la materia, ha crecido el número de especialistas en diferentes rubros y, adicionalmente, se ha logrado la inserción de esos especialistas en los espacios mediáticos. Gracias a este proceso de consagración disciplinaria, se ha logrado un saludable enriquecimiento del debate público, una vez que se ha logrado introducir con éxito la idea de que los proyectos políticos tienen que procesarse por medio de las inevitables consideraciones de factibilidad, sostenibilidad financiera y jurídica, así como del tomar en cuenta los problemas que habrá de enfrentar la puesta en marcha de los programas en que desembocan las políticas públicas.
Todo lo anterior está muy bien, excepto cuando en las luchas políticas del momento se pretende destruir políticamente a un adversario, real o imaginario, con el argumento de la incompetencia técnica y se quiere hacer pasar lo anterior como si se tratara de un argumento en sí mismo "técnico".
En efecto, este humor de los comentaristas políticos, este clima de opinión que se va generando por medio de opiniones aparentemente sueltas y casuales, contribuye a colocar en el sentido común de nuestro tiempo que las mayores disputas pueden ser zanjadas con una buena disposición al diálogo y la búsqueda de los términos en que se zanjan las disputas: el terreno científico-técnico. Sin embargo, ese humor no puede pasar de ser lo que es (ideas bonitas, esperanzadoras visiones de lo que debería ser), mientras nadie se cuestione por las condiciones en que las disputas técnicas son zanjables. Y sin tener en claro lo anterior, las manías de los profesionales de la opinión no dejarán su condición de doxa, opiniones, pensamientos previamente pensados pero que no han sido debidamente repensados ni argumentados.
Los debates de política (es decir, relativas al campo de la política pública) suponen que existe un suelo común en el cual tiene sentido formular argumentos, ajustar propuestas, establecer criterios para dilucidar cuestiones que deben ser zanjadas. Ese suelo común puede ser pensado como un entorno institucional estable, en el que se encuentra fuertemente instituida la práctica del debate. Esta práctica, exaltada tanto por los defensores del democratismo como por los cultivadores de las políticas públicas, supone a su vez que hay una valoración positiva del mero hecho de debatir. Esta valoración, inculcada y practicada continuamente, inscrita en la formación de los futuros tecnócratas, convertida en un automatismo por las propias reglas del campo político, se ve rápidamente deteriorada o -diríase- destruida cuando a un adversario se le adjudica, por ejemplo, el ser un agente de la irracionalidad, de lo imprevisible y, por esa vía, un peligro. ¿En dónde queda la disposición al diálogo en tales condiciones?
¿En dónde queda la valoración del diálogo cuando se permuta el debate por campañas televisivas y radiofónicas que no hacen sino autoproclamarse como la mejor opción?
El suelo común que da cabida a que los debates técnicos sean una actividad razonable, que da cabida a la idea de que el hacerlo tiene sentido, incluye también lo que en política se considera como "acuerdos básicos". Estos acuerdos se refieren típicamente a las reglas con las cuales se resuelven las diferencias políticas. Si la palabra "transición" tiene en México algún sentido identificable, éste tendría que ser que se ha vivido un periodo en el que se han creado nuevas reglas y que los partícipes ajustan sus comportamientos presentes y futuros al nuevo entorno normativo. Se nos dijo ad nauseam que esas nuevas reglas cabían en una palabra: democracia. Los cientos de miles que consideran hoy que esa nueva regla realmente no rige nada en la política mexicana viven un nuevo ajuste: nada ha cambiado realmente.
La reducción tecnocrática aparece cuando se le recomienda a la izquierda (o sea, al PRD o al FAP) que contrate especialistas en política pública, como lo hacen quienes -como Denise Dresser- consideran que hay que dar un nuevo rostro a la izquierda. Hay que olvidarse de las "grandes transformaciones", de las "grandes causas" y circunscribirse a la política pública; hay que permutar la política por las políticas, el histrionismo por la efectividad, los decibeles de la lucha en la calle por las razones y argumentos en las cónclaves de especialistas. Esta permutación implica -no hay que dejar de observarlo- una reducción intelectual y práctica que parece dar por sentado que aquí, en México, ya estamos de acuerdo en las cosas fundamentales (los qué) y nos falta nada más "sentarnos a discutir" los cómo.
Los defensores de la reducción tecnocrática se presentan en todos los casos sobreestimando la "institucionalidad democrática" y subestimando el potencial del conflicto. Creen que los desacuerdos políticos se resuelven por medio de las elecciones y lo demás se arregla con políticas públicas. Piensan que nuestro problema es cómo asegurar una "buena gobernanza" y callan ante el grave problema que implica la polarización, la cercanía de la violencia y la puesta en marcha de todo tipo de dispositivos para perpetuar la expoliación y las injusticias.
La conducción de todo proyecto político supone un saber técnico capaz de traducirlo legislativamente y convertirlo en programas de gobierno. Reducirlo todo, sin embargo, a un asunto técnico, de políticas públicas, equivale a incurrir en un error lógico de gravedad y a apostar porque en México se pueda disfrazar cualquier mecanismo de expoliación público-privada de una decisión "técnicamente correcta".
Antes que exigir argumentos a los opositores, sería saludable para la república que los defensores del reduccionismo tecnocrático (y también podría decirse: el tecnocratismo reduccionista) examinen la justeza y corrección de lo que defienden. Todavía pueden corregir.

Monday, September 25, 2006

Los invasores

Los evasores y los invasores
Presentamos un pequeño texto que se había perdido entre archivos, escrito a partir de un artículo de Carlos Elizondo Mayer-Sierra, connotado analista político muy apreciado por las empresas de comunicación y, por lo que podemos leer en su artículo, de una inteligencia feroz aunque difícil de tomar en serio, así que nos permitimos presentarlo aquí como una especie de divertimiento...

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Allá en los albores de los estudios de biología, un científico connotado había pasado muchos años estudiando a los renacuajos. Produjo interesantísimas disquisiciones sobre la relación entre morfología y comportamiento. Pudo dilucidar la relación exacta entre el número de manchas en el costado de un renacuajo y su tendencia a girar hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo que no pudo determinar con precisión –en realidad no le dio importancia– es la relación que tenía este comportamiento con el lugar donde caía la piedra que aventaba durante sus observaciones.

Ahora que leí el artículo de Carlos Elizondo Mayer Sierra, “La república informal“ me acordé de aquel estudioso. Clasifica al ser humano –bueno, a los mexicanos– en dos partes, definidas en función de su estatus tributario. La primera categoría define a quienes sí pagan impuestos: está compuesta por los formales. La segunda, que no paga impuestos, por los informales. Cada una tiene, en función de ello, varias características.

De los especímenes de la primera categoría, menos determinados en sus características, tenemos que son ciudadanos, ocupan predios propios, tienen licencia de construcción, siempre pagan los productos que venden. Tienen una república formal con un nuevo gobierno que quiere aplicar la ley y a veces muerden sin recato (así dice). Por supuesto cuentan los votos, son demócratas, como lo acaban de constatar.

Los de la segunda, los evasores, tienen más atributos. Las investigaciones del Dr. CEMS han analizado con mayor detalle a los miembros de esta categoría y le han permitido desentrañar sus orígenes, su forma de actuar, sus objetivos ocultos, sus pensamientos y hasta sus deseos individuales. Son una “suerte de ciudadanos” ambulantes, pagan cuotas a sus líderes para vivir fuera de la ley, ocupan predios impropios o la calle para vender productos que a veces no pagan, participan en marchas y plantones, en unas ocasiones por razones propias y, en otras, por razones impropias. Son capitalinos y, por supuesto, son los que votan por el López Obrador. En el extremo violento –¿al sur?– se dedican al narcotráfico y la prostitución.

CEMS profundiza: Las autoridades formales surgidas del PRI, para sostenerse en el poder, pactaban, poquito, a cambio de impunidad, con los informales, por lo que éstos eran útiles en tiempos electorales e inútiles en no electorales. Las crisis registradas desde 1976 se explican por el daño fiscal que los informales han causado por ese pacto. El PRD heredó esta forma corporativa de relación y la aplica en gobiernos locales, pero muchote. El ciudadano leal al PRD paga el plantón y se roba la luz en complicidad con el sindicato aliado y con la venia del gobierno local.

En la parte más formal del país, salvo algunos, los formales votaron por Calderón y están enojados porque los informales quieren destruir lo “que tanto trabajo nos ha tomado construir.” El Dr. CEMS, claro, es formal. Y su rigor intelectual es asombroso y justifica plenamente su cargo de director del CIDE.

Aunque estaría bien que nos explicara en dónde sitúa, por ejemplo a Roberto Hernández, a Germán Larrea, a la magnífica empresa Isosa –que ya lleva un muerto–, o Jumex, Pepsico o Televisa. Tengo entendido que apoyan a Calderón, nuestro paladín del tax. Podría decirnos, en dónde metemos a los Bribiesca, Khoury, Fernández de Cevallos, Creel, Gamboa Patrón o a los dueños de Hildebrando y Botas Fox. Si la formalidad radica en el pago de impuestos, parece que caben más bien entre los informales, aunque no parezca que apoyen a la CND, a menos claro que se puedan situar en el extremo del grupo de los informales que menciona, relacionado con el narcotráfico y la prostitución, lo cual, en algunos casos no extrañaría, sobre todo por la afición de destacados formales aficionados a la pederastia en su modalidad beatífica. ¿O sólo es simulación?

Sería interesante que nos explicara cómo es que la devaluación al final del gobierno de López Portillo o los beneficios concentrados del crac bursátil con Miguel de la Madrid, o los 40 mil millones de dólares que salieron del país días después de asesinato de Colosio y el otro tanto que salió en horas con el errorcillo de diciembre, o siquiera, el billón de pesos del Fobaproa-ipab, y el otro tanto de los Pidiregas; vaya, cuando menos el medio billón de pesos que evaden los mayores consorcios del país cada año, nada tienen que ver con las crisis recurrentes que tanto trabajo les ha costado construir.

AS

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Aquí, el texto deslumbrante...

La república informal
Carlos Elizondo Mayer-Sierra

La economía informal no podría existir sin una república informal. No es simplemente la falta de empleo formal lo que empuja a la gente al ambulantaje, sino la existencia de dos mundos, uno que paga impuestos y sufre pesadas regulaciones y otro que paga cuotas a sus líderes para no vivir dentro de la ley. El crecimiento de los informales es muchas veces a costa de los formales, quienes no pueden competir con quienes no pagan a veces ni la mercancía que venden.
Todo miembro de la economía informal es una suerte de ciudadano de una república paralela en la que paga sus impuestos, las cuotas a los líderes. Ésta es a cambio de que los líderes negocien la protección de la autoridad para poder así ocupar terrenos que no son propios o la calle para vender, u operar sin las regulaciones de salud, protección laboral, o de transporte, por citar unos cuantos ejemplos. En un extremo violento de la república informal se encuentran las actividades delictivas, desde el narcotráfico a la prostitución, que requieren también de pactos con ciertos segmentos de la autoridad.
El pago que hacen va más allá del dinero, que puede ser mucho. Los ciudadanos de la república informal participan además en marchas y plantones. En ocasiones lo hacen por razones propias, como la defensa de algún espacio de impunidad frente a un nuevo gobierno que pretende aplicar la ley. En otras, son parte del arreglo con las autoridades formales que requieren de su apoyo para sostenerse en el poder, por lo cual son muy útiles en tiempos de elecciones.
El PRI basó su poder y capacidad de gobierno en la incorporación de todo tipo de organizaciones, formales e informales. El costo fiscal de sostener este estilo de gobierno explica en buena medida las crisis económicas de 1976 en adelante. Sin embargo, en el partido de la revolución institucionalizada, el peso de las organizaciones formales fue siempre mayor al de las informales. Coexistían las dos repúblicas, pero la informal era más pequeña y claramente subordinada a la formal.
El PRD, una vez en los gobiernos locales, heredó esa lógica corporativa. Pero la mayoría de los sindicatos siguen estando con el PRI, o se han movido a un partido propio, como los maestros. Hay excepciones, como el SME, el sindicato de los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, quienes son aliados del PRD y apoyan a los informales a través de conexiones ilegales de luz, sin importar el costo para la empresa que es su fuente de trabajo. Es lo de menos si ésta pierde, dado que está subsidiada por los impuestos de todos.
El ciudadano más aparentemente leal al PRD capitalino es miembro de la república informal. Son ellos los llamados a sostener el plantón en Reforma y en el Zócalo. No sólo con su presencia física, sino con sus recursos. Las cuotas son impuestos paralelos sobre cuyo gasto nada sabemos.
El PRD es revolucionario y democrático, no institucional. La informalidad, lejos de ser un problema, es vista por algunos de sus miembros como la semilla de una nueva república, que si no logran construir por la vía electoral, ha dicho ya López Obrador, la buscarán por la vía revolucionaria. No es, a pesar de sus reclamos, una revolución muy democrática en cuanto a los mecanismos de selección de los líderes de organismos informales y, a diferencia de una democracia formal en donde se cuentan los votos, acá se pide el apoyo en la plaza pública, la cual responde con unanimidad.
Muchos ciudadanos de la república formal votaron por López Obrador y aún le quedan muchos apoyos dentro de ésta. Sin embargo, en la parte del país donde la república formal es más extensa, el voto fue mayoritariamente por Calderón. El ciudadano capitalino más enojado con los plantones de la república informal se encuentra entre los sectores que viven de la economía formal.
Ciertamente, los ciudadanos de la república formal lo son muchas veces de dientes para afuera. No viven en predios ocupados, pero muchos han violado el reglamento de construcción. No pagan cuotas a un líder formal, pero muchos dan mordidas sin demasiado recato. Los impuestos, en general, sólo los pagan quienes no tienen opción por ser causantes cautivos.
La elección enfrentó a dos visiones sobre el país. Ahora el conflicto se ha movido a otra esfera, a la lucha entre una república formal que acatará la decisión del Tribunal y la informal, o por lo menos una parte de ésta, que desafiará a las instituciones del país, si el resultado no les favorece.
Para reunificar a las dos repúblicas se va a necesitar un mayor compromiso de los ciudadanos formales, que hoy, si acaso, se suelen contentar con votar. No puede haber una república formal estable si ésta no les da oportunidades a todos, pero tampoco puede haber una república formal que funcione si la informal no es acotada.
Hay simulación en nuestra república formal. Sin embargo, esto no se resuelve utilizando la república informal para construir una peor simulación, como es el llamado a una convención democrática fuera de la ley y sin reglas democráticas, sino fortaleciendo las instituciones que tanto trabajo nos ha tomado construir.

Friday, September 22, 2006

Bovero, como politólogo

Aquí viene Michelangelo Bovero, que escribe de alguna tendencia que cree encontrar en el mundo contemporáneo de las democracias.Todo iría muy bien... de no ser por el infausto momento en que decidió incorporar algunas observaciones e ideas sobre el desdichado caso mexicano. Para todo aquel que esté dispuesto a mantener que la tradición bobbiana (de Norberto Bobbio, pues) es nuestro país, le trazamos aquí un horizonte desalentador.

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EXCELSIOR

Elecciones cuestionadas

Michelangelo Bovero

En estos inicios del siglo XXI parece como si un extraño virus hubiera agredido al mundo de las democracias reales: se va difundiendo el fenómeno de las elecciones controvertidas, cuestionadas y, en algunos casos, hasta impugnadas. El foco original de la infección se manifestó en 2000, con las elecciones presidenciales de Estados Unidos. ¿Quién no recuerda el desastre del escrutinio en Florida, la polémica y las dudas que perduraron incluso después del pronunciamiento de la Suprema Corte de aquel país? Según muchos observadores, Al Gore había obtenido probablemente más votos, pero la victoria fue asignada a Bush Jr. También en torno del resultado de las siguientes elecciones estadunidenses, las de 2004, en las que Bush aventajó a Kerry, surgieron fuertes dudas, aunque tardíamente, en particular sobre la votación del estado de Ohio. En 2005, lo que llamó nuestra atención fue el cerrado resultado, sin un claro vencedor, de las elecciones en Alemania, con la consiguiente controversia entre Gerhard Schröder y Angela Merkel, quienes reivindicaron simultáneamente el derecho a ocupar el cargo de Canciller. En 2006 estallaron los casos de Italia, primero, y de México unos meses después. Se podrían considerar también otros; pero los que he mencionado me parecen, por su variedad, los más relevantes para reflexionar en torno a un fenómeno que amenaza con desgastar a la institución básica de la política moderna y que debe interpretarse colocándolo, antes que nada, en el contexto de la evolución más reciente de los regímenes democráticos.

I. En dos de los cuatro países agredidos por el virus, Estados Unidos y México, está vigente el régimen presidencial; en los otros dos, Alemania e Italia, el parlamentario. Pero la diferencia entre el presidencialismo y el parlamentarismo se está, eso es un hecho, erosionando. Desde hace tiempo hemos presenciado la homologación tendencial de las formas de gobierno (en sentido técnico: las subespecies institucionales de la democracia) hacia un único modelo "verticalizado". Algunos estudiosos hablan de "presidencialización" de los regímenes parlamentarios: los poderes ejecutivos se fortalecen de diversas formas, por derecho o de facto, y apuntan a neutralizar su natural dependencia de los parlamentos o incluso a relegarlos a un papel subordinado. Se trata, pues, de una deformación patológica y progresiva a la que yo denomino "macrocefalia institucional": en todas partes, una cabeza ejecutiva hipertrófica termina por aplastar a cuerpos representativos (parlamentos y asambleas locales) debilitados y con menor poder.

La difusión de esta patología favorece, y es favorecida a su vez, por el aumento y la exacerbación de otro fenómeno negativo muy notable, en gran medida ligado al advenimiento de la era de las imágenes: la personalización de la vida política. En el momento clave de las elecciones, la atención general termina por convergir en pocos personajes, llamados líderes, que compiten en pos de conquistar lo que se percibe como el sitio decisivo del poder, el vértice del Ejecutivo. En estas condiciones, la confrontación dialéctica entre partidos y programas pierde importancia y las elecciones se transforman en una lucha personal por la investidura popular, a veces más bien en una especie de plebiscito en pro o en contra de éste o de aquel líder, candidato al papel de "guía supremo" del país (dicho sea de paso: ¿nadie se pregunta acaso qué tiene que ver todo esto con la democracia?).

Este lazo entre la personalización y la verticalización del poder induce a una consecuencia ulterior que también es negativa en mi opinión: la creciente simplificación del "sistema político" (como lo llaman los especialistas: el conjunto de partidos y movimientos, es decir, de los actores colectivos de la política), que tiende a asumir una forma dicotómica. En algunos casos –como en Italia, pero no sólo allí– esta tendencia se acompaña, paradójicamente, de la proliferación de partidos y de listas electorales. Sin embargo, la paradoja es aparente: de cualquier manera, la dinámica general del sistema impulsa al reagrupamiento en dos bloques contrapuestos que se disputan el poder gubernamental. La evolución de los sistemas políticos hacia el bipolarismo y, en perspectiva, hacia el bipartidismo, genera, sobre todo cuando se aproxima el día de la votación, la figura del liderazgo dual. Las campañas electorales se reducen esencialmente a una especie de duelo entre el líder de cada uno los dos partidos y/o coaliciones principales, independientemente del tipo de régimen que esté vigente y de la articulación efectiva del sistema político. La confrontación entre Merkel y Schröder en Alemania, donde la forma de gobierno es parlamentaria y las fuerzas políticas importantes cinco o seis, o el enfrentamiento entre Berlusconi y Prodi en Italia, donde el régimen también es parlamentario pero los partidos son mucho más abundantes, ha asumido un significado político que no es distinto, en la sustancia, al de la contienda entre Bush y Gore (o Kerry) en Estados Unidos, país donde rige el presidencialismo y un bipartidismo perfecto, o de la competencia entre Calderón y López Obrador en México, donde el sistema es presidencial, pero los partidos importantes son tres. Es interesante el caso de México: resulta que la serie de sondeos preelectorales sobre las intenciones de voto para los tres candidatos a la Presidencia fue percibida por muchos como una especie de juego de eliminación, del que surgiría la pareja de los "verdaderos" contendientes. De aquí la fascinación (a mi parecer, perversa) que ejerce sobre muchos mexicanos el sistema francés de la doble vuelta.

La simplificación del sistema político hacia la forma dicotómica tiene amplio reconocimiento: es concebida por casi todos los sujetos políticos importantes, y también en buena parte por los expertos, como el objetivo que toda democracia "madura" debería alcanzar. En mi opinión, por el contrario, constituye un empobrecimiento de la vida democrática. La reducción tendencial del pluralismo al dualismo hace crecer por sí misma la distancia entre el sistema político y la sociedad civil. El abstencionismo, y de manera más general la apatía política y el alejamiento de la democracia, tienen causas múltiples y complejas, pero entre éstas figura también la reducción excesiva de la gama de oportunidades para elegir. Quienes no se reconocen en ninguna de las opciones disponibles, no siempre optan por elegir el mal menor: pueden decidir no escoger a nadie (en ocasiones, esto sucede aun si hay más de dos alternativas que, sin embargo, resultan todas impresentables). En todo caso, el hecho es que la cuota de quienes se abstienen de votar se ha convertido en un factor cada vez más determinante, y como tal es percibido por los actores políticos: casi como si el resultado de una elección no fuese en manos de quienes sí votan, sino paradójicamente de quienes no votan. Por eso, las campañas electorales se orientan cada vez más, de manera predominante, a conquistar el voto de los (así llamados) "electores indecisos o indiferentes". Ir en pos de este objetivo exaspera la lógica del duelo e induce fácilmente a los protagonistas, o a algunos de ellos, a la satanización del adversario. "Si no logro convencer al elector indeciso a votar por mí, al menos, como mal menor, trataré de inducirlo a votar contra el otro, presentando a éste como el mal mayor". A veces, como el mal absoluto: con medios y argumentos que van mucho más allá de lo correcto e incluso de lo decente. Es evidente que quienes se dejan convencer de esta manera son los ciudadanos menos educados, menos provistos de cultura democrática. Y es así como la calidad de la vida política de las democracias reales corre el riesgo de volverse cada vez más decadente. En ambos lados: el de los electores y el de los elegidos.

Puede suceder que las coaliciones que se contraponen queden a final de cuentas divididas por un insignificante puñado de votos. Lo que constituye una circunstancia objetiva que favorece la impugnación del resultado electoral. Pero en realidad, el fenómeno, en sus formas más virulentas, se manifiesta no tanto porque el surco que divide a los contendientes sea muy delgado, sino más bien porque es muy profundo. Un conflicto áspero y perdurable en torno al resultado de las elecciones no es sino un grado ulterior de la exacerbación del conflicto político, interpretado como un duelo por la conquista de un poder verticalizado y personalizado.

Es verdad que la radicalización del enfrentamiento político tiene también otras causas sustanciales, cuyos orígenes radican, directa o indirectamente, en las complejas y contradictorias dinámicas producidas por la globalización. Me refiero –sin tener aquí el espacio para profundizar en este análisis– a la inclinación generalizada del eje político mundial hacia la derecha: la afirmación de los neoliberalismos; la resurrección de los nacionalismos bajo formas étnico-culturalistas; al nacimiento de partidos y movimientos racistas y xenofóbicos, más o menos (aunque no siempre) minoritarios, entre otros. Pero, sobre todo, a la difusión de ciertas formas neopopulistas y neodemagógicas de estrategia política (también electoral), que algunos estudiosos han rebautizado como "antipolítica" porque consisten en la hostilidad hacia el orden consolidado con las arquitecturas institucionales, también, en el rechazo de la confrontación equilibrada entre las diversas posiciones del debate que no esté orientado al choque, de las mediaciones en general; en la intolerancia al equilibrio de los poderes y hacia cualquier tipo de vínculos o controles; en definitiva, en la contraposición de la "voluntad del pueblo" frente a la de los órganos del poder constituido, invitando siempre a desconfiar de ellos (hasta que sean ocupados por otros). En Europa muchos movimientos y partidos de la derecha, ligados bajo diversas formas al "chovinismo del bienestar" (Habermas), han obtenido un notable éxito político con métodos "antipolíticos". Es cierto que muchos partidos de izquierda han emprendido una especie de seguimiento de las derechas en el terreno político-programático; pero, a pesar de ello, la fractura se ha profundizado y el conflicto se ha radicalizado, justamente cuando las derechas se hacían más populistas y antipolíticas.

En América Latina, en cambio, han sido más bien algunos partidos y movimientos (presunta y supuestamente) de izquierda, que se dirigen de diferentes maneras a las víctimas de la globalización, los que han asumido ropajes antipolíticos, sobre todo mediante el protagonismo de ciertos personajes carismáticos (en sentido neutro, weberiano). Es fácil ver cómo la antipolítica encuentra un terreno fértil en los fenómenos degenerativos que llevan a interpretar las elecciones como un método de designación de un vencedor supremo, o sea, del "líder del país" y, por consiguiente, a concebir la democracia como una especie de autocracia electiva. A veces, en las formas grotescas del que yo denomino "caudillismo posmoderno".

II. Cuando el resultado electoral es cuestionado, plantea –para los contendientes, los estudiosos, los observadores y los ciudadanos– dos tipos de problemas. En primer lugar: ¿cómo se puede y cómo se debe establecer con certeza quién ha sido el verdadero vencedor de las elecciones? En segundo lugar: acaso el vencedor, quien quiera que éste sea ¿triunfó realmente? Y dado que sólo representa a la mitad del país, ¿cómo puede pretender imponer su política a la otra mitad? Digamos de una vez por todas que esta última pregunta, en el plano formal, de la legitimidad jurídica y política, carece de sentido. Aquel candidato y/o coalición política que haya prevalecido, aunque sólo sea por un voto, tiene el derecho-deber de gobernar, esto es, de ejercer el poder de iniciativa y orientación política y además de asumir las competencias que las diversas constituciones atribuyen a los titulares de la máxima función ejecutiva. Lo que no equivale sin más a imponer la propia política. No obstante, la pregunta conserva sentido en el plano sustancial, cuando perduran las condiciones de un conflicto radical: por ejemplo, si uno de los dos contendientes rechaza de cualquier modo y obstinadamente el reconocimiento de la victoria del otro.

III. Así se hace más urgente y apremiante responder a la primera pregunta: ¿cómo se determina quién fue el vencedor? Errores de cálculo, imprecisiones en la transmisión de los datos, pero también controversias en torno a la asignación de numerosos votos, en particular a las boletas nulas, se verifican en cualquier procedimiento electoral. Es verdad que éstos y otros factores pueden ganar importancia cuando el margen es estrecho. No obstante, la experiencia enseña que afectan en una medida casi igual a todas las partes. Es, más bien, la radicalización del conflicto la que lleva a evocar (con razón o sin ella) el fantasma de la conspiración, de los fraudes. Pero, sobre éstos, como sobre los otros elementos cuestionables, ciertamente no es la presunta víctima la que tiene el poder de juzgar. Nemo iudex in causa sua. Cualquier ordenamiento constitucional democrático prevé normas para la solución de las controversias electorales y atribuye a un órgano institucional, con rango de magistratura, el poder de decidir sobre el mérito del asunto apoyándose en dichas normas. La legislación en la materia puede ser más o menos completa o con lagunas, más o menos adecuada o mediocre. Pero a un juez –quienquiera que sea– no se le puede y no se le debe pedir otra cosa sino aplicarla. Ciertamente, no se le debe pedir que la viole. Mucho menos que invente normas inexistentes, pues será eventualmente tarea de la nueva legislatura mejorar las leyes en vigor. Y menos admisible todavía, además de insensato, es pedirle al juez que decida a condición de que lo haga de un modo determinado, porque eso sería como decirle "me someto a tu juicio si me das la razón". Lo que equivale indudablemente, sin más, a desautorizar a dicho juez.

En el modo de enfrentar y resolver la controversia y de asumir las consecuencias normativas radican las mayores diferencias existentes entre los casos que he considerado aquí. La solución más indolora se adoptó en Alemania en 2005, incluso porque allí nadie había promovido una verdadera impugnación de los números del conteo: entonces, el cargo de Canciller fue asignado al líder del partido de mayoría relativa, aun cuando tal mayoría era reducidísima y así se formó un gobierno de "gran coalición". Solución que fue posible gracias a la mayor flexibilidad del régimen parlamentario, que a pesar de las distorsiones inducidas por la tendencia hacia la "presidencialización material", conserva todavía, en algunos casos concretos, como el alemán, diferencias importantes y ventajosas con respecto al presidencialismo formal y completo. Ciertamente es una solución excepcional pero, quiero agregar, perfectamente democrática: sólo quien es presa de una concepción distorsionada de la democracia como imposición de la voluntad de la mayoría (o, peor, de un líder) no logra ver las virtudes democráticas del compromiso. Sin embargo, una solución similar de "gran coalición", fue rechazada –por Prodi, correctamente en mi opinión– en Italia, donde sí está en vigor un régimen parlamentario, aunque mucho más deteriorado que el alemán, pero la brecha entre las coaliciones políticas es profunda y, el conflicto, irreconciliable.

En cambio, en las elecciones estadunidenses de 2000, la controversia estalló precisamente por el resultado numérico de la votación. Es probable que el candidato declarado perdedor, Al Gore, haya conservado la firme convicción de haber obtenido mayores apoyos que su adversario. Pero, frente al pronunciamiento de las autoridades competentes, se retiró de la contienda, en buena lid. Ciertamente ni siquiera acarició la idea de organizar una protesta popular. La democracia de Estados Unidos es muy imperfecta; más aún, en mi opinión, es insuficientemente democrática. Pero las instituciones son sólidas. Y fuera de las instituciones constitucionales, o peor aún, en contra de ellas, sólo puede existir una caricatura de democracia.

En Italia, hace pocos meses, en presencia de una ventaja reducidísima de votos a favor de la coalición de centro-izquierda, el líder de la coalición de centro-derecha, el premier saliente, Berlusconi, héroe emblemático del neopopulismo mediático, príncipe de la antipolítica posmoderna, denunció la conjura y habló de fraudes (entre paréntesis: en Italia las elecciones son organizadas y controladas por el ministro del Interior, que en esa circunstancia era un hombre de confianza del premier y que, al final del escrutinio, afirmó que todo se había desarrollado correctamente). Declaró haber sufrido "el robo de una victoria limpia", levantando la sospecha de decenas o centenas de miles de votos arrebatados fraudulentamente por la izquierda, y de innumerables boletas a su favor injustamente anuladas. Afirmó que iba a "exigir" el recuento total de los votos. Lo que, sencillamente, no está permitido por la ley. Amenazó con llenar las plazas (alternando las acusaciones y las amenazas con propuestas de "gran coalición" al estilo alemán, mas la coherencia no es una virtud de los demagogos). Pero luego, después de la sentencia de la magistratura competente que confirmaba la victoria del centro-izquierda, mientras continuaba ocasionalmente con sus amenazas, se fue adaptando más o menos al papel de jefe de la oposición, persiguiendo un objetivo bien preciso: aprovechar cada ocasión para hacer caer al gobierno de Prodi, objetivamente débil en el ámbito parlamentario.

¿Y México? Hasta donde logro recabar informaciones periodísticas, me parece que se puede decir (y corríjanme si me equivoco) que López Obrador ha realizado, al menos en parte y a su modo, lo que Berlusconi sólo había amenazado. Ha convocado a sus seguidores a llevar a cabo una protesta masiva, que ha adquirido también el significado de una presión pública sobre el Tribunal Electoral. Me pregunto si ésta no es una típica estrategia antipolítica: el pueblo frente al poder, la plaza frente al palacio. No se me malentienda: la protesta colectiva corresponde perfectamente a la dialéctica de la vida democrática, sólo que bajo ciertas condiciones. Y no siempre, aun cuando sea formalmente legítima, una protesta tiene motivaciones y fines aceptables desde un punto de vista democrático. A veces puede representar un peligro para la salud de la democracia.

No me permito disertar de lejos sobre una cuestión tan delicada. Pero algo debe decirse acerca de la forma en que López Obrador (hasta donde estoy enterado) ha manejado hasta ahora su relación con la masa, presentándola como un ejercicio de "democracia directa". La decisión de una multitud que responde a las preguntas del líder con un sí o con un no, o que aprueba levantando la mano, no es una decisión democrática. Es más bien equiparable a la aclamación, que constituye (según decía Bobbio) precisamente la antítesis de la democracia, porque los eventuales disidentes no cuentan para nada ni tienen una verdadera manera para expresarse y además sufren la presión, por lo menos psicológica, de quien está junto a ellos. Se puede definir democrática la decisión de una asamblea sólo si cada uno de sus miembros tiene la misma posibilidad de discutir las propuestas de los demás y de presentar y argumentar propuestas alternativas. Esto sucedía en la democracia directa ateniense y es también lo que ocurre, toda diferencia guardada, en un parlamento bien ordenado. No tengo la intención de ofender a nadie, quisiera solamente despertar de manera modesta y serena una interrogante en el ánimo de quienes estuviesen demasiado seguros de encontrar la democracia en la multitud, pasando por encima de las instituciones. Pero a quien conoce la historia del siglo XX italiano la imagen de una multitud que responde "¡Sííí!" a la pregunta del líder: "¿Estamos de acuerdo en eso?", evoca terribles recuerdos.

En el caso mexicano, en suma, tal parece que el rechazo radical al resultado de las elecciones se relaciona con una forma particularmente acentuada de liderismo: expresiones exacerbadas, ambas –el rechazo al resultado y el liderismo–, por un lado, de la interpretación conflictual de la política como duelo y, por el otro, de la concepción verticalizada y personalizada del poder. Son una exaltación extrema de las mismas patologías degenerativas a las que tiende, por su naturaleza, el régimen presidencial.

Desde hace tiempo vengo afirmando que en América Latina es necesario mover el eje del poder desde el gobierno presidencial hacia el parlamento. ¿Qué piensa el parlamento recién electo en México? ¿En particular aquellos legisladores que fueron elegidos en la misma coalición política de López Obrador? Me gustaría saberlo.

Traducción Carmen Álvarez
con la colaboración de Pedro Salazar

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Politólogo cuestionado

No será ninguna casualidad que Excélsior le haya dado bola a este artículo, que viene a repetir algo así como la “línea oficial” de lo que sucede en México. Aquí, según esta línea, hay un líder antiinstitucional, que moviliza antidemocráticamente a la gente. Esta última, para este estilo de análisis (si hemos de llamarlo así), resulta ser un mero objeto manipulatorio, sin complejidad, una vulgar “masa”, como solían describir pseudosociológicamente hace todavía algunas décadas, a lo que tiempo atrás era llamado –también pseudosociológicamente– las “clases peligrosas”. En suma, el retrato inicial con trabajos pasaría de ser una mera caricatura.

Que lo venga a decir el heredero de las glorias de Norberto Bobbio, sin embargo, parecería revestir esas palabras de una legitimidad que, de cualquier modo, está por verse. Menos mal que Bovero solicita que se le corrija si está en un error.

Y sí, está en uno error. Quizá no uno, sino varios. Pero me concentraré en uno, que estimo principal.

El principal error de Bovero consiste en asumir de entrada la naturaleza democrática de los regímenes sobre los cuales elabora su argumento. Por supuesto que resulta espinoso poner en cuestión esa naturaleza en el caso alemán, del mismo modo que lo es para el caso italiano y acaso, para el estadounidense. Pero, ¿cómo puede plantear lo que plantea a partir de un supuesto así a propósito del caso mexicano? El supuesto es heroico, y sostengo que ese error le hace formular juicios a partir de una supuesta axiología democrática (que en realidad es liberal), según la cual la “relación directa” del líder con la masa (y aquí caben todos los epítetos pseudosociológicos que asume y no explicita: amorfa, irracional, emotiva, arrolladora de la individualidad, entre otras posibilidades) es antidemócrática, porque ahí ningún individuo podría ir en contra de la posición aplastante de la mayoría presente.

Sin embargo, la negativa individual asume muchas formas. La más elemental es la que dio a conocer hace varios años Hirschmann; la salida. Si no estoy de acuerdo con ese líder mesiánico, sencillamente me desentiendo: no voy a cometer la locura de expresarme, en una asamblea, en contra; pero a la siguiente convocatoria no acudo. Simple. No estará pensando Bovero en llamar al IFE a que cuente los votos de las asambleas, ¿o sí?

La relación del líder y “la gente” es de conducción política, no es ni hipnótica ni de mera manipulación. ¿Qué hace López Obrador en las asambleas, o sea, en su “contacto directo” con “la gente? Primero, plantea una interpretación política de los sucesos. La gente escucha y lo sigue paso a paso en su argumentación. Al término del ejercicio interpretativo de López Obrador se produce una conclusión práctica. Los asistentes, al final, valoran esa interpretación y la conclusión práctica que el líder postula. El alzamiento de manos es el momento ritual. El momento crucial, en contraste, se presenta con la siguiente pregunta ¿cuántos nos siguen apoyando? Es evidente, en el momento actual, que la merma es exigua y la intensidad del apoyo se ha incrementado.

¿Cómo puede Bovero sacar las conclusiones que saca sin entender lo que sucede entre el líder y sus seguidores? La complejidad de la relación de AMLO y “la gente” merece ser descrita con algo más que las baratijas pseudocientíficas que emplea Bovero.

Pero vayamos a la axiología democrática que emplea.

La de López Obrador no es, en definitiva, una estrategia antipolítica. Hay que entender esto de una manera absolutamente clara: la especificidad de la acción política de López Obrador consiste en haber desarrollado la dinámica por la cual se ha constituido un sujeto político nuevo: los pobres, los desheredados, los excluidos, los desesperanzados, han sido traídos por el liderazgo de López Obrador a la arena política. Y con ello ha traído un poderosa desestructuración de la estabilidad oligárquica que ha pretendido construirse en México, mediante una sistemática política de privatización de los más variados ámbitos. La última expresión de este proceso es la privatización de la política social, entendida como la orientación del estado mexicano para atender a los damnificados del capital. La élite política mexicana ha suscrito, gozosa, la idea de que la pobreza se debe combatir con la filantropía y las buenas intenciones de los dueños del país. No es gratuita la multiplicación de las iniciativas descentralizadas para que cada quien coopere contra la pobreza, a fin de darle la vuelta a la “costosa e ineficiente” burocracia estatal. Con esa retórica la oligarquía mexicana ha puesto en marcha lo que pretende ser la idea dominante en México. La pobreza no es un asunto político, sino un asunto que hay que corregir con buena conciencia.

Y eso es lo que ha puesto en cuestión el lopezobradorismo. Los asuntos estratégicos del país los hemos de resolver políticamente. Para ello, hay que convocar políticamente a los excluidos, que son muchos y que, de diversas maneras, han reconstruido el conflicto de clase en el país. Entonces, en este primer punto, la axiología democrática de Bovero, suponiendo que sea suscribible, tendría que servir como parámetro que mida el comportamiento de la derecha y tendría que reservarse para un mejor momento el fácil juicio por el cual quiere postular que AMLO va contra la política. Sencillamente, eso es falso.

El segundo punto de la axiología democrática de Bovero, si entiendo bien, está basado en el supuesto ideológico liberal del individualismo. Las asambleas lopezobradoristas aplastan la individualidad. Pero, ¿quién acude a una asamblea convocada por López Obrador que crea sinceramente que la elección fue limpia?

A Bovero le parece sujeta a discusión la deseabilidad desde el punto de vista democrático de la protesta encabezada por López Obrador, específicamente porque las decisiones no responden a un ejercicio democrático. El ritual de las decisiones impulsadas por el líder, en un momento en el que deciden (decidimos) responder a su llamado es, precisamente, democrático. Tal vez no resulte plenamente liberal, y en eso podría estarse de acuerdo. Pero en México está a discusión que resulte deseable en todo momento y ante cualquier circunstancia que la democracia deba, como si se tratara de un dogma, ser liberal.

Pero además eso tampoco es cierto. Las convocatorias de AMLO están dirigidas a que se comuniquen las ideas, se deliberen las propuestas. Los ciudadanos acuden/acudimos con la mejor información que nos es dable conseguir, sobre todo si tomamos en cuenta que las empresas mediáticas han puesto en marcha una estrategia de desinformación acerca de lo que sucede con el movimiento lopezobradorista. Piezas integrantes de la oligarquía mexicana, las televisoras y las radiodifusoras más grandes han desplegado costosas campañas que defienden la limpieza de las elecciones y aíslan políticamente al lopezobradorismo. ¿Cuál es la práctica democrática en todo esto? No era extraño encontrar el 16 de septiembre en la Plaza de la Constitución delegados de los pueblos remotos de México que se encontraban ahí con el encargo de votar lo que había que votar en la Convención Nacional Democrática? Yo mismo estuve rodeado de un grupo de personas que venían de Michoacán y Veracruz, que estaban ahí para votar lo que había que votar. Habían deliberado en sus respectivos poblados. ¿Cuál es el ejercicio democrático en todo esto? ¿El de las televisoras, que desinforman y atropellan la posibilidad de formarse una opinión con oportunidades equitativas de ser adquirida, o el de la gente común, que resuelve sus problemas comunicativos e informativos del mejor modo que pueden?

Bovero se equivoca de la A a la Z. Él nos plantea un interrogante a quienes podríamos estar demasiado seguros de encontrar la democracia en la multitud, pasando por encima de las instituciones. El politólogo desarrollará la prudencia, o no será politólogo. El juicio rápido y desinformado es la negación de la ciencia y, en particular, de la delicada materia que el politólogo tiene en sus manos. En México estamos ante un conflicto abiertamente planteado por la oligarquía derechista, que desde mucho antes de la jornada electoral estuvo dispuesta a imponer a su candidato, por encima de lo que fuese. ¿Por qué esa derecha iba a detenerse el día de la jornada electoral, cuando desde mucho tiempo atrás estuvo decidida a sacar a López Obrador de la contienda mediante un discutido y a final de cuentas repudiado desafuero? ¿Por qué se iban a detener cuando tienen todo el dinero que hace falta para hacer que se haga lo que se tenía que hacer con tal de detener a ese “peligro para México”? ¿Quién pasa por encima de las instituciones, suponiendo que lo sean?

Es perentorio sacar a Bovero del error. La regla que rige en la política mexicana, a partir del proceso político anterior, es la siguiente: gana el que tiene más dinero, no el que obtiene más votos. Ese régimen se llama, desde mucho tiempo atrás, plutocracia. La lucha política actual en México, por mucho que implique una “interpretación conflictual de la política”, está dirigida a restaurar la república. Pero tampoco se puede interpretar de otro modo la política cuando se está en medio de un conflicto. ¿No sería eso pueril y absurdo?



Lo trágico del ridículo

En el siguiente texto, comentamos el artículo “Entre lo histórico y lo trágico”, de Juan Villoro (JV), publicado en la revista Proceso de esta semana (núm. 1559). Adelante reproducimos el texto aludido.

Juan Villoro comienza con una frase cierta –López Obrador (LO) ha generado un debate sin precedente–, y critica a Felipe Calderón (FC) por denostarlo en lugar de proponer algo. Tenue cuestionamiento a un candidato que hizo más que denostar a LO, y al que sigue un inteligente chistesito, que podría agradecerse si de él no siguiera su línea discursiva. Si detestar a López Obrador o a Calderón fuera sólo un asunto personal, individual, se podría hablar de neurosis, pero ese no es el problema. No es la neurosis la que no permite el matiz ni las distinciones, sino la vacuidad de la crítica que se afirma en lo que cuestiona. El problema es que no hay tal cosa como una dialéctica del todo o nada, que supuestamente es la de LO, con la que además se contradice a cada párrafo. La frase, muy en boga, es un absurdo, una frase hecha que no explica nada, pero deja bien claro de qué está hablando JV. Se trata de la necedad del Peje por no irse a su casa a detestar a Calderón mientras lo ve gobernar al país. Al fin y al cabo, JV podría recomendarle un buen siquiatra; Enrique Krauze, por ejemplo. Implica aceptar que LO sólo acepta la Presidencia o nada, pero luego dice que lo que quiere LO no es la silla, sino razones que justifiquen una causa, que nunca explicita.

Pero, bueno, veamos las distinciones, los matices que propone Villoro. Primero, para situarse hace un recuento de las victorias parciales de la “izquierda”. Gracias, ya nos las contaron Woldenberg, et al. , y habría que notar que no acusa recibo del Frente Amplio Progresista. Reconoce el agravio, bien; contienda injusta, bueno, cuando menos, no como Christopher Domínguez Michael, quien la calificó de equitativa, justa y no sé qué; santa, creo. Para seguir con las distinciones y matices continúa con la descripción que dejó a medias Krauze. Al describir a LO se puede aceptar la línea que comienza con “incansable” y termina con “popular”. Pero inmediatamente surge la duda. ¿A qué se refiere con gestión eficaz que no admite críticas? ¿A la gestión del conflicto, de la movilización de masas? Pues sí. LO es el caudillo inflexible y autoritario que hace saber de su fuerza y la impone a todos. En dos palabras, es el “Mesías tropical” que decide todo inspirado en su intuición, lo que no da resultados.

En un párrafo que se quiere lavar la cara, LV nos dice que votó por el LO a pesar de LO; votó por el proyecto y no por el iluminado. Y que a pesar de considerarlo como tal, participó en un video en su favor cuyo título refleja su creencia: la campaña de descrédito contra LO construía un monstruo y estaba sostenida en la sospecha. Ahora sí que no me ayudes, compadre: sospecho que LO es un peligro para México, pero no es no es tan malo. Si así lo dejaron apoyar la causa, o les tomó el pelo o son muy ingenuos –tolerantes– o no sé qué, pero cuando menos no es síntoma de totalitarismo… Habría que lavarse la cara con otra cosa. Tal vez si hubiera partido de algo más sólido, por ejemplo, como que la campaña se sostuvo sobre la mentira o la amenaza a la gente.

Lo siguiente no queda claro. LO no es un monstruo, pero ya no es “la figura por la cual votamos”. ¿Ya no es un iluminado; qué es ahora? JV no lo aclara pero dibuja ambiguamente al personaje. Y lo hace a partir de la anécdota: “que mi cuate…Una anécdota vacua y vana que le indica que algo no iba bien el 2 de julio, presumiblemente que LO iba perdiendo. Para el cronista del día, pudo haber sido un buen indicio, mismo que para el analista crítico de dos meses y medio después se convierte en una certeza. El indicio del cuate provisor no es que hubo malos manejos en la elección y la certeza es que LO no es sólo el Mesías, sino un mentiroso. JV afirma, sin decirlo, que LO sabía que iba mal, que perdió, pues, y que aún así alegó su triunfo. Y ha sostenido esa mentira, apoyado en algo así como la psicología social que caracteriza a nuestro país: la vocación por hacer del rumor, verdad.

JV dice que en un país como México, “nada tiene tanta legitimidad como el rumor”. Supongo que, además de ser malinchista, quiere ser caústico. Lástima que se refiera como rumor a algo tan ampliamente demostrado como la imposición de Calderón, aunque luego lo llame argumento. La demanda de voto por voto no debía ser atendida porque tuviera alguna validez sino porque así se desarmaba a LO y se disolvía el rumor. Claro, en una elección “ganada” por 230 mil votos, la ausencia de tres millones es sólo una extraña forma de presentar los resultados. El indicio del cuate no deja ver, tampoco que hoy, dos meses y medio después, siguen sin darnos cuenta de unas 2 mil casillas, casi 900 mil votos que ya no aparecieron, ni en el PREP, ni en los conteos distritales, ni con jueces y magistrados, ni, por supuesto, en el Trife, que sí tuvo las pruebas en sus manos, pero no las consideró determinantes, así se tratara de 1.5 millones de votos perdidos. Vaya extraña forma tan democrática de cumplir reglas, tan apreciadas por JV.

En las líneas que siguen, JV comete un desliz. LO no “acusó sin pruebas a los magistrados de recibir ‘cañonazos’ de dinero”. Dijo que los magistrados eran presionados con ofrecimientos de dinero y puestos, no que los hubieran recibido. El desliz se convierte en falacia malintencionada al plantear la pregunta de lo que LO “quería” al decir eso: la silla o razones para su causa (no hace falta aclarar que LO quería razones, pues no las tenía). Y es aún más falaz al comentar el fallo del Tribunal. No se descalificó de antemano al Tribunal, se le descalificó por ordenar la revisión de una ridícula parte del universo de casillas dudosas; se le descalificó por haber prohibido la entrada a ciudadanos y representantes de partido cuando empezó a surgir la evidencia de paquetes abiertos y sobres alterados en los distritos. Es falso que el Tribunal haya asegurado que no podía sancionar la injusticia. Simplemente no reconoció la injusticia y sancionó: el fraude fue enorme, pero no “determinante” para hacer “perder” a LO.

Y a todo, ¿cuál es la causa del Peje? No es la silla, si nos atenemos a JV. Parece que es la eterna movilización o algo así, y nos quedamos en el limbo, pues de aquí no pasa en sus distinciones ni matices.

No sabemos el método que ha usado JV para asegurar que millones de votantes consideran como agravio el que se le haya tratado a LO como “peligro para México”. Pero hemos sido millones quienes nos hemos manifestado, pública y abiertamente, contra otro agravio, uno menor, que casi no cuenta, uno del que nada se sabrá ni en 20 años, porque no habrá comisión de la verdad para averiguarlo ni boletas que revisar: la tergiversación masiva de nuestros votos acompañada de la amenaza y el chantaje para imponer a Felipe Calderón.

A pesar de todo, JV no considera todavía a LO un peligro para México, sólo lo sospecha, aunque sí lo considera un peligro para la izquierda por sus formas de protesta, o sea, por el “desastre” del Plantón, que a su modo de ver sólo perjudicó a los pobres y benefició a los ricos. Cuando menos, se ofende porque Calderón lo llamó caótico y opuesto a las instituciones.

Vaya que con estas premisas el horizonte es confuso. Aplaude la convocatoria a la Convención pero sólo si es de propuestas, nada de masas, porfis. Además, la asamblea no tiene representatividad. Si LO no junta a sus quince millones de electores nada vale. Claro, si los juntara, tampoco. Hay otros 25 que no votaron por él y si los convenciera, tampoco. Hay otros 55 que … Al fin y al cabo, con las propuestas basta y sobra; no hace falta gente que las impulse.

Pero LO no sólo es mentiroso, sino impulsivo y mezquino: decide en razón de sus impulsos y de su “inescrutable ánimo”. No piensa sus actos, por eso se autonombra Presidente. Para JV parece una locura, pues ni siquiera le podrá dar pasaporte y sin expedir pasaportes no se gana la Presidencia. Claro, con Rosa Luxemburgo de alter ego, no se puede pedir mucho. Por supuesto, es difícil convencer a alguien que vota por un Mesías sospechoso de ser un peligro para el país y que cree que aglutinar a tres partidos, a miles de organizaciones y mantener a cientos de miles de personas movilizadas durante meses es dividir a la sacrosanta izquierda –que lo menos que ha sido es unificada, por la sencilla razón de que no hay, ni ha habido, tal cosa como La Izquierda.

Aquí JV volvió al meollo: la derrota, y matiza “en condiciones desiguales”. Y parece volver al asunto que dejó pendiente en las primeras líneas, las distinciones, la crítica, la necesidad de matices. Bueno, lo seguimos esperando. En lo que ha escrito hasta aquí no hay distinción, ni crítica, ni matiz. Hemos visto en el texto de JV a un Mesías, sospechoso de ser un peligro para México y culpable de ser un peligro para la izquierda; a un gobierno de izquierda en la Ciudad de México que enriquece a los ricos a costa de los pobres. Vemos a una pobre periodista a la que ya no se le considera buena nomás por prestarse al fraude y a la manipulación –por no hablar de sus comentarios contra las mujeres violadas en Atenco, pues no viene al caso y al fin que es sólo un evento. Y ratifica: sólo si juntas a los cien millones de mexicanos en el estadio –¿Azteca?–, puedes proponer otra Constitución, aunque, claro, para gobernar legítimamente a esos 100 millones bastan 230 mil votos obtenidos en condiciones “desiguales”. Tampoco se vale que vayas a elecciones con candidatos populares. No, hay que ir con pazguatos, mientras los apoye Televisa: ahí está nuestro héroe Calderón para demostrarlo.

Lo de masificación y control de calidad suena a Bimbo, así es que mejor lo dejamos para futuras hermenéuticas. De las reflexiones del “monero” Patricio, baste decir que repetir la cantilena de Fox, Calderón, Televisa, Krauze, et al., no es disentir; ridiculizar a un líder que encabeza una movilización política de la magnitud de la que hoy dicta la agenda nacional; no es debatir, ni equivocarse siquiera. Confundir el rating televisivo con personas, tampoco. Para JV el simulacro se da en las calles y la realidad en la televisión. Como si no hubiéramos sido testigos de cómo se aprobó la Ley Televisa-azteca, ni existiera un tal Gamboa Patrón en la Coordinación Política de la Cámara de Diputados, ni Kamel Nacif, ni Mario Marín arropado por FC, ni el PRI chantajeando a éste con Oaxaca. Claro, en las plazas siempre son más lo que no llegaron que los que vieron a Adal Ramones, la verdadera neta de la inclusión social. Y de nuevo, como las plazas se llenan todas con los mismos de siempre, no cuentan. Si LO no las llena con todos los mexicanos de una vez, mejor que asista al canal de las estrellas para que satisfaga a todos con su discurso o con un buen psicodrama tipo RBD.

Por supuesto, al final, no deja de condescender: el “derrotado” tiene fuerza moral. Y le recomienda, en un discurso amelcochado, pasar a retirarse para conservar lo “mucho que se ha ganado” y ver si para dentro de 6 años se le hace sentarse en la silla, a menos que con la opción que le pone,“preferir la leyenda a asumir un cargo” se refiera a otra cosa. Según JV, “LO sólo se deja aconsejar por su intuición” aunque sabe que lo hace en el vacío. Pero lo que verdaderamente desarma por contundente es aquello de que la fuerza de la izquierda está en la solidaridad, no en la confrontación; es decir, la izquierda debería dedicarse a la caridad y no a participar políticamente. Se le olvida que las únicas solidaridades que han ganado elecciones han sido la de Polonia, financiada por la mafia vaticana, y la de Salinas…

Algunas personas dicen que no debo perder tiempo en desbrozar artículos, sino a desentrañar argumentos y contraponerles otros. El caso es que cada vez que leo un texto de quien se considera que puede hacer una crítica plausible de lo que sucede hoy en México aparece siempre el mismo “argumento”. Nuestras más insignes intelectualidades mexicanas que han corrido en paralelo a nuestras costosas instituciones electorales; que acaparan los medios de comunicación monopólicos; que se han pasado años y años en la televisión, en cuanta conferencia, seminario, foro y mesa redonda ha habido, convenciéndonos de que la democracia es un mero trámite que hemos aprendido a cumplir muy bien gracias a sus enseñanzas y que lo demás es lo demás y no tiene importancia, no es determinante; que la transparencia es la suma de sus virtudes, aunque sus máximos exponentes se hayan quedado mudos.

Y llega el momento en que ese demás demuestra que la democracia no es un mero trámite. Y lo más importante, se lo demuestra a millones de personas que del asombro pasan al estupor, al coraje, a la indignación, a la movilización, a la resistencia, a desobediencia o a la insurrección, al motín, al despojo…

Pero, ah, estamos en la desobediencia y el tamaño del agravio es tal –papito chulo– que no se trata de un trámite burlado un poco. Y no ha habido violencia más que de los autoproclamados pacíficos. Cosa que quienes, desde la comodidad de la vida de intelectual mexicano de clases media y alta, no quieren ver; quieren ver a México como si fuera programa de televisión inglesa. Hace falta decirles que la democracia no es un trámite y, para el caso, existe una democracia mexicana que se caracteriza por sus determinaciones concretas. Y entre ellas, está una elite plutocrática constituida y transformada desde 1982, cuando menos, que ha mantenido el poder y que presume de controlar cerca del 80% del PIB. También habría que insistir que durante esos largos años, esa misma elite construyó el discurso de la democracia desajetivada, ahistórica, ficticia, y sobre él edificó una enorme burocracia pletórica de privilegios, que hoy se rasga las vestiduras no por la vergüenza de lo que ha hecho sino por haber ser atrapada en el acto.

También muchos millones de pobres estamos dispuestos a actuar políticamente en contra de la posibilidad de que se esa plutocracia se consolide con el apoyo de la derecha más recalcitrante. Hoy la democracia mexicana es también una enorme coalición de organizaciones que actúan políticamente en contra de aquélla. Y esa coalición ha elegido a un líder de la única manera en que un líder puede serlo: por la suma de adhesiones, de personas que confían en la capacidad de un liderazgo para conducir al barco y, por supuesto, que ha dado resultados, por más que JV no los quiera ver o los considere negativos.

Querer reducir el conflicto a la personalidad de Andrés Manuel López Obrador es desconocer que lo otro existe y opera. Que LO no podría existir como sujeto político si el conflicto político y económico no estuviera en el punto en el que está. Hay un líder porque hay crisis; porque la suma de votos, en esa parafernalia burocrática, no es la materia de la confrontación; no es problema de contabilidad ni mucho menos de tránsito, sino de ejercicio del poder. Y por supuesto que la confrontación es posible hoy porque las miles de personas en el Zócalo son mucho más que votos sufragados y mal contados.

Insistir, una y otra vez, con insidia o con ingenuidad, con mejor prosa o con peor crónica de hoy, en que hay un señor en la calle que sólo quiere protestar con un montón de fieles inconsultos; un líder que se inventa un fraude y los convence de ir con él en una ruta sin destino, más que la trascendencia de sí mismo, es una necedad. Querer negar que la elección fue algo más que desigual, es también desconocer que efectivamente esa elite económica ha impuesto al Presidente no sólo en contra de quienes votamos por LO, sino en contra de todos los millones que son pobres, medio pobres o medio ricos, hayan votado por quien hayan votado. Y al hacerlo ha puesto en juego al Estado mexicano. Esa plutocracia no se ha cansado de demostrar que es el peligro para los mexicanos y para México. Ha fracturado una parte sustancial del andamiaje institucional del país y de la sociedad política.

Es insostenible un Presidente de la Suprema Corte de Justicia que diga que un artículo constitucional está escrito con las “patas” y por eso no lo aplica para dar certeza a la elección. Es insostenible que esa misma Institución exonere a un pederasta amafiado con quien operó la aprobación de la Ley Televisa-azteca, que es hoy el coordinador de la bancada del PRI y Presidente de la Junta de Coordinación Política de la Honorable Cámara de Diputados; el mismo que hace 25 años fungía como Secretario particular del Presidente que abrió las puertas a la misma elite de la que hablamos, que nos machacó con millones de spots radiofónicos y televisivos con mentiras, amenazas y ofensas. Y a Juan Villoro le ofende que Calderón lo sitúe entre los que atacan a esas instituciones.

A mi me ofende que Juan Villoro repita, con golpes de pecho, la misma historia sobre la personalidad de LO, absolutamente arbitraria, que armó una persona que se beneficia directamente, que lucra de ello, pero que se presenta como desinteresado, demócrata impoluto. Como si no tener carnet de partido garantice neutralidad. Y el problema no es que Krauze se beneficie de ello, el problema es que arrastre consigo a tantos intelectuales, y de “izquierda”, que pretenden ser críticos y apelan a su sagrado derecho a disentir para decir lo mismo que el letrado señor que se sienta en el Consejo de Administración de Televisa. Por favor, mejor que escriba de futbol.

Por más que le concedamos que actúa de buena fe, JV quiere tapar el sol con un alfiler. Si cree que no hubo fraude, que no hay razón para combatir a fondo a Televisa, que Krauze no defiende sus intereses en las casas de apuestas, las que Santiago Creel obsequió al monopolio de la comunicación, es problema de él. Pero si en verdad quiere hacer una crítica constructiva a LO y lo que representa, podría decirlo con todas sus letras y no esconder sus creencias en una retórica sin sustento. Si le parece que LO ha dañado a la Izquierda que provea de datos concretos, fehacientes, que desmientan la dimensión y extensión de la coalición política que hoy actúa en defensa de sus posturas y que se enfrenta a un poder económico que quiere imponer la continuidad de su despojo contra la nación. La balanza está en la mesa.

La supuesta amenaza a la izquierda que representa LO no es más que la forma que adopta una crítica que no quiere ver la realidad y hace de Cuauhtémoc Cárdenas, Monsiváis y otros, personificaciones puras de la izquierda. Hoy como nunca, si podemos hablar de izquierda unida es porque la crisis la unificó y lo hizo en torno de un liderazgo que ha actuado con responsabilidad, habilidad y mesura; que ha sumado a miles y miles de personas organizadas en diversas formas y que no entraban en lo que comúnmente se denomina izquierda. Si no fuera por eso, estaríamos lamentando el estallido de los más agraviados y no festejando la construcción de la única vía política posible en este momento: la construcción de una sociedad política que ofrezca una opción al despojo escanciado con letras libres de todo referente concreto. El problema no es que LO confunda lo trágico con lo histórico; el problema es que se niegue la historia para ocultar la tragedia.

Alberto Schneider
Ateneo Los días terrenales
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He aquí el texto de Villoro.

Entre lo histórico y lo trágico
por Juan Villoro

Presentación de Proceso: Ante los retos de la izquierda mexicana en este momento poselectoral sin precedente, Juan Villoro la confronta con su capacidad para cumplir sus metas sociales. "López Obrador -reflexiona el escritor en este texto exclusivo para Proceso- se debate entre atender a la misión que se asigna a sí mismo como líder o mantener unida a una izquierda más amplia que sus corazonadas... López Obrador se deja aconsejar por una sola entidad: su intuición. Es imposible saber lo que le dicta en estos momentos, pero no es aventurado decir que confunde lo trágico con lo histórico".

¿Un radical fuera de temporada?
López Obrador ha encendido un debate sin precedentes. Felipe Calderón dedicó su campaña a denostarlo; el adversario le pareció más importante que sus propias propuestas. Lo mismo ocurre en las reuniones donde se dedican más energías a insultar al Peje que a elogiar a otro candidato. La situación es equivalente a la de quien detesta más a su exnovia de lo que ama a su novia.

En este enganche neurótico apenas hay tiempo para el matiz, y sin embargo urge establecer distinciones. En la dialéctica del todo o nada, las importantes victorias parciales de la izquierda han pasado casi inadvertidas. El PRD se convirtió en la segunda fuerza en la Cámara de Diputados, arrasó en el DF y acaba de ganar en Chiapas. Pero todo se oscurece ante el agravio principal: la pérdida de la Presidencia en una contienda probadamente injusta.

Incansable, dueño de un instinto que lo ha sacado a flote en situaciones muy arrinconadas, convencido a fondo de su papel histórico, López Obrador ha combinado una doble estrategia: la movilización popular y una gestión de relativa eficacia que no admite críticas. La primera sostiene a la segunda. El esquema resulta peculiar. En todo momento, el caudillo hace saber que su fuerza es la gente. Esto, con ser mucho, no es suficiente. La política se mide por apoyos, pero también por resultados.

Voté por López Obrador pensando en un proyecto que excedía a un líder en estado de gracia. Un desafío esencial de la política contemporánea consiste en volverla ciudadana: pasar de la democracia representativa a la democracia participativa. Este proceso de construcción incluye al PRD, pero está destinado a rebasarlo y acotarlo desde la sociedad civil. López Obrador enfrentó una propaganda aviesa que distorsionaba sus propuestas e infundía el miedo. Uno de los recursos para desactivar esta campaña fue la serie de videos ¿Quién es el Sr. López?, dirigida por Luis Mandoki. La sección en la que participé llevaba por título El mito del dragón. Ahí comenté que la campaña de descrédito equivalía a contar una leyenda amenazante sin otro criterio de veracidad que la sospecha.

López Obrador no se ha convertido en el temido monstruo de la fábula, pero sin duda se ha distanciado de la figura por la cual votamos. Todo empezó el mismo 2 de julio. Hacia las seis de la tarde, hablé con un amigo que trabaja en el hotel donde se encontraba concentrada la dirigencia de la coalición Por el Bien de Todos: "Están muy preocupados", me dijo: "Las noticias no son buenas". Las encuestas de salida en las casillas no daban los resultados previstos. Poco después, López Obrador apareció en la televisión, con cara desencajada. Las cámaras lo siguieron en su ruta de la sede del PRD al hotel. Aunque luego diría que contaba con pruebas inobjetables de su triunfo, no había el menor gesto festivo en él ni en su entorno. Marcelo Ebrard había recibido una votación espectacular, pero tenía un semblante adusto. Todos estos son signos externos, los únicos de los que dispone un cronista.

A las 11 de la noche, el IFE creó un vacío de información: no podía dar resultados. Anticipándose a cualquier versión oficial de la contienda, López Obrador llamó a sus partidarios al Zócalo, a celebrar el triunfo. Desde ese momento no ha reconocido otra fuente de información que sus propios datos. La extraña forma en que el IFE ofreció los resultados preliminares y el hecho de que casi tres millones de votos quedaran fuera por inconsistencias, permitió que López Obrador volviera a anticiparse: ante la crisis de credibilidad, aseguró que el IFE había consumado un fraude.

En un país donde se necesita instalar una Comisión de la Verdad para conocer los sucesos 20 años después de ocurridos, nada tiene tanta legitimidad como el rumor. En estas circunstancias, las explicaciones conspiratorias resultan siempre las más creíbles. El Tribunal Electoral enfrentaba el desafío de limpiar una elección puesta en entredicho. Los errores y las irregularidades eran suficientes para que la confianza sólo se restableciera con un recuento voto por voto.

Pero el Tribunal no optó por la vía que hubiera quitado argumentos a una de las partes contendientes. Antes de que se tomara esta decisión, López Obrador volvió a adelantar su reloj: acusó sin pruebas a los magistrados de recibir "cañonazos" de dinero y posibles puestos en el futuro gobierno. Un refrán popular empezó a circular en el plantón de Reforma: los jueces habían sido "maiceados"; picoteaban monedas como las gallinas picotean granos de maíz.

¿Tiene sentido descalificar de antemano al tribunal al que sometes tus demandas? Siempre anticipado, López Obrador asumió que el fallo sería negativo. ¿Qué prefería su inescrutable ánimo: el recuento real o la negativa que lo facultaba a tomar las calles, que, por otra parte, ya había tomado? La pregunta se volvió retórica el 6 de septiembre, cuando el tribunal aseguró que la contienda había sido injusta pero no tenía forma de sancionarla. Este vacío jurídico dio tardía validez a los reclamos del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. El tribunal no le entregó la silla, pero le dio algo acaso más valioso: razones para su causa.

¿Hacia dónde estamos nosotros?
Los millones de votantes de López Obrador sabemos que se cometió un agravio: un legítimo aspirante fue tratado como "peligro para México". ¿Qué viene a continuación? Las formas de protesta han dividido a la izquierda y amenazan con diezmarla. López Obrador se debate entre atender a la misión que se asigna a sí mismo como líder o mantener unida a una izquierda más amplia que sus corazonadas. Del 2 de julio a la fecha, ha actuado como si el respaldo fuera automático y se desprendiera en forma lógica de lo que propuso antes de la elección.

Por su parte, Felipe Calderón ha sacado conclusiones absurdas de lo que significó enfrentar a la izquierda. En su discurso del 10 de septiembre, en la Plaza de Toros, dijo que quienes lo apoyaban habían derrotado al caos y a quienes se oponen a las instituciones. Los 15 millones de mexicanos que votamos por López Obrador en el marco de la legalidad fuimos insultados por este primitivismo político. No votamos por los desastres que vinieron después de la elección, desde la falta de claridad del IFE hasta la reconocida impotencia del tribunal, pasando por el plantón de Reforma que ha llevado a una situación kafkiana: miles de pobres han perdido sus empleos y el gobierno de la ciudad, supuestamente de izquierda, ha compensado a los patrones eximiéndolos de impuestos que beneficiarían a los demás capitalinos.

En este horizonte confuso, la convención propuesta por López Obrador aparece como un foro no sólo oportuno sino urgente. Es necesario discutir las variadas opciones de la izquierda. Sería estupendo que fuera una plataforma de propuestas; sería dramático que fuera una asamblea constituyente. Se estima que 1 millón de personas estará presente. Una cantidad impresionante como movilización, pero menos de 10% de la gente que apoyó a López Obrador en las urnas.

Con la impulsividad de quien confunde la oratoria con el monólogo interior, López Obrador ha planteado la posibilidad de ser nombrado presidente alterno o en rebeldía por la Convención. ¿Qué significa eso? ¿Podrá expedirnos un pasaporte? Crear una presidencia paralela y ficticia debilita la lucha por la presidencia real que se debe obtener.

Rosa Luxemburgo advirtió con lucidez el "sustituismo" que aquejaba al Partido Comunista soviético: el partido único sustituía al pueblo, el comité central al partido, el buró político al comité central y Lenin al buró político. El lópezobradorismo está sometido a esta reducción telescópica. El 2 de julio, no le endosamos el futuro al candidato. Queríamos que ganara una elección. Nada más y nada menos. Si desea seguir otra estrategia (el vasto camino de la desobediencia civil), deberá convencernos.

El dolor de una derrota surgida de condiciones desiguales ha provocado una comprensible indignación. Sin embargo, la izquierda no puede renunciar a la obligación de criticarse a sí misma. No se trata de renunciar al cometido emancipador ni a la necesaria conducción de un líder como López Obrador. Se trata de mejorar estrategias y ampliar programas. Llegamos a un punto terrible, para el que no hay arreglo inmediato. Nuestros usos y costumbres dificultan el debate. En las tempestades, no hay matices. Aunque se esté de acuerdo en 80% de los puntos, poner algo en entredicho es visto por muchos como una traición a la causa. Hago mías las palabras del periodista y caricaturista Patricio: "Me preocupa el tono del movimiento; el que todo sea planteado en términos de blanco o negro, pues siendo así las cosas, cualquier crítica se toma de inmediato como una ofensa y coloca al que osa proferirla en la pira purificadora. Obviamente, en una situación así no hay espacio para la autocrítica. Me parece increíble que ahora Denise Dresser pueda pertenecer al grupo de los malos mientras que ¡Jacobo Zabludovsky ya sea bueno! Las personas son juzgadas a partir de su comportamiento en un solo evento, y todo lo demás se lo llevó la nave del olvido... Formar un gobierno paralelo o redactar una nueva Constitución significa no tomar en cuenta a 65% de los electores que votaron por los otros partidos y al resto de la población que no votó, caer en el 'ni los veo ni los oigo'. Ante la urgencia de enfrentar a una derecha desbocada y arrogante, la única aparente alternativa parece ser enfrentarla con lo que sea y como sea. Esto es, pepenando al candidato que esté a la mano y sea popular (Juan Sabines, por ejemplo) y que ahí quede la cosa: 'Se le ganó a la derecha, pasemos al siguiente frente'...

¿Cómo hacer compatible la masificación que la izquierda tradicional no había conseguido y la urgente necesidad de enfrentar a la derecha neoliberal con tener aunque sea un mínimo control de calidad?"

Las reflexiones de Patricio ponen en la mesa el derecho a dudar, a disentir e incluso a equivocarnos que debemos tener dentro de la propia izquierda. Si la derecha busca garantizar el status quo y por lo tanto preservar los privilegios y mantener la desigualdad y la discriminación (o, si acaso, atenuarlas en forma simbólica), el proyecto alternativo de nación debe ser incluyente y aceptar la fuerza creativa de la discrepancia.

El "rating" del Zócalo
En un país ultrajado por desigualdades, el arrastre de López Obrador ha sido único. Aunque puede ser hábil en las entrevistas, prefiere el coro de la multitud. Ningún candidato ha dependido tanto de las plazas públicas desde que existe la televisión. Es difícil no conmoverse ante las pruebas de adhesión que recibe de los expulsados del progreso. Sin embargo, con excesiva frecuencia, se desentiende de las razones de quienes no están ahí, ante el templete de sus preferencias. No se ha presentado como un estadista que concibe un país capaz de incluir a quienes no votan por él, sino como un caudillo en feliz retroalimentación con sus seguidores. Muy rara vez trata de persuadir. Los desastres de la patria son tan evidentes que considera que basta exponerlos ante sus fieles. Su continuo ataque a los medios ofrece una clave de su temperamento. La plaza representa para él la verdad y la televisión un simulacro. Cree en el contacto directo y refrenda a diario su pacto de lealtad con quienes lloran estremecedoramente en su camisa. Este esencialismo comunitario ("no estás solo") se convirtió durante la campaña en una suerte de dogma moral. La paradoja es que en las plazas siempre son más los que no llegaron. El afán de estar cerca de los otros desemboca así en una situación excluyente.

Dicha ante los incondicionales, la frase "cállate, chachalaca" puede ser divertida. En el resto del país se entiende de otro modo. La desconfianza de López Obrador ante las estadísticas y las encuestas hace pensar que para él sólo es real lo que aclama. Las cifras silenciosas son conspiratorias.

Las contiendas democráticas modernas suelen ser psicodramas que se resuelven en la pantalla. En este teatro de figuraciones, los gestos y la fotogenia importan más que los mensajes. López Obrador decidió, con razón, no hacer una campaña exclusivamente mediática, pero confió en las plazas al grado de ofrecer un discurso que satisfacía básicamente a los ahí presentes.

El primer militante de la nación se dispone a encabezar otro movimiento. Está en el territorio donde se siente cómodo. Las privaciones lo estimulan. Su valor y sus convicciones se agrandan en la inclemente intemperie.

No es casual que en su discurso reciente comparezcan, de manera directa o velada, otros sufridos héroes cívicos: Gandhi, Luther King, Mandela. Todo parece indicar que su lucha será ardua. Dispone de una base social para dificultar la gobernabilidad y mantenerse en las noticias de las que tanto desconfía.

La izquierda enfrenta un desafío mayúsculo: una estrategia incorrecta puede poner en entredicho una causa justa. No hay duda de que la elección fue desigual, pero hay diversas formas de elaborar políticamente la injusticia. El día nacional de Cataluña conmemora una derrota y las placas de los coches de Québec llevan la leyenda "je me souviens" en recuerdo de otra caída. No lo hacen por derrotismo. Quien es vencido por las malas dispone de fuerza moral. No es lo mismo resignarse que aprovechar una derrota injusta para construir y confirmar que se tenía razón.

En el caso de López Obrador, los agravios reales (la campaña del miedo, el papel del gobierno en la contienda, la negativa a limpiar la elección) pueden servir de fundamento para consolidar una alternativa duradera. No es fácil actuar con madurez ante el desasosiego. Sin embargo, pasar de la estrategia electoral a una movilización cuyo único principio rector sea la protesta ante la usurpación puede tirar por la borda las muchas cosas que ya se han conseguido.

López Obrador se deja aconsejar por una sola entidad: su intuición. Es imposible saber lo que le dicta en estos momentos, pero no es aventurado decir que confunde lo trágico con lo histórico. Pocas veces, los mexicanos usamos el verbo "arrostrar". Él está dispuesto a hacerlo. Una arraigada tradición nos ha hecho saber que toda grandeza, si es nuestra, también es dolorosa. Nuestras principales obras de arte reflejan el desgarramiento, la condición herida, y nuestros próceres derivan su gloria de tragos amargos.

López Obrador podría perfeccionar su papel de inconforme irreductible en la tormenta de la historia: preferir la leyenda a asumir un cargo. ¿Qué horas marcará el sol de la izquierda? ¿Es posible dar la espalda al pesimismo? Me atrevo a decir que es inevitable. La fuerza de la izquierda no está en su capacidad de confrontación, está en su solidaridad. Su estrategia debe prefigurar la sociedad por la que lucha. Jaime García Terrés puso en verso esta esperanza:

Ven. Al caos iremos otro día.
Ahora ven y préstame la fuerza
Increada que fluye de tus manos.

Tuesday, September 12, 2006

Hombres necios que acusáis...

A continuación presentamos un artículo de Christopher Domínguez Michael aparecido en el número de septiembre de la revista literaria Letras Libres -como si las letras gozaran de libertad; al rato van a proponer la declaración universal de los derechos de las letras. Fiel a su credo que lo ensordece, el autor, que no ha escuchado nada que pruebe el fraude electoral, hace una muy objetiva y precisa descripción de los intelectuales que apoyan a AMLO.
Después de este texto, viene la crítica.


Servidumbre voluntaria
por Christopher Domínguez Michael


El espantapájaros de la reacción católica sirve de coartada moral a muchos intelectuales para suscribir acríticamente las acciones antidemocráticas encabezadas por López Obrador. Este hechizo colectivo, o servidumbre voluntaria, es analizado por Domínguez Michael. (Así lo presenta la revista)

Él mismo quedará derrotado desde el momento en que la gente no consienta en servirle.
Se trata, no de quitarle nada, sino de no darle nada.
La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria.

Pocas veces en nuestra historia tantos intelectuales, artistas y profesores se habían puesto, con semejante entusiasmo y tan resuelta sumisión, a las órdenes de un jefe político, como ha ocurrido, después del 2 de julio, con López Obrador. El espectáculo ha sido deplorable. Desde que el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), para contrarrestar la mercadotecnia electoral que lo señalaba como lo que desgraciadamente es, un peligro para México, decidió parapetarse en la fama pública de algunos escritores, la complicidad quedó atada y amarrada. Se inventó un complot de la ultraderecha y con esa cantilena se engatusó a un grupo de escritores extranjeros, quienes dieron su firma protestando contra una andanada nacida del delirio de persecución. Desde entonces, para justificar su adhesión a la campaña de López Obrador, agitaron el petate del muerto de la reacción católica. Nunca está de más defender el Estado laico, pero basta con ver lo que está ocurriendo en Oaxaca para comprobar que es la combinación entre el corporativismo y la izquierda radical, no los fantasmones ultramontanos, lo que está poniendo a prueba nuestra vida democrática.
Una vez que el candidato del PRD perdió las elecciones, la opinión pública se fue infestando de una amplia variedad de mentiras, y entre ellas no ha sido menor el número de las esparcidas por los intelectuales. Han dicho, por ejemplo, que la prensa extranjera respalda sus quejas, cuando lo contrario es la verdad: en el mundo entero se reprueba la deslealtad del PRD hacia las instituciones democráticas. También se ha afirmado, ofendiendo el sentido común de quienes fuimos testigos del fraude electoral de 1988, que la elección presidencial de 2006 es una repetición de aquélla. Si la primera fue una tragedia, ésta es una farsa, para utilizar la archicitada frase de Marx. Y la versión entera de la historia de México que maneja López Obrador parece provenir de Los agachados y de Los supermachos, aquellas historietas didácticas que nutrían a la izquierda mexicana durante los años de plomo del PRI. Lo asombroso es escuchar a varios de los más prestigiados de nuestros escritores suscribir esa caricatura rústica, lóbrega y maniquea. Leer La Jornada o Proceso, la prensa que le es adicta al demagogo, es una curiosa aventura: asomarse a un mundo al revés.
Ni el demagogo ni su partido estaban preparados para la derrota, y cuando ésta se les vino encima tocó a los intelectuales una actuación protagónica en la embriaguez colectiva y en el embrujamiento patológico, haciendo el papel de contorsionistas y de maestros de ceremonias. Si López Obrador perdió fue porque es la víctima propiciatoria del mal, se deduce casi literalmente de sus dichos. Todo lo que proviene del gobierno (salvo si es el PRD el que gobierna) es diabólicamente perverso, uno piensa al tratar de interpretar su lógica. Si la realidad no cuadra, peor para la realidad, ésa es su divisa. Son escritores y artistas que contribuyeron al montaje de una realidad paralela, “el fraude electoral”, verdadera obra maestra del teatro callejero y de la farsa ideológica, representación aderezada con letanías, jaculatorias y estribillos que se predicaron para socializar el insulto y la calumnia. Pero pasaron los días y las semanas y el fraude no aparecía, ni en las pantallas de las computadoras ni en los paquetes electorales que el Tribunal Electoral ordenó abrir. El perjuicio ya estaba hecho, y quedará registrada, como una de las lecciones más amargas del 2 de julio, la servidumbre voluntaria de los intelectuales ante ese proyecto de desmantelamiento del sistema democrático que ha sido, de principio a fin, la característica esencial de la campaña de López Obrador.
Muchos de los intelectuales que apoyaron a López Obrador desde el comienzo de su aventura, lo hicieron atraídos por la quimera igualitaria del populismo. Otros personajes, los que marchan en el malecón de La Habana para festejar al dictador de Cuba y desean restaurar en México, corregida y aumentada, alguna clase de régimen autoritario, ni se tientan el corazón ni padecen de grandes problemas de conciencia. Algunas almas bellas, en cambio, se manifestaron engañosamente neutrales y dijeron que ellos no apoyaban al demagogo sino el recuento, voto por voto, de la elección, como si esa consigna propagandística no ocultara la voluntad de vulnerar, a beneficio del PRD, el sufragio efectivo. Quedan, finalmente, los que se manifiestan por amor a la vida mundana. La cursilería, la vanidad insatisfecha y las astillas atragantadas del muro de Berlín son otras de las características de una farándula militante que dio en el blanco, logrando que la fabricación mitomaníaca del fraude se arraigue en la memoria histórica de las nuevas generaciones de mexicanos.
También ha sido muy sorprendente la manera en que esos mismos entusiastas de López Obrador traicionaron lo que uno creería que les era más íntimo. No sólo apoyaron, con grados de entusiasmo que iban desde la mustia aquiescencia al delirio sistemático, a un candidato que tuerce el ceño y se tapa la nariz cuando se le habla de la vindicación legal de las parejas homosexuales y de otros derechos que están en la agenda de la nueva izquierda. No les bastó, para no irritar a su caudillo, con esa escandalosa omisión: descalificaron y excomulgaron a Patricia Mercado, la candidata feminista que oportunamente se llevó una pequeña parte de los votos de la izquierda, aquellos que quizá le habrían dado el triunfo a López Obrador.
Casi todo se ha dicho sobre las elecciones del 2 de julio e, infortunadamente, las aventuras del demagogo seguirán dando de que hablar. “No supieron ganar y no saben perder”, es la expresión adecuada para describir el sentimiento de los perdedores. Tendrán que tomarse su tiempo para asimilar la frustración. Pero lo peor es que diferencias de apreciación tan agudas como la que separa a quienes pensamos que las elecciones fueron equitativas, justas y legítimas de los que las consideran fraudulentas no pueden venir sino de concepciones mutuamente excluyentes de qué es una democracia. Mientras que los liberales pensamos que la democracia se sustenta en un conjunto de reglas verificables y anticlimáticas, buena parte de la izquierda tiene una noción bien distinta de democracia. Ellos consideran la democracia como un estado permanente de agitación, el éxtasis colectivo y redentor que fluye entre el caudillo y la muchedumbre. Por ello disfrutan tanto de las peregrinaciones y se prosternan ante la asamblea que acata y festeja. De la democracia sólo les interesa lo que buenamente entienden por la soberanía popular y la voluntad general. Son, para decirlo de manera muy elegante, más jacobinos que demócratas.
El problema no es quien deposita más fe, si nosotros en las instituciones democráticas o ellos en la mitología del fraude. La cuestión está en si se aceptan o se rechazan los datos empíricos: los votos que los ciudadanos contaron el 2 de julio le dieron la victoria al candidato del Partido Acción Nacional. Se me dirá que los argumentos de uno y otro bando son intercambiables. No lo creo. Una de las diferencias está en que yo no pensaría jamás que Felipe Calderón es un salvador de la patria. Pero es un presidente legítimo cuyo triunfo ha desatado una virulenta rebeldía antidemocrática.
En un par de meses, López Obrador ha derrochado el capital cívico que la izquierda mexicana acumuló durante décadas. El PRD, atizado por sus propagandistas, no ha sabido comportarse como lo que es, una parte del Estado mexicano en el ámbito Legislativo y Ejecutivo, una fuerza que gobierna desde hace nueve años una de las ciudades más grandes del mundo. La ciudad de México que su ex jefe de gobierno trata, en estos días, como un ocupante que vivaquea en descampado ante el temor de los vecinos.
No hemos escuchado todavía una explicación –que sería bienvenida por miles de sus votantes– de cómo fue que el PRD perdió unas elecciones que tenía, según casi todas las encuestas, ganadas. En el séquito del demagogo sólo se escuchan los acatamientos medrosos. Pero ya aparecerá quien le diga al rey que va desnudo.
Nadie, y así lo cuenta la historia del siglo pasado, peor preparado para aceptar la realidad que un intelectual ante las puertas del paraíso. Pero ya llegará, que siempre llega, el edificante espectáculo y, una vez que se les caiga la venda de los ojos, que se les caerá, seremos testigos de las palinodias, de los arrepentimientos líricos y de las confidencias apesadumbradas. Pero más allá de que la sintomatología descrita sea una constante en la tiranofilia de los intelectuales, no deja de seguir siendo enigmático que un demagogo con una ambición de poder tan desmesurada se haya adueñado de tantas inteligencias. Será que la izquierda tiene necesidad de enamorarse. Todavía nos deben, algunos de los protagonistas de la campaña electoral y de la “resistencia civil”, el relato de cómo terminó su relación anterior, la historia de amor con el subcomandante “Marcos”, de quien hoy huyen como de la peste y quien todavía en una fecha no tan lejana, el 2001, los tenía arrobados y temblorosos.
Es gravísimo que López Obrador insista en que la victoria de su adversario es moralmente imposible. Que un candidato, sea de izquierda o de derecha, sostenga esa opinión lo coloca fuera, aun de manera retórica, del campo democrático. Me pregunto quiénes, entre los escritores, artistas y profesores que han comprometido su reputación en nombre del jefe político, lo seguirán en ese camino de purificación que el propio López Obrador ha bautizado sin eufemismos.

México, DF, a 21 de agosto de 2006.


He aquí la crítica:

Hombres necios que acusáis…


Pocas veces en nuestra historia tantos intelectuales, artistas y profesores se habían puesto, con semejante entusiasmo y tan resuelta sumisión, a las órdenes de un enano político, como ha ocurrido, antes y después del 2 de julio, con Felipe Calderón. El espectáculo es deplorable.

Desde que Carlos Salinas afirmó[1] que López Obrador (LO) es un peligro para México y América Latina, la posición política de una considerable parte de nuestra intelectualidad asumió tal afirmación como ariete discursivo, sin más argumento que el mote de populista, término al uso que, sin embargo, ha sido definido con nociones vagas y que se refiere, básicamente, a un pasado “ya superado” de políticas centradas en la predominancia de Estado en la vida económica del país. Es el fantasma que el neoliberalismo, desde la plataforma del rational choice y el eficientismo económico, ha querido exorcizar. Letras Libres ha sido uno de los principales foros de esta postura, con un momento emblemático cuando en el número de junio de este año publicó el artículo –“El Mesías tropical”–, de su director, Enrique Krauze, adornando su portada con la imagen más deplorable de su historia y, tal vez, de la historia de las revistas literarias de nuestro país. Hasta ahora, ese discurso para descalificar a LO ha sido una constante acrítica en innumerables artículos en todo tipo de prensa, programas de televisión de “análisis” político y charlas de café.
Sin duda, las elecciones de este año han puesto de manifiesto la pobreza argumentativa de una buena parte de nuestros intelectuales. Efectivamente, muchos hay que se pusieron de lado de LO sin cuestionarlo. Pero muchos también están en su contra y han aceptado sin pudor tesis de una pobreza teórica que debiera avergonzar a cualquiera que se respete a sí mismo. Pretender hacer análisis político desde la plataforma de una psicología de boticario ha sido la norma de la mayor parte de quienes han cuestionado a LO y a quienes, con él, han puesto en tela de juicio la “democracia” mexicana.
En esta circunstancia, hemos constatado cuán vacua y falaz es nuestra inteligencia oficial. De Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín no sorprende pues han dado muestras fehacientes de que sus intereses están por encima de cualquier otra consideración. En el caso de Christopher Domínguez Michael (DM) no parece que sean intereses económicos o políticos lo que lo hacen pergreñar un texto como el que se comenta. La calidad de su trabajo como crítico literario es suficiente para abrirle cualquier puerta y no necesita quedar bien con nadie. La primera sorpresa fue cuando firmó el desplegado impulsado por José Woldenberg, en el que un grupo de intelectuales, sin mayor sustento que su propio prestigio, afirmaron que las elecciones fueron auténticas, que “siguieron” las pruebas presentadas y que no hubo fraude. En ese momento pensé que lo había firmado por ingenuidad, por descuido o por desconocer su contenido completo –como han expresado algunos de quienes lo firmaron. Ese desplegado es un insulto a la inteligencia y es, en todas sus partes, un auto de fe, que contradice cabalmente todo principio de rigor analítico.
Sin embargo, al leer su artículo, la sorpresa ha sido sustituida por la decepción y la tristeza. Es triste ver cómo una persona que ha destacado por su inteligencia, por un trabajo realizado con tesón y rigor, con una voluntad crítica sin concesiones, aún por una cierta soberbia que le permitía la erudición inteligente que lo identifica, se arroje a las más pobre apología del poder mexicano para aporrear a LO y sus seguidores. Domínguez Michael ha destacado, en el medio literario mexicano –el del halago fácil y convenenciero al trabajo de los cuates, de la pleitesía a los grandes nombres y a los importantes funcionarios– por arriesgar críticas y cuestionamientos que le han valido imprecaciones y denuestos y que han lastimado el amor propio de no pocos escritores. Ha forjado una obra intelectual relevante. Su antología de la narrativa mexicana o su reciente libro sobre Fray Servando confirman la solidez de sus esfuerzos por ofrecer una visión crítica, detallada y puntual, acuciosa y pormenorizada de su objeto de estudio. Aplaudí, por ello, el que se le haya entregado la Beca Guggenheim.
Afortunadamente sus principales intereses giran en torno a la literatura y no a la política. Hoy que aborda la situación política, lo hace claudicando de todo rigor, de toda inteligencia. Las herramientas intelectuales que lo han caracterizado no aparecen en este deplorable texto, que exuda coraje e insidia, cinismo y necedad. Flaco favor se hace a sí mismo y a la intelectualidad en la que se sitúa, la de los libres, que se oponen a los siervos que defendemos la postura de que estas elecciones fueron fraudulentas.
Como si hiciera falta situarse al nivel de Adal Ramones, afirma que LO es un peligro para México; que se inventó un complot y en su delirio de persecución ha arrastrado a la complicidad a importantes intelectuales para luchar contra el “petate de muerto” de la ultraderecha; es decir, una derecha inexistente, que no aparece por ningún lado y que es pura fantasía, un “fantasmón ultramontano”. Habría, pues, que concederle al loco ese de LO una habilidad extremadamente afilada para engatusar y poner a su servicio, para infestar de mentiras la opinión pública, a filósofos, literatos y artistas, a matemáticos, físicos y otros científicos que demostraron inconsistencias mayores en las cifras del IFE, incluso a magistrados y jueces que dejaron asentadas en actas las irregularidades en el 65% de los paquetes que el Tribunal Electoral mandó revisar y que involucran 1.5 millones de votos espurios –término del Tribunal.
Por supuesto que no defiendo la uniformidad, ni mucho menos la unanimidad de posturas frente a la situación política de nuestro país. Nunca como hoy es tan necesaria la crítica y el análisis de nuestra realidad política. Si DM está en contra de LO valdría la pena que, en uso de sus facultades mentales, libres de la enfermedad que nos ataca a los siervos, escribiera con el rigor exigible en cualquier análisis: partir de una plataforma teórica precisa y de ella, con método consistente, desbrozara uno a uno los componentes que determinan la situación actual y elabore una síntesis plausible que explique el panorama. Sin embargo, DM parece no darse cuenta de que hace exactamente lo que más cuestiona. Es decir, miente y caricaturiza la situación.
Dice que los siervos intelectuales que acompañan a LO afirmaron que la prensa extranjera lo apoya y que eso es falso: el mundo entero lo reprueba por su “deslealtad” a las instituciones. Miente DM con esa afirmación pues no hubo tal aseveración de los intelectuales, ni de LO. Si alguno lo dijo, eso no es infestar la opinión pública. Lo que hubo fue un llamado a la prensa internacional para que hiciera lo que hace comúnmente cuando en algún lugar se da una situación de tensión política. Mandar reporteros a investigar. Sabemos que a la prensa internacional se le facilita su trabajo en México. Por cierto, un reportero del NYT fue testigo, y así lo publicó, del dobleteo de votos espurios en favor de Calderón en seis de seis paquetes electorales abiertos en un distrito de Jalisco, aunque, claro, ha de haber sido por caer enfermo de servilismo mendaz.
Sería bueno que DM nos aclare en qué se basa para afirmar que en 1988 sí hubo fraude, ya que dice, fue testigo. Seguramente tiene pruebas contundentes, inatacables, y no es sólo una afirmación de sentido común, que como tal no vale ni el papel en que está escrita. De mucho nos serviría para confirmar lo que millones de personas denunciamos. Deben ser pruebas más sólidas y consistentes que el millón y medio de votos de los que no sabemos a dónde fueron a parar o de dónde salieron; deben ser más contundentes que los 450 millones de impactos mediáticos que contrató la Presidencia demócrata de la República en tres meses; deben ser más claras que el chantaje empresarial y los 7 millones de correos electrónicos en contra de LO que se enviaron desde la oficina del Secretario de la Función Pública –hecho confirmado por la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales posiblemente en un arranque de locura servil. Si para DM el inexistente fraude en estas elecciones es una farsa comparado con el de 1988, sería bueno que convenciera a los consejeros del IFE en varios estados que denunciaron la manipulación de la que ellos sí fueron testigos.
Hace, también, una caricatura “rústica, lóbrega y maniquea” cuando afirma que la versión de la historia de LO es tal y para demostrarlo hace un riguroso análisis científico, valido de términos acuñados por la más estricta ciencia política, como “embriaguez colectiva”, “embrujamiento patológico”, “contorsionistas” y “maestros de ceremonias”. Es casi hegeliano cuando nos ilumina sobre la personalidad del Mesías. Según deduce con brillantez DM, lo que le pasa a LO es que se considera “víctima propiciatoria del mal” y que su divisa es que, si la realidad no cuadra, peor para ella; la denuncia del fraude es para el ínclito pensador una muestra de “teatro callejero y de la farsa ideológica” que sirven para aderezar el “insulto y la calumnia”. Cuidado, señor Domínguez, tal vez esté enfermando, su texto está repleto de insultos y calumnias; el médico Krauze le podría recetar algo, no vaya a ser que esté cayendo en la órbita de este proyecto de desmantelamiento del sistema democrático que dirige LO.
Pero lo destacable de este texto está en sus conclusiones: nosotros los liberales “creemos” que la democracia se sustenta en un conjunto de reglas “verificables y anticlimáticas”(¿?). Para los siervos enfermos es un estado cuasimístico de agitación, éxtasis colectivo y redentor. Lo bueno es que DM no es caricaturista, o monero como les dicen aquí, porque los desplazaría a todos. Como si la democracia pudiera reducirse a una serie de reglas y nada tuviera que ver con la constitución y ejercicio del poder en realidades concretas. Si fuera sólo eso, un mecanismo de relojería, nada distinguiría políticamente a Alemania o Suiza de México. Y aún si la democracia fuera sólo eso, DM debería aceptar que se violaron esas reglas procedimentales que tanto alaba y que las instituciones que tanto ama fueron saboteadas desde su interior. Si quiere pruebas empíricas puede revisar las actas de las sesiones del Consejo General del IFE.
Luego afirma que lo importante no es la fe de cada quien –acepta la suya, lo cual se le reconoce– sino los datos empíricos: los votos que los ciudadanos “contaron” el 2 de julio. Lo que no explica es porqué 230 mil votos que le dan el triunfo a Calderón en 130 mil casillas son pruebas empíricas y el millón y medio que registraron lo jueces y magistrados en sólo 6 mil casillas no son más que fantasías de mitómanos. Ni los magistrados del Tribunal Electoral se atrevieron siquiera a concluir que las elecciones fueron equitativas, justas y legítimas. Claro, DM no ha escuchado una explicación de porqué perdió el PRD; es decir, no ha escuchado nada. Si hace falta que alguien le diga al rey (LO) que va desnudo, hace aún más falta que los demócratas sin adjetivos expliquen tales adjetivos, tan de su gusto.
Luego hace un cuestionamiento preciso: la supuesta omisión de los intelectuales, gravísima para DM, respecto a la postura de LO en relación con los derechos de homosexuales. Probablemente no escuchó tampoco entonces, cuando la Ley de Convivencia fue rechazada en la Asamblea Legislativa del DF, las críticas acerbas de muchos de quienes ahora lo apoyan. Sin duda tiene razón en cuestionar a LO, de ser cierta su postura –de la cual faltan pruebas empíricas, por cierto–, pero justificar con eso su apoyo a Calderón es querer sostener un edificio con un clavo. Por lo visto es más importante la ley de convivencia en el DF que la educación sexual en secundaria, prohibida en entidades gobernadas por la derecha inexistente. Para DM es inadmisible que millones de personas defiendan su derecho a saber qué pasó realmente en la elección si antes no se defendió el derecho a formar parejas de homosexuales. Con respecto al zapatismo, no es tan difícil encontrar razones para que la “izquierda” se haya distanciado de Marcos: con razón o sin ella, Marcos saboteó la campaña de la Coalición, cuando existía la posibilidad de vencer electoralmente a la derecha, la que sí existe y actúa políticamente, aunque nuestro autor no la vea ni la oiga, más que para defenderla.

“Nadie, –dice DM– y así lo cuenta la historia del siglo pasado, peor preparado para aceptar la realidad que un intelectual ante las puertas del paraíso.” Christopher Domínguez Michael acaba de demostrar que sí hay alguien así: un intelectual que se cree dentro del paraíso.


Ateneo Los días terrenales
Alberto Schneider

1. IX Foro sobre América Latina en el Instituto Tecnológico de Massachussets, en la ciudad de Boston, Estados Unidos, (IX Latin Conference, MIT Sloan), marzo, 2006.

Thursday, September 07, 2006

México, 2 de julio, 2006

Parte II

Preámbulo

En esta segunda parte, hacemos un rápido recuento de lo que se considera una usurpación del poder político mediante la violación sistemática de la Constitución; es un golpe de Estado, desde la legalidad que se dice defender. Y es desde esa misma legalidad desde la cual está demostrado que la elección tiene un resultado incierto, por decir lo menos. Tan sólo esta duda hace legítimo solicitar certeza. Simple en su expresión: voto por voto. Sin embargo, es el nudo que ata los hilos de la trama que forma el tejido del poder que hoy destruye su propio anudamiento: la ley. Sólo podrá imponerse por la fuerza. El sitio a la Cámara de Diputados lo demuestra. Por el contrario, el vacío en la calle al cerco paramilitar y la trinchera en lo que queda del despojo, habida cuenta del desempeño de Poder Judicial, son la respuesta política precisa, necesaria. La toma del Congreso por el PRD ancla el carácter de Constituyente del momento político, que no puede no tener como referente a la sociedad organizada.
La incertidumbre devino en certeza y luego convicción. Las irregularidades e inconsistencias en los resultados, aún aceptando que se deban todas a errores sin dolo, suman un volumen de votos varias veces mayor que la diferencia entre candidatos, lo que no es posible pasar por alto, si a la ley nos atenemos. Y atenerse a la ley implica sumergirse en un proceloso y arduo mar, como veremos.


Cómputo impoluto

Para el propósito de realizar elecciones federales, se ha dividido al país en 300 distritos electorales y éstos en secciones, definidas por el número de electores: máximo 750 cada una. Si en una sección electoral hay más electores, se instalan casillas contiguas, de modo que ninguna casilla pueda tener más de ese número de votantes y, por tanto, de votos. El día de la elección, en cada casilla se entrega a los funcionarios –cuatro ciudadanos seleccionados por sorteo –insaculación– que deben cursar una capacitación y ser acreditados por el IFE–, la lista nominal de electores (padrón con los electores que efectivamente tienen credencial para votar), las boletas numeradas, las urnas, sellos, tinta indeleble y demás recursos necesarios. Los partidos políticos nombran representantes que vigilan el curso de la elección.
Al final del día, en cada casilla se cuentan los votos y se levanta el acta de escrutinio y cómputo, en la que se asientan los resultados obtenidos por cada candidato, los votos no válidos, los no usados, etc. En el transcurso de la jornada se levantan otras actas en las que se asientan los pormenores del día, como hora de instalación, sustitución de funcionarios en su caso, etc. Los funcionarios de casilla deben llenar y firmar las actas, que firman también los representantes de partido. En caso de que haya irregularidades éstos pueden redactar y presentar un escrito de protesta. Este escrito es requisito procedimental para alguno de los tipos de recursos de impugnación que se pueden presentar al cabo de un proceso. Toda la paquetería se introduce en sobres –uno por cada tipo de elección, i.e. Presidencia, Diputados, Senadores, etc.– que se sellan y, a su vez, se introducen en una caja que también es sellada. Sobre ella se pega una copia del acta del conteo y cómputo. Fuera de la casilla se despliegan los resultados tal y como aparecen en el acta. En principio, pareciera que el procedimiento cuida la certidumbre de la jornada; los partidos tienen presencia y facultades para proteger sus intereses legítimos. El ciudadano participa cierto de que el procedimiento es legal. Sin embargo, los hechos demuestran que no hay tal certeza ni legalidad en su resultado efectivo.
Es importante señalar que la ley electoral establece que en caso de que algún funcionario no se presente el día de la elección, al cabo de un lapso determinado podrá ser sustituido por cualquier ciudadano que se encuentre formado para votar. La CPBT ha denunciado que el 2 de julio fue sustituido el 22% de los funcionarios de casilla. Asimismo, ciudadanos seleccionados por sorteo fueron siendo reemplazados previamente mediante una estrategia que se le ha llamado ancla: identificar ciudadanos afines entre quienes fueron sorteados, mediante encuestas telefónicas de intención del voto o en la capacitación y selección final, proceso que tiene amplios márgenes de discresionalidad
[1]. No es posible determinar en qué medida operó esta estrategia, ya que no hay información detallada y precisa del IFE sobre todo el proceso de integración de mesas de casilla. Sin embargo, por testimonios recogidos en todo el país e información parcial, se estima que sólo el 40% de los funcionarios que trabajaron el día de los comicios cumplió con todo el procedimiento establecido para ello.
El dos de julio se instalaron 130,488 casillas electorales en todo el país. Desde temprano, los medios ponderaron y exaltaron la normalidad con que arrancó el proceso, casi sin incidentes de consideración. Al mediodía la calificaron: una elección ejemplar Se tenía previsto que el IFE diera información sobre encuestas de salida si hubiera diferencias sustantivas o una tendencia clara a favor de algún candidato. No fue así y ni el Instituto ni los medios dieron a conocer información al respecto. Por la misma razón, tampoco se informó sobre resultados de los conteos rápidos –conteo de resultados de casillas seleccionadas aleatoriamente.
Para proporcionar información de resultados a la sociedad, se diseñó un sistema llamado Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), el cual recoge la información de cada casilla electoral. El procedimiento es el siguiente: una vez terminado el conteo y cómputo en cada casilla, el paquete se traslada al distrito correspondiente. En él, vía telefónica, se dictan los datos del acta de cada casilla al área de captura del PREP y de aquí se sube al programa. En las instalaciones del IFE, de manera pública, se muestran los resultados, casilla por casilla, conforme van llegando. Los paquetes no deben abrirse y son resguardados en un recinto que debe quedar sellado.


Irregularidades regulares

Durante la noche del 2 de julio los resultados llegaron al PREP conforme la enviaban de cada distrito. El 3 de julio, el IFE informó que Felipe Calderón sobrepasaba a LO por 403,708 votos. Desde el inicio de la presentación de resultados del PREP surgieron inconsistencias que sembraron dudas. En primer lugar, había 827,617 votos anulados, una cifra muy alta y, sobre todo, el hecho de que la suma de votos no era igual que la suma de votantes. Ante el reclamo de la CPBT, el IFE informó que había un archivo de inconsistencias con más de 2 mil actas de casilla que aparecían en pantalla del PREP, pero cuyos resultados no fueron computados: aproximadamente 900,000 votos (aproximadamente 450 votos por casilla con una participación del 60%, de acuerdo con el IFE).
Más tarde, LO denuncia la pérdida de tres millones de votos. Al escándalo, el IFE informa que se trata de otro archivo no contabilizado por “ilegible” de 13,086 actas con 3’553,624 votos, del que los partidos sabrían de su existencia pero no de su contenido, y del cual no se informó públicamente. Además, había 822 actas menos para la elección presidencial que para las de diputados y senadores. El IFE explicó que los ciudadanos se las llevaban a su casa. En total, se trata de una franja oscura de cinco millones de votos.
Al hacerse los ajustes, sólo se contabilizaron 11,184 actas y la diferencia entre el primero y el segundo lugar se redujo a 257,532 votos. Al final, siguieron faltando 2,017 actas, que representan entre 700 y 900 mil votos. Es decir, a tres días de la elección, lo que menos se podía sostener es que se trataba de un procedimiento claro y cierto, al reconocerse errores en más del 10% de total las casillas y con una masa de votos tres o cuatro veces mayor que la diferencia en el primero y segundo lugares.
La Coalición por el Bien de Todos demanda contar otra vez todas las casillas. El PAN se niega; el presidente de Consejo General de IFE sostiene que la elección está “fuera de toda duda”; el gobierno, los medios y la cúpula eclesiástica rechazan la demanda de la Coalición y, también, la califican: antidemocrática.
Es importante señalar aquí que previo a las elecciones, se advirtió de la posibilidad de que en el sistema de resultados pudiera existir un programa oculto que modificara, mediante un algoritmo matemático, los resultados presentados. El aserto se fundamentaba en la desconfianza generada por el hecho de que la empresa de informática propiedad del cuñado de FC, Hildebrando (y una red de cuando menos 19 empresas asociadas), tuviera relaciones contractuales con diversas dependencias, entre ellas el IFE. Por otra parte, existen denuncias fundadas y testimonios de que en los EUA se utilizó entre otros este mecanismo para falsear las elecciones en Ohio y Florida; personajes ligados a estos fraudes trabajaron con Fox en el año 2000 y ahora con el PAN.
[2]
Más allá de que pueda probarse el uso de este recurso, las inconsistencias llamaron la atención de muchos expertos. Uno de ellos, el físico Luis Mochán, ha publicado varios artículos –con el soporte técnico de sus estudios– sobre el PREP, en los que muestra inconsistencias sistemáticas e inexplicables en un conteo de esta naturaleza. Cabe señalar que él mismo ha reconocido algunas limitaciones de su estudio, pero ha continuado depurándolas y mantiene su postura de que hubo manipulación
[3].
Aquí apunto algunas consideraciones de este autor: la base de datos de las actas contabilizadas en el PREP para la elección presidencial contiene sólo 117,287 registros, por lo que faltan 13,201 registros necesarios para completar las 130,488 casillas instaladas y otros 300 registros más para incluir los resultados del voto en el extranjero. Hay registros incompletos que no permiten hacer comparaciones necesarias para validar resultados. De los 109,134 registros en los que sí se puede comparar el número de boletas depositadas en la urna con el número de boletas recibidas y el número de sobrantes, en 50,223 casillas (46%) se encuentran con que faltan o sobran boletas, lo cual involucra 1’504,566 boletas, es decir, votos. Seis veces la diferencia entre LO y FC.
Los números del PREP generaron dudas en otros expertos en estadística, matemáticos y científicos de diversa especialidad. Se cuestionó el hecho de que un proceso aleatorio –la llegada de información desde los distritos– se haya comportado como si no lo fuera. Mantuvo una tendencia fija y los dos punteros aparecían en una curva simétrica, de espejo. De hecho, según estimaciones y dado lo reducido de la diferencia entre contendientes, esas curvas debían cruzarse –de acuerdo con la tendencia– pero ello nunca sucedió. La sospecha se reafirma por el hecho de que cuando era previsible que sucediera ese cruce, se detuvo el flujo de información más o menos durante 20 minutos. A partir de ese momento, las curvas muestran un comportamiento diferente, ya no se van juntando sino que corren casi paralelas.
[4]
Un grupo de 35 científicos
[5] de varias universidades mexicanas, que trabajaron por separado y llegaron prácticamente a las mismas conclusiones, presentaron en conferencia de prensa el día 29 de agosto conclusiones similares: hubo manipulación y fraude. Por ejemplo: “los números no cuadran en 46% de las casillas […] En total, estos votos suman 1’763,764” […] “de los resultados publicados por el IFE en 97,790 casillas, en 22,319 la suma de boletas depositadas en las urnas, más las no utilizadas, fue menor que el número de las entregadas al presidente de la casilla, dando como resultado 1’043,907 votos”. Y, en el sentido inverso, “en 22,419 casillas la suma de boletas depositadas en las urnas, más las no utilizadas, representó un número mayor a las entregadas al presidente de casilla, lo que da como resultado 719,857 votos”. De acuerdo con la ley electoral (Cofipe) estas casillas debieran ser anuladas. No fue así.
El PREP, si bien proporciona información del IFE, no es oficial; es decir, debe haber un proceso de conteo y cómputo en los distritos electorales sobre las actas, que debiera dar resultados definitivos. Sin embargo, a partir del resultado del PREP, Calderón se declara ganador y arrecia la campaña masiva para convencer a la población de este resultado y condenar la postura de la Coalición.
El siguiente punto de conflicto se dio en el conteo oficial realizado en cada uno de los distritos electorales a partir del 5 de julio. La instrucción de la cúpula del PAN fue impedir la apertura de paquetes. La primera sorpresa es que en muchos casos los recintos de resguardo de la paquetería estaban abiertos. En este conteo distrital, los funcionarios del IFE junto con los representantes de partidos realizaron la revisión de actas y, en el caso de errores evidentes debían abrir los paquetes y contar de nuevo los votos. Sin embargo, particularmente en distritos situados en estados con gobiernos panistas o ligados políticamente a Elba Esther Gordillo, esto no sucedió. Con diversos medios, pero sobre todo por la imposición de los funcionarios del IFE y con el apoyo de representantes partidistas, se impidió la revisión de miles de paquetes con inconsistencias, aún flagrantes. El resultado final de este conteo –se abrieron poco más de 2,000 paquetes en todo el país– dio prácticamente el mismo resultado. El presidente del IFE, sin atribución legal para ello, nombró ganador a Felipe Calderón con 243,394 sufragios
[6].


La impugnación

Mientras tanto, el PRD inicia el proceso de integración de pruebas para impugnar todo el proceso. Un primer problema estribó en que no fue posible tener representantes en todas casillas –ningún partido lo hizo–, lo cual dificultaba contar con copias de todas las actas. En seguida, solventar problemas asociados con los procedimientos requeridos para fundamentar los reclamos. La campaña mediática se concentró en cuestionar a la Coalición la ausencia de representantes y la falta de escritos de protesta, invalidando cualquier argumento y reduciendo todo el litigio a un asunto de procedimiento. Se insistió en la descalificación personalista del conflicto y en la magnificación de errores puntuales de LO. Ninguno de los dos grandes consorcios mediáticos realizaron algún reportaje con sentido indagatorio, ya no digamos de investigación. Conforme pasaron los días, las evidencias de irregularidades del proceso se multiplicaron y la exigencia de contar todos los votos cobró fuerza. Voto por Voto, casilla por casilla es el lema del movimiento que encabeza LO para clarificar la elección, movimiento que se expresa con particular claridad en concentraciones masivas en el zócalo capitalino.
Otro elemento que aporta más sospechas es el hecho de que el Consejo General de IFE giró instrucciones a los consejos distritales para que abran los paquetes para una revisión, supuestamente procedimental. Esto es ilegal. Al conocerse esta información el responsable de organización electoral del IFE anunció la suspensión de dicho proceso. Ante el reclamo, el IFE argumentó, primero, que esa orden se dio en respuesta a la propia Coalición. Ante lo ridículo de la explicación, la siguiente respuesta es que se hizo por solicitudes de las salas regionales del Tribunal, lo cual es también falso, pues dichas salas no tienen atribución legal para hacerlo. El IFE tuvo que reconocerlo y alegó que efectivamente fue la Sala Superior. El representante del PRD –por el Poder Legislativo- en el Consejo General del IFE, Horacio Duarte, hizo ver al Consejo de la falacia de dicha afirmación: la Sala Superior no había podido dar tal instrucción pues todavía se estaba en proceso de integración de pruebas y su resolución la emitiría posteriormente. Es decir, el IFE violó la ley al abrir subrepticiamente la paquetería electoral, sin que ningún representante de partido fuera testigo. No ha quedado claro, hasta hoy, cuál fue el motivo ni objetivo de esa decisión, lo cual no puede más que abonar a la sospecha de una manipulación del contenido de los paquetes.
La estrategia de impugnación legal se condujo en dos pistas. Por un lado, la impugnación de casillas y distritos en los que se encontraron irregularidades específicas y, por otro, una impugnación general, llamada recurso madre, referida a la junta distrital 15 en el Distrito Federal, en la que se solicitó la “conexidad de la causa”; es decir, que los juicios de inconformidad ante cada uno de los distritos pueden ser acumulados en el Tribunal electoral y resueltos conjuntamente en el caso de que contengan peticiones similares y busquen los mismos objetivos; su consecuencia, la posibilidad de la apertura de todas las casillas. El tribunal aceptó el recurso.
La CPBT impugna 72 mil casillas en las cuales detecta irregularidades. Esta impugnación se presenta en más de 350 juicios de inconformidad, dentro de los cuales está el llamado “recurso madre”. El Tribunal acepta los recursos y abre dos incidentes, lo que implica valorar la posibilidad de la apertura total de casillas e inicia el procedimiento para analizar las impugnaciones. Al cabo de su deliberación, resuelve la apertura de poco más de 11 mil casillas, de 149 distritos electorales, sin que quede claro porqué unas sí se revisan y otras no, siendo que, cuando menos, cerca de 40 mil casillas tienen el mismo tipo de irregularidad.
El procedimiento se realiza en cada distrito electoral, por jueces y magistrados en sesiones públicas con la presencia de representantes de partidos. Inmediatamente surge el problema: ¿qué certeza puede haber si se encuentran bodegas abiertas, todos los paquetes también abiertos, sin sellos, en algunos casos con actas falsas (sin doblar; para introducir la boleta en la urna es forzoso doblarla) y firmas apócrifas; papel estraza en vez de papel oficial, entre otros “detalles”.
De este recuento mínimo, las dos grandes irregularidades, que ameritan la anulación de los resultados de esas casillas, son: a) que se encontraron votos de más y votos de menos a los anotados en actas. En general, los primeros son para FC y los segundos para LO. Es decir, resulta que en 7,532 casillas, 65% del recuento, el número de boletas usadas más las sobrantes no corresponde con el número de boletas entregadas a cada mesa de casilla, y b) no concuerda el número de votos con el número de electores que realmente votaron, según las listas nominales marcadas, ya sea que haya votos de más o de menos. Así, al comparar el número de ciudadanos que votaron el día de la elección, y que fueron marcados en los listados nominales, con los votos en las urnas, el resultado es que en 43% de las casillas hay votos espurios, como los llama el propio Tribunal, o sea votos de más, y en 29% de las casillas se sustrajeron votos válidos.
En la Ley General del Sistema de Medios de Impugnación en Materia Electoral se establece, en su artículo 75, las causales de nulidad de casillas. En la fracción k) dice: “Existir irregularidades graves, plenamente acreditadas y no reparables durante la jornada electoral o en las actas de escrutinio y cómputo que, en forma evidente, pongan en duda la certeza de la votación y sean determinantes para el resultado de la misma.” Sin valorar si hubo dolo o no, la causal de nulidad en estos casos es clara. Las irregularidades no son reparables: es imposible saber, por ejemplo, el sentido de los votos que no aparecen, aunque se pueda suponer; tampoco se puede saber, por ejemplo, cuáles votos “válidos” fueron emitidos por ciudadanos y cuáles por medio de trampa.
[7] Por esta razón, el Tribunal debía anular las casillas en donde quedó demostrado que hubo votos espurios y donde faltaban votos, tal como ha procedido en los casos de impugnación por estas causas que se le han presentado al mismo Tribunal a lo largo de sus 10 años de existencia.
De acuerdo con la CPBT, bajo esta condición, si sólo se anulara la votación de estas casillas, Andrés Manuel López Obrador ganaría la elección por 526,786 votos, resultado que se obtiene al anular los supuestos votos del PAN y de la Coalición en esas casillas y restando los 243,934 votos de la diferencia que reportó el IFE.
La resolución del Tribunal confirma la sospecha. Primero ordena una investigación de 11,839 casillas (9% del total) y luego afirma, en la resolución del lunes 28 de agosto, que no es fiscal y que su función no es investigar. Anula 143 casillas y hace un ajuste de cifras, que no altera el resultado final. Pero reconoce tácitamente que es válido hacer fraude, pero hasta cierto punto. Es decir, según su criterio, si en una casilla la diferencia entre uno y otro candidato fue de 100 votos, no importa si se demuestra que hay 50 espurios o faltantes, de todos modos el sentido del voto en esa casilla no se alteraría: el ganador sigue siendo ganador.
Más allá de esta curiosa manera de interpretar la ley, su decisión omite que hay un modo legal: anular el resultado de esa casilla. Pero además, pervierte el sentido de su propia resolución anterior al desvincular lo hallado en cada una de las casillas con el resto de ellas. No importa que una gran mayoría de las inconsistencias perjudiquen a uno y beneficien al otro. No importa que representen 1’389,653 votos, casi seis veces más de los que hacen la diferencia, y que ello se presente en tan sólo el 9% del total de casillas.
Estos resultados muestran que la revisión de todas las casillas era indispensable para dar certeza al proceso. La negativa de realizar tal revisión sólo se explica porque el fraude es mayor de lo supuesto en un principio; que la competencia cerrada fue sólo una estrategia mediática, necesaria para que fuera aceptable un resultado parejo con Calderón como ganador. No sólo hubo fraude, sino que fue masivo, extenso y generalizado, necesario para remontar los 8 o más puntos de diferencia que tenía LO sobre Calderón antes del golpe mediático que lo desfondó en las “encuestas” previas a la elección.
El tamaño del fraude es de la dimensión de lo que el gobierno federal, el PAN, oligarcas nacionales y sus aliados extranjeros, el oligopolio mediático y su coro de intelectuales, así como la derecha ambiciosa y fascista, han invertido en impedir un cambio de régimen: miles de millones de pesos y seis años de desgobierno que salda, con tanquetas y una mayoría de 243,934 votos, su bono democrático.

Alberto SchneiderAteneo Los días Terrenales
[1] Cuento con el testimonio de dos personas en el mismo distrito que vivieron esta situación. Fueron eliminadas del proceso, sin aviso, y después de haber sido encuestadas 4 veces. El coordinador de la estrategia legal de la CPBT, confirma que esta fue una práctica recurrente en distritos dominados por el PAN.
[2] En los EUA, se ha documentado el fraude electoral realizado por G. W. Bush, utilizando, entre otros recursos, el diseño de programas informáticos, mediante la empresa Choice Point. Personajes directamente relacionados con este fraude, como Dick Morris y Rob Allyn –quien trabajó con Fox en el año 2000–, fungieron como asesores de Calderón en este proceso electoral. Choice Point es la empresa que compró y puso a la venta el padrón electoral mexicano en 2003.
[3] http://em.fis.unam.mx/~mochan/elecciones/paperMochan.pdf
[4] En esta liga se encuentra un estudio realizado por el Dr. Miguel de Icaza. http://www.fata.unam.mx/icaza/ffrau3.pdf. El paquete completo correspondiente a este estudio se encuentra en: http://www.fata.unam.mx/icaza/ffrau3.zip. Incluye: un artículo anterior, la lista con las 14,000 casillas estudiadas, el programa en awk utilizado para obtener tales resultados, mismo que puede ser modificado por los interesados para realizar otros análisis del mismo estilo.
[5] http://www.jornada.unam.mx/2006/08/29/014n1pol.php
[6] Otro especialista, Simón Hiram Vargas, consultor económico graduado en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Afirma que se contabilizaron los votos nulos: "Existe una diferencia de un millón 168 mil 955 votos entre la votación usada para asignar los porcentajes y la votación real". http://www.jornada.unam.mx/2006/07/12/010n1pol.php.
[7] Hay casos claros. La misma marca se repite una y otra vez en muchas boletas; es decir, fueron marcadas por la misma persona, también las boletas sin doblar. Hay testimonios de personas que declaran haber llenado boletas “en casa”.

Tuesday, September 05, 2006

México, 2 de julio, 2006

México, 2 de julio, 2006
Crónica de un golpe de Estado

Parte I


El 6 de julio de 1988 el gobierno federal, encabezado por Miguel de la Madrid y en cuyas manos estaba la operación de los procesos electorales, impone a Carlos Salinas de Gortari (PRI), luego de la “caída” del sistema de cómputo electoral. Manuel J. Clouthier[1], recién incorporado al Partido Acción Nacional (PAN; digamos de derecha) y lanzado rápidamente como su abanderado por la Presidencia del país, reconoce como ganador a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, candidato del Frente Democrático Nacional (FDN, de izquierda), al levantarle la mano y sellar con él un acuerdo para desconocer al presidente electo de manera espuria.
Con la “oportuna” muerte accidental de Clouthier, la facción panista procede a pactar con el presidente electo. El PAN reconoce el triunfo de Salinas y éste le abre puertas del poder priísta. Se negocian gobiernos estatales, parlamentos, municipios y cargos en la estructura del Poder Ejecutivo Federal. Se enfilan en un proyecto económico común, la consolidación de la democracia de mercado globalizada, mientras actúan contra el Frente mediante recursos económicos y políticos y una represión selectiva que dejó cerca de 500 muertos. El Frente daría paso al Partido de la Revolución Democrática (PRD).
La administración de Salinas acelera la instrumentación de las políticas económicas que se “consensarían” en Washington en 1990. A la par, y como necesidad política, se construyó un aparato de regulación del sistema de partidos y de organización de los procesos electorales que diera cauce a los costos sociales que dicho proyecto anunciaba. Se diseñó un complejo marco legal, se creó el Instituto Federal Electoral y muchos nuevos partidos, y se construyó el discurso ideológico que hizo de la democracia un eufemismo del paraíso.
Lo que se llamaría más tarde la normalidad democrática está fundada, no obstante la ironía, en la premisa planteada por Diego Fernández de Cevallos, cabeza de la cúpula panista, cuando su partido aprobó en la Cámara de Diputados la quema de las boletas electorales: “legitimar con hechos” al gobierno. Gobierno que terminó con un levantamiento indígena armado, una cauda de asesinatos políticos, entre ellos el del candidato del partido oficial y un Tratado de Libre Comercio de América del Norte que comprometió radicalmente el desarrollo del país y fracturó estructuras básicas del entramado social, sobre todo en el campo y en sindicatos.
El siguiente y último gobierno del PRI, encabezado por Ernesto Zedillo Ponce de León, comienza con una crisis devaluatoria, conocida como el “error de diciembre”, que obliga al Presidente a garantizar con los ingresos petroleros del país el rescate que le ofrece la administración Clinton y a contraer nuevos compromisos con el BM y el FMI. Comienza la desnacionalización del sistema financiero y se acelera, vía mecanismos administrativos, la cesión de derechos sobre recursos energéticos, entre otros sectores. Paralelamente, se llevan a cabo nuevas reformas políticas que “ciudadanizan” el IFE y se crean nuevas instituciones, como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y las elecciones transcurren con normalidad.
Una de las particularidades determinantes que puede definir el centro del poder de esta coalición de cúpulas político-económicas en el gobierno es que se estructuró, por un lado, en torno a un proyecto cuyo eje fue el control del sistema financiero, la formación de capitales de dimensión transnacional, acreditados en monopolios económicos de sectores estratégicos –comunicaciones, transportes, industria extractiva, energía, etc. Por otro, garantizó el control de instituciones centrales en materia de política económica, p.e. el Banco de México, y de regulación financiera como la Comisión Nacional Bancaria y de Valores
[2].
El Instituto Federal Electoral se consolidó como el exponente de la normalidad democrática al conducir, sin mayores sobresaltos, los procesos electorales de los siguientes diez años. El Consejo General, máximo órgano de decisión del Instituto, integrado por nueve ciudadanos –propuestos por los tres principales partidos políticos con registro nacional– concluye su primer ciclo con un alto reconocimiento por su actuación. Electoralmente el PAN y el PRD avanzan tanto en el Congreso como en estados y municipios, mientras que el PRI reduce sostenidamente su cuota de poder en casi todos los ámbitos, aunque en algunos estados se fortalece.



Otra vuelta de tuerca

La coalición gobernante se ha reconfigurado de varias maneras y en circunstancias determinadas a lo largo de estos años. Por ejemplo, el triunfo de Vicente Fox Quezada en el año 2000, que cierra el ciclo del poder priísta pero mantiene prácticamente la misma estructura burocrática, sobre todo en áreas estratégicas de la definición y control de las políticas económicas, abrió la puerta directa al poder del Estado a grupos que no habían estado directamente involucrados en la toma de decisiones desde hace mucho tiempo –la ultraderecha confesional, junto con cúpulas empresariales y sectores de acción local o regional del norte y centro del país, principalmente.
En paralelo, desde 1997, el PRD domina políticamente en el Distrito Federal, tanto el gobierno como el congreso local. La confrontación entre el gobierno federal y el de la Ciudad de México se incrementa conforme transcurre el sexenio de Fox. El Consejo General del IFE se renueva sin la participación del PRD mediante un acuerdo entre el PRI y el PAN. Cobra fuerza e influencia política la lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, el mayor de América Latina, Elba Esther Gordillo, quien desde la secretaría general del PRI logra imponer en la presidencia de este Consejo a Luis Carlos Ugalde, junto con otros cuatro consejeros. El restante es nombrado por el PAN.
Este personaje es clave en el proceso electoral de 2006 y en su resultado, por lo que nos detendremos en ella. La descomposición interna del PRI se agudiza después de un cuestionado proceso interno por la renovación de su dirigencia nacional. Roberto Madrazo Pintado, como Presidente, y Elba Esther Gordillo, como Secretaria general, se hacen del control del partido. Sin embargo, a partir de diferencias surgidas de compromisos legislativos con el gobierno, que fueron incumplidos por Madrazo y que culminaron en la destitución de aquélla de la Coordinación parlamentaria de PRI en la Cámara de Diputados, Gordillo opera en alianza con el gobierno federal, gobiernos estatales y la estructura decisoria y operativa del IFE. Siendo Secretaria General del PRI crea un nuevo partido, el Partido Alianza Social (PANAL), reconocido rápidamente por el Instituto, y con él opera la desarticulación de los apoyos internos al presidente y luego candidato del PRI a la Presidencia de la República, Roberto Madrazo. Mientras, con recursos federales y la oferta de posiciones políticas en todos los órdenes, fortalece el control de la estructura sindical corporativizada.
El sexenio de Vicente Fox transcurre entre la frivolidad, la ineptitud y la negligencia, que contribuyeron a dilapidar el llamado “bono democrático” que Fox obtuvo al vencer electoralmente al PRI y a acrecentar la confrontación con el gobierno del DF, encabezado por Andrés Manuel López Obrador (LO), quien gana día a día mayor presencia y peso político no sólo en la Ciudad de México sino en el país entero.
En 2004 el aparato político, jurídico, económico y mediático controlado por la coalición de gobierno inicia el proceso para evitar que LO sea postulado candidato a la Presidencia de la República. Mediante el expediente de un litigio particular –la supuesta no suspensión de las obras de apertura de una calle para comunicar a un hospital privado–, el gobierno federal inicia y gana un proceso político en el Congreso para quitarle la inmunidad procesal que el cargo de Jefe de Gobierno le confiere a LO, el llamado desafuero, e iniciarle proceso judicial, que le quitaría sus derechos políticos y la posibilidad de ser candidato.
La movilización política del PRD y de amplios sectores sociales, la presión de los mercados internacionales y del gobierno estadounidense obligaron al Ejecutivo Federal a suspender el proceso. López Obrador no fue sujeto a juicio penal aunque sí retirado del cargo de Jefe de Gobierno del DF. Todo el proceso lo catapulta políticamente y es, efectivamente, nombrado candidato de la CPBT.
Mientras en el ámbito político el gobierno federal va de tumbo en tumbo, en términos económicos prosigue la marcha de la privatización de sectores estratégicos. Todo el sistema financiero –excepto un banco– queda en manos de corporaciones extranjeras; los llamados Contratos de Servicios Múltiples en Pemex, por ejemplo, cobran nuevo impulso para abrir el sector petrolero a empresas privadas; los medios de comunicación, que existen bajo el régimen de concesión, reciben prebendas y canonjías, cuya cereza del pastel son las reformas a la “Ley Televisa”
[3].
Mientras tanto, todos los indicadores económicos y de desarrollo social y “humano” se desploman. El desempleo abierto alcanza niveles nunca antes vistos, los indicadores de salud, educación, acceso a servicios públicos –agua, drenaje, electrificación– sitúan a millones de mexicanos en niveles equivalentes a países como Haití o Somalia. Más de 500 mil personas intentan cruzar cada año a los Estados Unidos. Al mismo tiempo logramos tener al tercer hombre más rico del mundo.

La elección ejemplar

En este contexto, se inicia el proceso electoral para renovar el Poder Ejecutivo Federal, el Congreso en su conjunto y algunos gobiernos estatales y municipales. Las “precampañas”, procesos internos de selección de candidatos en los principales partidos, sin regulación alguna, se caracterizaron por un gasto desorbitado de recursos en propaganda mediática, particularmente por parte del PRI y del PAN, que coincidieron con un ataque frontal contra López Obrador. Es decir, en la búsqueda de los apoyos internos, los partidos mayoritarios se confrontaron con el candidato del PRD, más que con sus propios correligionarios.
Al cabo de estos procesos, el PAN(Partido Acción nacional) postula a Felipe Calderón (FC) y el PRI (Partido Revolucionario Institucional), en la llamada Coalición por México con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), a Roberto Madrazo. Participan en la contienda los partidos sin definición política clara PANAL (Partido Nueva Alianza) y Alternativa Socialdemócrata y Campesina (PASC), así como la Coalición por el Bien de Todos, integrada por el PRD, el Partido del Trabajo (PT) y Partido Convergencia, que postula a Andrés Manuel López Obrador (LO).
La confrontación se agudiza. El PAN, el gobierno federal y las cúpulas empresariales lanzan una campaña política y mediática cifrada en la propalación de “ideas fuerza” que caracterizan a López Obrador como un peligro para México. Se infunde temor y desesperanza entre la población con amenazas directas de que perderán sus bienes, y se desvirtúa el árbitro electoral, que no sólo no actúa para impedir ilegalidades en la contienda, sino que las comete él mismo.
El Ejecutivo federal y sus dependencias utilizaron cuantiosos recursos para desacreditar a LO. Algunos ejemplos: la oficina del secretario de la Función Pública, contralor del Ejecutivo, envió ilegalmente 7 millones de correos electrónicos en contra de LO; la oficina del Presidente gastó en tres meses 1,700 millones de pesos en mensajes mediáticos; la esposa del Presidente manejó fideicomisos dentro y fuera del país, cuyos recursos recayeron en instituciones de asistencia privada y organizaciones “de caridad”, de cuyas cuentas hay completa oscuridad, aunque haya nuevos bancos asociados a ellas, y que operaron como agencias de la campaña de desinformación política del PAN.
El Consejo Coordinador Empresarial (CCE), la cúpula de cúpulas empresariales del país, pagó 200 millones de pesos en spots publicitarios –lo cual es delito electoral– en el último mes de campaña, lo mismo que grandes consorcios industriales y de la comunicación, así como jerarquías eclesiásticas. En la programación “familar” televisiva fueron y siguen siendo patrón de conducta los señalamientos y las frases alusivas en contra de López Obrador y el peligro que representa.
Está documentada la intromisión, mediante herramientas informáticas, de familiares del candidato panista, en el uso ilegal de instrumentos oficiales como el padrón electoral y los padrones de beneficiarios de los programas de atención a la pobreza como Oportunidades, así como del Sistema de Administración Tributaria, para el diseño, soporte y operación de las estrategias de campaña del PAN.
La actividad política de la cúpula magisterial –Elba Esther Gordillo– y su estructura nacional en favor de este partido fue abierta y permanente. No se puede soslayar que su influencia abarca al presidente del Consejo General del IFE y el Partido Nueva Alianza, instituciones académicas como el ITAM –desde cuyas aulas y oficinas se escriben cientos de páginas de análisis periodístico–, así como a algunos gobernadores priistas, presidentes municipales y congresistas de tres o más partidos. El control de la estructura operativa del IFE también está bajo su égida: el Secretario Ejecutivo de Organización Electoral del IFE proviene de las filas de ese sindicato. El SNTE ha participado históricamente en la realización material de los procesos electorales. Tres días antes de la elección, el presidente Fox le entregó a la señora Gordillo, 900 millones de pesos como apoyo a actividades magisteriales.
[4]
Sin embargo, la integración de las mesas de casilla sigue siendo un misterio, pero hay testimonios y documentales de irregularidades generalizadas tanto en los sorteos de selección de ciudadanos como en la capacitación y acreditación. El mismo día de los comicios fueron sustituidos miles de ciudadanos sin que a la fecha haya explicación plausible ni información precisa que permita evaluar esa parte central del proceso. Hay datos que apuntan a que sólo en el 40% de los casos las mesas se integraron con ciudadanos que cumplieron debidamente todo el proceso.
Para cerrar la pinza de la construcción política de percepciones y convicciones, elemento central de las campañas electorales centradas en los medios, las principales empresas encuestadoras participaron partidariamente. Un año antes del inicio formal de las campañas electorales, en los sondeos y encuestas públicas, LO se encontraba en niveles de preferencia que llegaron al 70%. Conforme avanzó el proceso y las campañas mediáticas conjuntas
[5] la diferencia entre LO y FC se fue reduciendo pero no disminuyó a menos de 8%. Dos días después de que se aprobó la “Ley Televisa”, impulsada por el duopolio televisivo, la empresa GEA-ISSA[6] publica una encuesta en la que sitúa a los punteros en empate. Consulta Mitofsky, contratada por Televisa, le da ventaja de dos puntos a Calderón. La explicación de la abrupta caída de LO: decirle chachalaca al presidente Fox. A partir de aquí, se condensó la percepción y la convicción generalizada de que ésta era, efectivamente, una contienda muy cerrada.

Alberto Schneider

[1] Manuel J. Clouthier, Maquío, es promovido por una facción empresarista que en un desplazamiento estratégico de la militancia tradicional logra el control político del partido. El desplazamiento, que incluye al senador José Ángel Conchello, fallecido también accidentalmente, modifica liderazgos federales, regionales y locales.
[2] Este proceso se realizó en un marco de extendida corrupción cuyo eje se define en casos como Fobaproa-Ipab, la privatización de carreteras, Pidiregas, aduanas y otros, que implican una masa de deuda de grandes dimensiones; tan sólo el primero llega al billón de pesos.
[3] En realidad son reformas a la Ley Federal de Telecomunicaciones y la Ley Federal de Radio y Televisión, impulsadas por ese consorcio mediático y aprobadas en el Senado por el PRI y el PAN, durante las campañas electorales. Es una ley que garantiza la concentración oligopólica y desregula el sector al desarticular el marco normativo del control estatal sobre el espacio radioeléctrico del país. El PRD la aprobó, también, en la Cámara de Diputados, en un error craso que luego intentó corregir en el Senado. Las objeciones de la propia Secretaría de Comunicaciones y Transportes, de la Comisión Federal de Competencia Económica, de juristas y académicos no fueron siquiera discutidas en la sesión correspondiente. El argumento textual de las cúpulas partidistas (PAN y PRI) fue por que así convenía a sus candidatos.
[4] Mientras tanto en Oaxaca comenzó un conflicto político con una demanda de un sector disidente del sindicato magisterial, que implicaba 350 millones de pesos que el gobierno federal alegó no tener. La sección sindical oaxaqueña ponía otro tanto. Hoy el conflicto suma varios muertos.
[5] En México, el 80% de las personas se entera de lo que sucede en el país y en el mundo por medio de la televisión; Televisa y Televisión Azteca controlan más del 80% de todos los medios de comunicación masiva del país.
[6] Cabe señalar que el fundador y presidente de GEA es Jesús Reyes Heroles, quien como embajador de México en Washington tuvo a sus órdenes como coordinador de asesores a Luis Carlos Ugalde, presidente del Consejo General del IFE.

Friday, August 25, 2006

Antígona a propósito de la legalidad y la legitimidad...

El autor de este texto propone, desde la tragedia clásica, la reflexión sobre nuestro momento actual. El dilema está planteado para todos...

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La tragedia Antígona de Sófocles se expone entre el cumplimiento de las leyes eternas inmutables decretadas por Zeus y las leyes humanas, o bien entre los deberes para con uno mismo y los deberes para con los demás. Más allá de la trama que arroja su lectura, debemos considerar que es el amor fraternal el que motiva a Antígona a darle los debidos honores al cadáver de su hermano, sobre cuya familia han caído enormes desgracias. Era práctica común griega dar culto a los muertos, aunque en este caso el rescate de un cadáver se vuelve fundamental para comprender la disputa de un cuerpo inerte. Antígona, al igual que Aquiles, el héroe homérico, comparte el vital interés y la voluntad de rescatar el cuerpo de su hermano y de su amigo, respectivamente. La determinación de la voluntad para dar honores a los muertos es una necesidad, una actitud esencial de los griegos, que no es posible evadir.

El relato clásico comienza cuando Creonte –el rey- se niega a otorgar honores de sepultura a Polinice, hermano de Antígona, aunque a Éteocles, el otro hermano, sí. La razón para negarle los honores al primero es que ha atentado contra las leyes de Tebas. Creonte hace pública la orden de no darle honores y dicta la sanción para quien intente violar el precepto.

En otro momento, cuando se muestra un conflicto de hermandad entre rescatar al cadáver o bien no cosechar problemas con el rey, Antígona dice a su hermana Ismena: «Pronto vas a tener que demostrar si has nacido de sangre generosa o si no eres más que una cobarde que desmientes la nobleza de tus padres». Antígona, decidida a llegar al final para realizar los honores a su hermano muerto menciona otra vez a Ismena: “Una cosa es cierta: es mi hermano y el tuyo, quiéraslo o no”, pues el impulso de las leyes eternas se basa precisamente en la ausencia de convención que caracterizaría a las leyes escritas en ese tiempo positivas. Agrega sobre Creonte que: “No tiene ningún derecho a privarme de los míos”. Ismena, por su parte, le pide a su hermana que piense en su padre, que pereció cargado del odio y el oprobio; le recomienda que ceda contra su voluntad a la violencia, que ella misma obedecerá a los que están en el poder, pues “querer emprender lo que sobrepasa nuestra fuerza no tiene ningún sentido”. Ismena no pretende despreciar la ley, tal como lo quiere Antígona, porque ella es consciente de su inferioridad ante Creonte.

A Antígona le importa saberse grata frente a quienes se debe agradar; lo demás, por serle lejano, no le interesa, por más que Ismena la tache de insensata y le muestre la imposibilidad que implica su faena, aunque reconoce que obra como verdadera amiga de los que le son queridos. Por el contrario, Creonte piensa que la patria es lo que más debe ser estimado, incluso aun frente a los amigos; importa más cuidar el respeto de las leyes y buscar la felicidad de la comunidad, frente a cualquier interés de carácter subjetivo. “La salvación de la patria es nuestra salvación”, dice.

Del contacto entre Antígona y Creonte que se da en la trama se pueden obtener importantes elementos para el análisis en términos de legalidad y legitimidad que desarrollamos.

Creonte pregunta a Antígona si conocía la regla que él había establecido y, ante la pregunta, Antígona responde que bien la conocía. Al primero le parece una irracionalidad que se le haya desobedecido y Antígona expone su idea de la separación de las leyes divinas y las leyes humanas o positivas; eternas unas y mutables las otras. Replica Antígona a Creonte que debería saber que es un loco quien la trata como loca, con lo cual aparece el problema del contextualismo de la objetividad, porque desde la perspectiva de uno hay irracionalidad en el otro, y viceversa, puesto que “No hay motivos para enrojecer por honrar a los que salieron del mismo seno”.

Una vez que las hermanas se encuentran ante un riesgo inminente de muerte, Ismena pregunta a Creonte: “Y ¿vas a matar a la prometida de tu hijo?” Creonte, obviamente, responde de una manera tajante que sí, porque debe ejercer su función e imponer el poder. A fuerza de imponer la ley, Creonte piensa en ganar la legitimidad. Tres tesis con relación a lo anterior, vienen a continuación por boca de Creonte: 1) quien gobierna bien a su familia lo mismo hace en el Estado, 2) se debe obediencia al gobernante, independientemente de la percepción subjetiva del súbdito de injusticia, y 3) la mayor peste es la desobediencia, en cambio la obediencia es la salvación de los pueblos.

Es el Corifeo quien sintetiza dialécticamente el problema. Textualmente dice: “Es ser piadoso sin duda honrar a los muertos; pero el que tiene la llave del poder no puede tolerar que se viole ese poder. Tu carácter altivo te ha perdido”. Carácter que es el germen de la tragedia, lejos del cual pierde todo sentido dramático y toda posibilidad de plantear el conflicto. La misma Antígona, frente a la tragedia, es consciente de que su destino no le ofrece escapatoria. En eso radica la expresividad paradigmática de las tragedias. Creonte obtendrá su resolución trágica, considerando que si la prudencia es la máxima virtud, él no la ha aprovechado. Se le pide que recapacite, pero para el momento de la tragedia, es demasiado tarde. Tardíamente entenderá que debió ser flexible en la aplicación de las leyes y que no es siempre lo mejor pasar la vida observándolas al pie de la letra, máxime que el mundo de la vida es mucho más complejo que la formalidad de la ley, como abstracción de la realidad cotidiana.

Como muchas otras acciones que transcurren en la vida, el sentido mismo de la proyección personal y colectiva retoma sapientemente los dilemas a los que diario nos enfrentamos. La vida misma de Alejandro Magno –tan debatida y tan sugerente en su sentido por los historiadores- supone dos modos básicos a través de los cuales la vida adquiere sentido. Un sentido es privado, cercano, y el otro lejano, público. Por ese motivo se pregunta Gustavo Bueno: “El sentido de la vida de Alejandro Magno, ¿terminaba realmente en los bárbaros, en cuanto «hermanos de los helenos», o bien terminaba en el corto número de parientes, amigos o súbditos que le rodeaban y le impulsaban a su política universal, como podrían haberle impulsado a recluirse en Macedonia?” Pregunta que no es de fácil respuesta en tanto Alejandro, como Antígona, se enfrentaron al debate interno entre lo que querían y lo que era mejor para ellos: para él, conquistar el mundo y, para ella, dar honores a los suyos, y lo que añoraban sus soldados y su hermana Ismena; ellos, volver a casa, ella, conservar la vida.


Omar Sánchez

Sobre la razón y la locura de la resistencia civil

He aquí un texto escrito no en respuesta a un artículo en particular -lo que ha sido la tónica de este espacio- sino para confrontar de un modo suave pero enérgico a quienes se han empecinado en desvirtuar o ignorar todo argumento en favor del recuento total de la votación y hacer de López Obrador la síntesis de todos nuestros males.


Sobre la razón y la locura de la resistencia civil
Lucero Fragoso

Santo Tomás de Aquino, recuperando tesis de Aristóteles, fue el primero en hablar de la desobediencia civil. Este filósofo distinguió entre dos tipos de derechos: los que crean los hombres organizados en sociedad (el derecho positivo) y aquellos inherentes a todos los seres humanos, con los que se nace independientemente del orden legal de la comunidad en que se viva (el derecho natural). Uno de los derechos que Santo Tomás ubicó en el conjunto de los derechos naturales es, precisamente, el de optar por la desobediencia en determinadas circunstancias. La premisa de esta teoría, sencilla pero contundente, es que ningún hombre está obligado a obedecer una ley injusta. De aquí surge entonces, casi inmediatamente, otra pregunta, ¿cómo sabemos o, si se prefiere, quién define cuándo una ley es justa o no lo es? Este cuestionamiento fue resuelto por distintas corrientes del derecho, particularmente, por la rama racionalista, la cual fundaba en la conciencia de los hombres la capacidad para discernir entre lo justo y lo injusto.
Es precisamente esta facultad de objeción de conciencia la que indica, a todas luces, que en el proceso electoral que tuvo lugar recientemente en México hubo actos flagrantes de injusticia e inequidad, donde la autoridad competente dejó pasar como si nada una campaña de linchamiento verbal la cual fue responsable, hay que señalarlo con toda claridad, del encono y el odio auspiciado hacia un amplio sector de la población que ahora se ve agredido por consignas de corte clasista y racista, calificativos que, pensábamos, habían sido ya borrados de la mentalidad de gran parte de la sociedad mexicana y que sólo se empleaban para reírnos de nosotros mismos. No hace falta ser un connotado analista para darse cuenta de que López Obrador, desde años antes de haber lanzado su candidatura a la presidencia, ha sido el blanco de diversas estrategias que han tenido por objeto impedir, a toda costa y pasando por encima de lo que sea, que se convierta en presidente de México. Tampoco hace falta ser un gran erudito para advertir la campaña rampante e ilegal del Ejecutivo y grupos de poder a favor de un candidato. Quien no ve esta gran obviedad –que cayó incluso en procedimientos tan burdos como definir a AMLO como “peligro para México” y afirmar, sin ningún sustento lógico ni empírico que endeudaría al país—es porque no vive en México o, simplemente, porque no quiere verlo.
Es esa capacidad de raciocinio y discernimiento de la conciencia la que nos permite diferenciar entre una competencia política democrática y otra donde se incrustó el miedo y el denuesto para remontar en las preferencias aprovechándose de la inocencia y la desinformación de los ciudadanos. Por eso no es plausible el argumento de que quienes apoyan la resistencia civil siguen a un líder de forma irracional y bajo un estado casi hipnótico; cierto es que para articular los movimientos hace falta un líder, pero más allá de él e, incluso, independientemente de él, las evidentes raíces antidemocráticas y tramposas de este proceso son motivos suficientes para no quedarnos con los brazos cruzados. A quien define el movimiento lopezobradorista en términos de una masa amorfa que aclama al dirigente tendríamos que preguntar: ¿la campaña orquestada por el candidato de la derecha estaba basada en hacer que la gente se convenciera del programa de gobierno del PAN?, ¿iba esa campaña dirigida individuos que consideraba pensantes y con capacidad de raciocinio? Seamos honestos, la campaña del miedo apuntaba a azuzar los instintos más bajos y oscuros de la condición humana, a un resquicio del inconsciente donde no podía sobrevivir la dignidad ni la claridad de pensamiento. ¿Es eso entonces lo que deberíamos entender como racional? Se puede no estar de acuerdo con un proyecto político, con un partido o con un candidato, pero se necesita mucha sangre fría, muy poca creatividad para convencer y ni un ápice de vergüenza para difamar al amparo de una campaña negra.
Nos atrevemos también a hacer uso de la razón y del conocimiento del programa político de la izquierda mexicana para entender que, contrario a las expresiones alarmistas y exageradas de algunos opinadores y a los vaticinios de la derecha, el proyecto de AMLO no es ni remotamente cercano a un socialismo o a un régimen dictatorial. Se trata simplemente de exigir responsabilidad social a los grandes grupos económicos y a la élite política, de voltear a ver a los sectores menos favorecidos y de demandar una democracia con condiciones para la certeza y la pluralidad. ¿Es mucho pedir? ¿Es tremendamente revolucionario, desquiciado y propio de un loco movilizarse por estos principios, los cuales son características indispensables de una sociedad democrática y propias de las naciones desarrolladas?
Las retóricas legaloides, que pugnan por el cumplimiento ciego y feroz de una legalidad empleada a conveniencia, apartada de toda razón y sentido común, no pueden conducir más que a un totalitarismo de baja intensidad. Sólo en estos regímenes puede persistir un entramado legal incuestionable, porque ante sus insuficiencias y debilidades nadie debe alzar la voz. Sólo allí puede existir una “institucionalidad” impecable, porque nadie está autorizado a disentir. Lo normal y lo valioso de la democracia es, precisamente, la transformación constante y dinámica de las instituciones. Estas instituciones, las “que nos ha costado tanto trabajo construir”, son mucho más útiles y funcionales, y menos proclives a la decadencia, cuando dejan de ser entes intocables y quasi sagrados. Es normal y deseable que las instituciones –pese a su nombre petrificador—estén abiertas a su continua renovación.
Lejos del discurso conservador de estos tiempos, la estabilidad pregonada es tan sólo una ficción dentro de una sociedad plural; es, incluso, un principio contrario a la vida. Para cualquier cuerpo, social o humano, aplica la máxima de que la inmovilidad –su estabilidad—lo conduce al anquilosamiento y a su caída a pedazos tarde o temprano. Por qué nos sorprende y nos escandaliza, entonces, la existencia de un movimiento social que se manifiesta de forma legítima si lo que buscábamos con el “cambio” era, justamente, espacios en el espectro político donde se hiciera sentir la diversidad de voces y de propuestas en pro de la construcción de un mejor país, como si no supiéramos que son estas sacudidas las que hacen y han hecho avanzar a todas las sociedades. Por qué nos perturba el disenso y el cierre de una avenida como método de protesta y no nos escandaliza la miseria y la ignominiosa brecha en el ingreso. Por qué no se ve como patología, que lo es, el hecho de considerar a otro ser humano como inferior y, en cambio, se califica de psicópata a quien nos hace ver –muy a pesar nuestro—que un país con 50 millones de pobres nunca podrá entrar al primer mundo ni tener seguridad o paz social. La historia mexicana está llena de esos “lunáticos” peligrosos a los cuales, paradójicamente, años después se idolatra y se toma como símbolo de patriotismo. Basta un ejemplo: Francisco I. Madero, el ahora héroe y mártir de la democracia, fue tachado de fanático y loco por la élite política mexicana de su tiempo, a la cabeza de la cual se colocó el embajador estadounidense Henry Lane Wilson. Como bien lo expone una caricatura de Helguera y Hernández en un semanario nacional, desde el punto de vista de la propaganda oficial y conservadora, nuestra historia es ésta: “Hidalgo y Morelos eran unos renegados que buscaban debilitar las instituciones, pero los pacíficos los decapitaron y, de paso, desalojaron al Pípila que estaba bloqueando el acceso a la Alhóndiga de Granaditas”. Qué fortuna que México pueda contar, de vez en cuando, con estos renegados, locos y fanáticos, los que tienen la entereza suficiente para soportar esos calificativos sin desviarse de sus principios.
Es sencillo y cómodo usar los términos de locura y esquizofrenia para enfrentar al otro, es sencillo porque ello no exige dar argumentos y porque generalmente se llega a ello cuando ya no se tienen razones. Resulta que ahora la izquierda incomoda porque, bien lo sabe el grupo en el poder, no ha cuestionado la legalidad sino la legitimidad y justicia que hay detrás de la aplicación de la norma. Resulta que sólo la izquierda que no mueve un dedo ante irregularidades electorales, por decir lo menos, es a la que hay que rescatar, la pacífica, a la que se extraña en estos momentos de convulsión.
En su crítica a los excesos del positivismo jurídico, Ronald Dworkin propone tomar “los derechos en serio” y buscar en la interpretación de las leyes el principio de justicia detrás de cada norma. Esta crítica vale para la resolución de los magistrados del TEPJF, quienes apegados a la letra de una ley secundaria, pasaron por alto los preceptos de certeza y transparencia de la Constitución. Dichos preceptos, no se cansa de decirlo Raúl Carranca y Rivas, tienen que ser tomados en cuenta necesariamente para la solución de una conflicto político como éste. Y cuando los derechos inherentes al ser humano se ignoran, entonces los ciudadanos pueden, de acuerdo a su conciencia, resistirse de forma pacífica a una imposición quizás amparada en tintes legales, pero injusta. Puede que la instalación de campamentos sobre una avenida principal no nos guste pero, ¿de qué otra forma se puede hacer valer un derecho, un derecho tan básico como la certeza y transparencia?, ¿cómo podemos hacernos ver? Decía Carlos Montemayor que la única presión visible, la única cuya operación se puede vigilar es la de la resistencia civil pacífica en las calles. Hay otras presiones que se ejercen sobre el Tribunal y que trabajan de forma velada, y la presión de esos grandes grupos económicos no es fiscalizable ni da la cara a la sociedad, pero existe.
Termino con una cita del texto de Henry David Thoreau, “Del deber de la desobediencia civil”, escrito en 1847. Este hombre, se negó a pagar los impuestos como forma de presión para que Estados Unidos no invadiera México. He aquí sus palabras a propósito de las reflexiones anteriores:

¿Acaso no puede existir un gobierno donde la mayoría no decida virtualmente lo que está bien o mal, sino que sea la conciencia quien lo haga?, ¿dónde la mayoría decida sólo en aquellos temas en los cuales sea aplicable la norma de conveniencia? ¿Debe el ciudadano someter su conciencia al legislador por un solo instante, aunque sea en la mínima medida? Entonces, para qué tiene cada hombre su conciencia? Creo que deberíamos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. Se ha dicho, y con razón, que una sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres con conciencia es una sociedad con conciencia. La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, aún los bien intencionados se convierten a diario en agentes de la injusticia. (…)
Existen leyes injustas: ¿nos contentaremos con obedecerlas, o intentaremos corregirlas y las obedeceremos hasta conseguirlo? ¿O las trasgrediremos desde ahora mismo? Bajo un gobierno como el nuestro actualmente, muchos creen que deben esperar hasta convencer a la mayoría para cambiarlas. Creen que si opusieran resistencia el remedio sería peor que la enfermedad. Pero eso es culpa del propio gobierno. ¿Por qué no se ocupa de prever y procurar reformas? ¿Por qué no aprecia el valor de esa minoría prudente? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser herido? ¿Por qué no anima a sus ciudadanos a estar alerta y señalar los errores para mejorar su acción? ¿Por qué tenemos siempre que crucificar a Cristo y excomulgar a Copérnico y a Lutero y declarar rebeldes a Washington y a Franklin?

Saturday, August 19, 2006

Mauricio Merino: a pesar de todo, hay que ponerse del lado de las soluciones

En el siguiente texto, Merino plantea -de nuevo- la cuestión desde el punto de vista de estar del lado del problema/estar del lado de las soluciones.

El comentario que se añade más adelante contunúa explorando en lado de las soluciones.

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Tiempos muy malos
Mauricio Merino
19 de agosto de 2006

A estas alturas del conflicto, resulta ya imposible imaginar un escenario en el que todos los actores políticos vuelvan sin más a la cordura y al respeto de las reglas democráticas. El daño ya está hecho: las instituciones políticas en las que se afincó el trayecto democrático de fin de siglo han sido rebasadas por la suma ominosa de poderes e intereses fácticos, errores humanos y cálculos entre estrategias enfrentadas. Lo mejor de la política que se hizo al final de los 90 se ha destruido durante los últimos dos años, de modo que seguir hablando en clave democrática en los días que corren resulta por lo menos una ingenuidad. No se necesita tener bolita mágica para advertir que se avecinan tiempos malos para la República.

Los territorios de las soluciones democráticas están minados: si el Tribunal Electoral no resuelve exactamente como lo ha dictado la coalición que encabeza Andrés Manuel López Obrador, el conflicto ya no tendrá ninguna solución plausible. Esa coalición ha llegado ya a sus propias conclusiones, y ninguna posibilidad distinta sería aceptable para retirar sus amenazas.

Por su parte, el PAN se ha pertrechado en los resultados que le favorecen hasta convertirlos en una verdad indiscutible, más allá de cualquier intento de revisión que lograra mitigar las dudas construidas en torno de las elecciones. El Tribunal está atrapado entre dos hechos consumados y contradictorios. Y mientras resuelve en definitiva, se van levantando barricadas políticas y físicas para enfrentar con éxito al enemigo inevitable. Hay algo idéntico entre las amistades de último minuto que se hicieron en Chiapas para evitar que el PRD gane las elecciones de mañana, y las Fuerzas Armadas que se han desplegado en San Lázaro para impedir que los rijosos puedan tomar el edificio: en ambos casos, se trata de un despliegue de poder ante la amenaza inminente de los desobedientes.

En ese entorno lamentable, el Presidente de la República tampoco puede ser parte de la solución, porque voluntariamente quiso ser parte del problema. El presidente Fox pensó en las elecciones pero nunca calculó con seriedad lo que podría ocurrir después de ellas. A pesar de su propia biografía política y de las advertencias de todo cuño que recibió para mantenerse al margen de la competencia, decidió participar activamente para lograr la continuidad de su partido en el gobierno. Y al hacerlo así, no sólo anuló toda posibilidad de interlocución y entendimiento con sus adversarios, sino que además privó al gobierno nacional de autoridad política y moral para favorecer un cambio de sexenio ceñido a las reglas democráticas establecidas. Sus decisiones estuvieron mucho más animadas por el juego del poder que por su compromiso con la consolidación del régimen que le permitió llegar al mando. Poco a poco, el presidente Fox abandonó el papel que le correspondía jugar como el jefe del Estado mexicano para intentar convertirse en el líder del partido que lo llevó a ese puesto.

Fue una decisión tomada a contrapelo de todas las voces que le pidieron guardar la compostura, incluyendo a las que se escucharon al interior de su propia bandería política. Pero el Presidente optó por lo contrario y hoy, cuando más se necesitaría de un jefe del Estado capaz de armonizar a los contrarios, la capacidad de acción de Vicente Fox es ya prácticamente nula. Nunca fue más evidente que los verdaderos estadistas piensan en las próximas generaciones y no en las siguientes elecciones. El presidente Fox, en efecto, nunca pudo atisbar más allá del 2 de julio.

Por su parte, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha preferido deslindarse de antemano para mantenerse al margen. La única puerta de entrada que eventualmente podría haber utilizado como recurso extremo se cerró de plano con las declaraciones de su presidente, Mariano Azuela, para quien el artículo 97 de la Constitución es completamente inútil y además "está redactado con los pies". Cuesta trabajo digerir una declaración así de quien representa al más alto tribunal de México y de quien, se supone, está a cargo de la defensa de la letra y el espíritu de la carta que protege todos los derechos de los mexicanos.

Pero esa actitud coincide con el ánimo que recorre el país: nadie quiere hacerse cargo de las soluciones, porque todos tienen intereses inmediatos que cuidar. De modo que aun a sabiendas de que las decisiones que habrá de tomar el Tribunal Electoral están amenazadas, el presidente de la Corte ha preferido levantar una muralla para impedir que el conflicto llegue hasta sus oficinas. ¿Y yo por qué?

Hay quienes sostienen que en esta lista de instituciones rebasadas no debería añadirse al Congreso. Se dice que a partir del 1 de septiembre, cuando los legisladores emanados de las mismas elecciones cuya legitimidad se ha puesto en duda se reúnan, la política mexicana volverá a sus cauces habituales. Se sostiene que las movilizaciones dirigidas por López Obrador se irán agotando paulatinamente, en la misma medida en que las negociaciones entre los partidos enfrentados se irán desenvolviendo paso a paso en los pasillos del Congreso. Y se afirma también que, en todo caso, será en esa misma instancia donde puedan celebrarse acuerdos nuevos para dotar al presidente entrante de la fuerza indispensable para gobernar sin restricciones. Ese cálculo concluye que, al final del día, la segunda fuerza política de México tendrá que optar entre la exclusión y los acuerdos; entre el conflicto y el pacto negociado. No descarto esa posibilidad, pues nuestra clase política ha dado muchas muestras de un pragmatismo capaz de renunciar a cualquier causa. Pero entre esos cálculos pragmáticos hay que añadir el costo de la ruta que eventualmente llevaría a la reconstrucción del diálogo, y el precio de los intercambios. Y nada de eso tiene que ver con los valores propios de la democracia. En todo caso, ese lenguaje está mucho más cerca de las mafias que, después de un periodo de violencia, se disponen a pactar treguas convenientes.

Vienen muy malos tiempos para la República. Se incubaron obsesivamente durante el periodo de campañas y, la verdad, es que hoy nadie acierta a predecir el desenlace. Pero todos sabemos bien que cuando las reglas democráticas no se respetan, lo que sigue es la lucha por el poder a secas. Que cada quien lo justifique como pueda.

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De la simulación a las netas: estar de lado de la solución
Comentario

Discutiré dos puntos. Primero, si en realidad Fox ya no es parte de la solución. Segundo, en dónde está el lado de la solución.

Parece haber un gran acuerdo en torno a la intromisión descarada, burda, ilegal, manifiesta e incluso cínica de Fox a favor de Calderón y sobre todo en contra de Andrés Manuel. Y ese acuerdo alcanza un punto adicional: que Fox se equivocó, que fue vencido por un error de cálculo, error producido por su pasión política.

Considero susceptible de examen estas verdades públicas. Resulta prácticamente imposible que Fox ignorara que su actuación era ilegal. Pongamos que el individuo Vicente Fox tal vez lo ignorara, pero no así el equipo que lo rodea. No es posible que pueda haber tanta ignorancia en un gobierno. Sé que, en tono de broma, se me dirá que cómo espero yo que alguien que habla de José Luis Borgues o que recibe comentarios de quien asume la existencia de una tal Rabina Gran Tagore sepa lo que es o no legal en México, en materia electoral. Y respondo: Fox lo sabe, lo sabía y es perfectamente pensable que forme parte de su cálculo. Asumamos que ahí, en Los Pinos, hay alguna forma de vida inteligente. Es el supuesto que -asumo- debe adoptarse para emprender el análisis de alguna lógica estratégica.

Si lo sabía, se me dirá, entonces ¿por qué lo hizo? Y la respuesta es clara: para posibilitar el escenario en el que tuviese que optar por sacrificar a Calderón. Gracias a ello, el sacrificio de Calderón es políticamente posible, aunque no es necesario que ocurra. Es, se dice, contingente.

¿Por qué hemos de asumir el supuesto evidentemente inconsistente de que Fox calculaba en los meses de campaña que Calderón podía ganar la elección "por las buenas" o "por las malas"? Si Fox hubiese creído que Calderón podía ganar por las buenas, no tendría que apoyar su campaña: bastaría con que Calderón desplegara su estrategia. Por otro lado, si Fox hubiese creído que una operación de defraudación masiva del voto de los mexicanos aseguraría el triunfo de su sucesor, tampoco habría intervenido en la campaña, puesto que el plan de defraudación tendría que haber sido trazado con gran maestría.

Se me dirá: si a pesar de lo anterior de todas maneras Fox se metió a la campaña a sabiendas de que era ilegal, entonces sólo restaría entender su comportamiento como el producto de un arrebato, una quemante pasión patrótica transmitida partidistamente. Es la idea del Fox irracional. No descarto esta posibilidad, pero el problema que enfrenta esa línea explicativa es que no estamos hablando del individuo Vicente Fox y que hemos asumido el supuesto -quizá heroico- de que en Los Pinos hay alguna forma de vida inteligente.

Hay una explicación más. Fox se metió -diría esta hipótesis- para endeudar a Calderón con su triunfo: Calderón pagaría asegurando la impunidad de la tristemente célebre "pareja presidencial". Creyendo que su activismo proselitista haría la diferencia y que así sería entendido por Calderon, Fox arriesgó su imagen de demócrata con tal de salvar el pellejo, particularmente de los hijos de su esposa. La debilidad de esta hipótesis radica en que imputa una lógica estratégica a Fox sumamente elemental: lo conduce irremediablemente a la imposición de Calderón por medio de su propio activismo y le impide una salida que no sea la represión. No dudo, repito, que el individuo Vicente Fox sea tan elemental como lo que se plantea implícitamente en esta línea explicativa. Pero sí dudo que en el equipo de Fox todos sean tan elementales.

Si Fox optó por desplegar su activismo, eso lo convirtió en parte del problema actual, pero al mismo tiempo esa misma estrategia le abre la salida por si el triunfo de Calderón resulta severamente cuestionado. Con su influencia -así tendría que seguir esta hipótesis- podría presionar al Tribunal para que o bien consume la imposición, o bien no declare la validez de la elección y envíe al país al nublado escenario de un presidente interino.

En esta hipótesis, que implica que Fox debe ocultar su estrategia, la demanda de que se cuente voto por voto y casilla por casilla es la opción digna de un líder derribado por el abuso de poder. La lección que debe obtenerse es que el régimen mexicano no está preparado para proveerse de un cratos generado por el demos: la democracia es una simulación, como el resto del país. Es una versión oficial proveniente del poder que elabora el mito, la narrativa de un país que se levanta de los escombros autoritarios. Eso nunca ha ocurrido: y la oligarquía ha derribado la opción de los electores y mostrado sus límites. Simular es sobrevivir.

Desmontar la simulación es la tarea que se abre, si la república ha de restaurarse hoy. La simulación es un auténtico régimen de verdad, que elabora las normas con que ha de admitirse una tesis como verdadera en la vida pública y los castigos para quien se atreva a ponerla en cuestión: ser un peligro para México. La transición política requiere una revolución epistémica que diluya o triture el obstáculo epistemológico afincado en las instituciones. Sin ello, mantendremos la institucionalidad simulada, los mecanismos que construyen como objeto de la reflexión pública relatos falsos que conducen a situaciones inexistentes. La transición a la democracia.

Aquí está el lado de la solución. Porque el problema no es sólo la imposición de Calderón, sino que la lógica de expulsar de los jardines de la democracia a la izquierda terminará significando el desenmascaramiento del régimen de verdad construido en estos años. En este punto lleva razón Woldenberg, a propósito de lo grave que es la situación actual. Si se consuma la imposición, quedará completamente claro que los procesos políticos en México se expresarán directamente y sin salida electoral, pues la máscara habrá sido retirada. Será un motor sin aceite, una operación sin anestesia. La legitimación también se procesa continuamente de manera sistémica y una máquina a punto de desbielarse no puede producir legitimidad. Si se consuma la imposición todo se habrá perdido y nos habremos de tragar los años venideros sin calmantes y a lo pelón. Esto nunca debió suceder.

Mauricio Sáez de Nanclares